Cinco siglos de tauromaquia mexicana en medio de cierre y amparos

Hay una cifra que ningún tribunal puede borrar

Cinco siglos de tauromaquia mexicana en medio de cierre y amparos

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Mientras los expedientes se acumulan en los juzgados, las resoluciones suspenden festejos y las plazas permanecen cerradas, la historia sigue su curso.

Este 24 de junio se cumplieron cinco siglos del primer festejo taurino celebrado en México. La coincidencia resulta inevitablemente simbólica. Nunca una fecha de semejante peso encontró a la fiesta en un momento de tanta incertidumbre.

Porque el problema ya no es únicamente taurino. Es jurídico, político y cultural

La Plaza México permanece cerrada. Las ferias viven pendientes de recursos legales que aparecen a pocos días de anunciarse. Los amparos han convertido el calendario taurino en una incógnita permanente. Nadie puede planificar con certeza. Ni empresarios, ni ganaderos, ni toreros. Mucho menos las miles de familias que dependen de una actividad cuya continuidad parece discutirse más en los despachos que en los ruedos.

Y, sin embargo, la tauromaquia mexicana llega a este aniversario con una fuerza que pocas manifestaciones culturales pueden exhibir: la perspectiva del tiempo.

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Quinientos años no se improvisan

Cinco siglos significan haber sobrevivido a la Nueva España, a la Independencia, a la Reforma, a la Revolución, a cambios de régimen, crisis económicas y profundas transformaciones sociales. Ninguna tradición atraviesa intacta semejante recorrido. La tauromaquia tampoco lo ha hecho. Ha cambiado, ha evolucionado y ha sabido adaptarse a cada época sin perder aquello que la identifica.

Esa es, precisamente, la dimensión que con frecuencia desaparece del debate público.

Se habla del espectáculo, pero pocas veces del ecosistema que lo sostiene

Cuando una plaza deja de dar toros no sólo se apaga un ruedo. Se resiente una economía entera. El campo bravo genera empleo durante todo el año. Detrás de cada corrida hay ganaderos, mayorales, vaqueros, veterinarios, transportistas, herreros, sastres, monosabios, areneros, músicos, fotógrafos, periodistas, impresores, restauranteros, hoteleros y un largo listado de trabajadores cuyo sustento depende de que exista actividad.

El toro bravo no nace una semana antes del paseíllo. Requiere años de crianza, inversión constante y un compromiso cotidiano con el campo. Las ganaderías preservan miles de hectáreas donde la biodiversidad encuentra refugio precisamente porque existe el toro de lidia. Cuando una explotación desaparece, la pérdida trasciende lo económico. También desaparece patrimonio genético, riqueza medioambiental y una forma de vida que ha modelado regiones enteras del país.

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Reducir esa realidad a una consigna resulta, cuando menos, injusto

La defensa de la tauromaquia tampoco puede construirse únicamente desde la nostalgia. Los quinientos años no constituyen un salvoconducto. La historia explica el origen, pero no garantiza el futuro.

Ese futuro exige algo que la Fiesta no siempre ha sabido practicar: la unidad.

Durante demasiado tiempo los distintos sectores caminaron en paralelo, cuando no en direcciones opuestas. Ganaderos por un lado. Empresarios por otro. Toreros defendiendo intereses propios. Asociaciones incapaces de construir una voz común. Mientras tanto, quienes buscan la desaparición de la tauromaquia han mostrado una estrategia mucho más coordinada y constante.

La lección debería estar aprendida

No habrá solución individual para un problema colectivo.

La Plaza México no abrirá únicamente por el esfuerzo de una empresa. Tampoco bastará el prestigio de una figura, la resistencia de una ganadería o la fidelidad de los aficionados. Lo que está en juego supera a cualquiera de ellos. Se discute la continuidad de una manifestación cultural que forma parte de la historia de México desde hace quinientos años.

Y esa defensa debe hacerse con inteligencia.

No basta con invocar la tradición. Será necesario explicar mejor el valor del campo bravo, acercar la tauromaquia a quienes sólo la conocen a través del prejuicio, abrir espacios de diálogo y asumir que comunicar también es una forma de defender. El silencio nunca ha ganado un debate público.

Resulta llamativo que, mientras otros países protegen expresiones culturales centenarias como parte de su identidad, en México se cuestione una tradición que ha acompañado buena parte de la construcción del propio país. No se trata de imponer gustos. Se trata de comprender que el patrimonio cultural también admite pluralidad, y que una sociedad democrática debería ser capaz de convivir con manifestaciones diversas sin convertir la prohibición en la primera respuesta.

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Cinco siglos después, la tauromaquia mexicana atraviesa una de esas encrucijadas que terminarán ocupando unas cuantas líneas en los libros de historia. La diferencia es que hoy todavía estamos escribiendo esas líneas.

Ojalá dentro de otros cien años este aniversario sea recordado no como el principio de una renuncia, sino como el momento en que la fiesta comprendió que sólo había un camino posible: permanecer unida para defender aquello que ninguna generación recibió por casualidad.

Porque quinientos años de historia no pertenecen únicamente a quienes viven la tauromaquia. También forman parte de la memoria cultural de México. Y la memoria de un país merece, al menos, la oportunidad de seguir escribiéndose.

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