La Feria de San Isidro vivió una jornada inolvidable marcada por el valor extremo de Víctor Hernández, las oportunidades perdidas de Emilio de Justo y el esfuerzo constante de Borja Jiménez ante una plaza abarrotada

Fotos: Manolo Briones
La Feria de San Isidro vivió una jornada inolvidable marcada por el valor extremo de Víctor Hernández, las oportunidades perdidas de Emilio de Justo y el esfuerzo constante de Borja Jiménez ante una plaza abarrotada

Por: Natalia Pescador
MADRID.- Por decimoquinta vez en esta Feria de San Isidro se colgó el cartel de "No hay billetes", confirmando que Madrid sigue siendo el corazón palpitante de la tauromaquia.
Una plaza llena hasta la bandera, un viento incómodo que condicionó la lidia durante toda la tarde y una corrida que dejó una mezcla de emociones: la pureza sin premio de Emilio de Justo, la voluntad de Borja Jiménez y, sobre todo, la impresionante demostración de valor de Víctor Hernández, que desafió dos veces a la tragedia para salir milagrosamente ileso.
Abrió plaza "Opaco", un serio ejemplar de Jandilla de 591 kilos, que ya desde los primeros lances dejó entrever posibilidades. Emilio de Justo se recreó por chicuelinas mientras el viento jugaba a descomponer la escena. El toro humillaba y transmitía, y el extremeño supo verlo desde el principio.
Tras un quite de Borja Jiménez, comenzó una faena cimentada en el mando. Por bajo inició el trasteo, doblándose con torería y autoridad.
Por el pitón derecho obligó al toro a pasar sometido; por el izquierdo encontró aún más recorrido y entrega. La muleta siempre baja, el temple por bandera y el torero imponiendo los tiempos a una embestida agradecida.
La faena tuvo poso y estructura. Hubo muletazos largos, profundos, y un final de notable categoría. Pero toda aquella obra se derrumbó ante la espada.
La suerte suprema se convirtió en un martirio, con uso incluso del verduguillo, dos avisos y el silencio como castigo final para quien había construido lo mejor del primer tramo de la tarde.
El segundo, "Libélula", un jabonero sucio de Jandilla, correspondió a Borja Jiménez. El sevillano brindó a Madrid y planteó una batalla de paciencia frente a un animal exigente, incómodo y de embestida poco franca. Rebrincado, con la cara suelta y sin entrega clara, obligó al torero a buscar otros terrenos para minimizar la influencia del viento.
Desde allí afloró el oficio de Borja, especialmente por el pitón izquierdo, donde consiguió los momentos más sólidos de una labor presidida por la firmeza. Hubo disposición y determinación, pero faltó que la faena terminara de prender. El conjunto quedó en esfuerzo meritorio, aunque sin alcanzar temperatura suficiente. Escuchó un aviso antes de ser silenciado.
El primer gran argumento emocional de la tarde llegó con "Zorrero", tercero de la función, para Víctor Hernández. El madrileño comenzó con convicción, dejando series de buen gobierno sobre la diestra.
Pero el toro pronto enseñó sus cartas. No era sólo el viento. Era un animal orientado, que se metía por dentro y exigía una precisión extrema. Frente a ello, Hernández optó por el camino más comprometido: quedarse quieto.
La firmeza fue su lenguaje. Acortó distancias, se plantó y tiró de un toro que siempre pareció tener más peligro que opciones de lucimiento. Estuvo muy por encima del animal, tragando y exponiendo.
La faena tuvo la verdad de quien se juega la vida sin red. Unas ajustadísimas bernardinas pusieron el broche a una actuación de enorme mérito que el público reconoció con palmas tras un aviso.
Pero la gran obra de la tarde estaba aún por llegar.
Antes, Emilio de Justo volvió a demostrar su dimensión frente a "Lacerado", cuarto de la corrida. El de Jandilla sacó un fondo extraordinario. Fijo, repetidor, humillado y bravo, permitió al torero cacereño construir una de las faenas más completas de su paso por esta feria. Desde la primera serie por el derecho se percibió la conexión.
Luego llegaron los naturales largos, profundos, de trazo eterno. El toro acudía una y otra vez, y Emilio lo llevaba cosido a la muleta, cada vez más despacio, cada vez más abajo.
La faena fue creciendo sin pausa hasta alcanzar un punto de máxima intensidad. Madrid estaba entregada a una labor de gran calado técnico y artístico.
Sin embargo, volvió a repetirse el drama. Una estocada muy trasera arruinó las opciones de triunfo. Sonaron dos avisos y la puerta grande que parecía abrirse quedó cerrada de golpe. El toro, por su calidad excepcional, fue justamente aplaudido en el arrastre.
El quinto, "Piernasuelta", de Santiago Domecq, ofreció movilidad pero escasa entrega. Borja Jiménez dejó momentos aislados de interés, detalles de buen gusto y disposición constante, aunque nunca consiguió redondear una actuación que terminó diluyéndose entre las dificultades del animal.
Y llegó el sexto.
"Versado", de Santiago Domecq, llevaba escrito el peligro en cada movimiento. Apenas comenzó el saludo capotero cuando se produjo el primer sobresalto. El toro se fue directamente al pecho de Víctor Hernández, propinándole una voltereta tremenda.
Lo llevó prendido de la chaquetilla en imágenes que helaron la sangre de la plaza. El milagro fue que no apareciera el pitón. El milagro, el primero.
Muy castigado en varas, el toro llegó a la muleta reservón, desconfiado y desarrollando sentido. Hernández brindó al público de Madrid y se fue a los medios con la determinación de quien entiende el compromiso adquirido con una plaza que le está viendo crecer.
Comenzó por alto y trató de construir por el derecho. Pero el toro ya no embestía: calculaba. Cada pase era una negociación con el peligro. Y allí apareció la dimensión más auténtica del torero. Firme, sereno, metido literalmente entre los pitones. Hasta que llegó la segunda cogida.
El toro volvió a prenderlo, esta vez por el chaleco. Otra imagen estremecedora. Otra vez el cuerpo suspendido en el aire. Otra vez la tragedia rozando la tarde. Y otra vez el milagro.
Se levantó. Regresó a la cara del toro. Volvió a ponerse donde nadie quería ponerse. Con el traje roto, pero con el alma intacta.
Madrid asistió entonces a una de esas lecciones de valor que no caben en los trofeos. Porque hay tardes que se miden en orejas y otras que se miden en verdad. Y la de Víctor Hernández perteneció a esta segunda categoría. Una tarde de las que forjan toreros y construyen prestigios.
La corrida terminó sin grandes premios materiales. Pero Las Ventas abandonó sus tendidos hablando de un nombre. El de un torero que desafió dos veces al destino y salió caminando. El de Víctor Hernández, que convirtió el miedo en valor y el valor en memoria.