En Salamanca, ante su gente, Marco Pérez encontró la puerta grande de la ilusión

Tarde en La Glorieta.
Foto: Manuel Briones
En Salamanca, ante su gente, Marco Pérez encontró la puerta grande de la ilusión

Por: Natalia Pescador
SALAMANCA, ESPAÑA.- La Glorieta volvió a vestirse de gala para honrar a San Juan de Sahagún en una tarde de lleno absoluto y expectación máxima. Salamanca acudía a su cita con la tradición y con uno de los nombres llamados a marcar el futuro inmediato de la tauromaquia.
Y fue precisamente el más joven de la terna, Marco Pérez, quien terminó escribiendo el capítulo más brillante de una función marcada por la diversidad ganadera y por el distinto comportamiento de los seis toros.
Antes del paseíllo se guardó un respetuoso minuto de silencio, seguido por los acordes del Himno Nacional. Después comenzó una corrida que fue creciendo con el paso de los toros hasta desembocar en el triunfo rotundo del salmantino.
Abrió plaza un Garcigrande hondo y con volumen que cumplió con solvencia en el caballo. Morante de la Puebla encontró en él un colaborador de interés creciente en la muleta, especialmente por el pitón derecho.
El sevillano dibujó muletazos de trazo lento y mano baja, siempre con el sello de la naturalidad que distingue su tauromaquia.
Sin excesos ni alardes, construyó una faena medida y elegante que tuvo momentos de especial armonía. Una estocada efectiva puso en sus manos la primera oreja de la tarde.
El segundo, de La Ventana del Puerto, mostró clase aunque adoleció de escasa fortaleza. Daniel Luque entendió pronto que el secreto estaba en dosificarlo.
El torero de Gerena administró con inteligencia las embestidas, llevándolo con suavidad en los primeros compases y encontrando después mayor intensidad cuando redujo las distancias.
Ahí apareció el Luque más poderoso y dominador, capaz de extraer emoción de un toro limitado de fuerzas. La faena alcanzó vuelo en los terrenos de cercanías y conectó con el público antes de una certera estocada que le abrió la puerta de una oreja.
El primer turno de Marco Pérez llegó con un ejemplar de Domingo Hernández de mayor cuajo y presencia. El salmantino quiso dejar claras sus intenciones desde el recibo y después volvió a arrodillarse en el centro del ruedo para comenzar la faena de muleta.
El arranque tuvo vibración y entrega, aunque el toro exigió espacios y nunca terminó de romper hacia adelante con la continuidad deseada.
Cuando el animal fue perdiendo fuelle, la labor quedó condicionada. Sin embargo, la firmeza y el convencimiento del joven espada encontraron recompensa gracias a una estocada rotunda que terminó inclinando la balanza a su favor. Una oreja premió su disposición.
La segunda mitad del festejo comenzó con el ejemplar de Hermanos García Jiménez, un toro que despertó reparos desde su salida por su escasa expresión y que confirmó después las dudas con una embestida deslucida y carente de transmisión. Morante se empeñó en buscar donde apenas había materia prima.
Acortó distancias, intentó someter las inercias del animal y dejó algunos naturales de exquisita suavidad. Fueron destellos aislados frente a un toro sin argumentos. La voluntad del sevillano encontró el reconocimiento de los tendidos en forma de ovación tras la estocada.
El quinto, de Olga Jiménez, presentó una lámina más armónica y apuntó mejores condiciones de las que finalmente desarrolló. Una voltereta inicial y su entrega en varas terminaron por pasar factura a un fondo ya de por sí limitado.
Luque volvió a mostrarse superior a su oponente, empujando constantemente una embestida que parecía agotarse en cada remate. Hubo intención, oficio y capacidad para sostener la faena, pero el toro fue apagándose hasta quedar prácticamente vencido por sus propias carencias. El torero insistió sin encontrar la respuesta necesaria para redondear el triunfo.
Tras pinchar antes de la estocada definitiva, escuchó una ovación.
La tarde aguardaba todavía su desenlace. Y llegó con el sexto, un toro de Carmen Lorenzo que resultó ser el ejemplar más completo del encierro. Marco Pérez se fue a portagayola consciente de que necesitaba un golpe de efecto.
Lo encontró. Desde ese arranque vibrante, la conexión entre toro y torero fue creciendo hasta desembocar en la faena más importante del festejo.
Los primeros compases sirvieron para medir las condiciones de un animal con movilidad y transmisión. Poco a poco, el joven diestro fue imponiendo su concepto.
La mano derecha se convirtió en el eje de la obra, con series ligadas en redondo que levantaron al público de sus asientos y cambiaron por completo el rumbo de la tarde.
Sin embargo, los momentos de mayor profundidad llegaron al natural, donde apareció un toreo más reposado, de pulso firme y muleta arrastrada, capaz de imprimir temple y emoción a cada muletazo.
La plaza, que en algunos momentos había mostrado una exigencia especial con el torero de la tierra, terminó entregada. La estocada rubricó una actuación de peso y el presidente concedió las dos orejas que certificaban el triunfo grande de Marco Pérez.
La Glorieta despidió así una tarde de contrastes, con detalles de la inspiración de Morante, la solvencia de Luque y la confirmación de un joven torero que sigue acumulando argumentos para sostener el enorme interés que despierta. En Salamanca, ante su gente, Marco Pérez encontró la puerta grande de la ilusión.