Entre sobreros, toros sin transmisión y una corrida irregular, Borja Jiménez mantuvo la ambición intacta y firmó los momentos más destacados de una tarde complicada en Las Ventas

Fotos: Manolo Briones
Entre sobreros, toros sin transmisión y una corrida irregular, Borja Jiménez mantuvo la ambición intacta y firmó los momentos más destacados de una tarde complicada en Las Ventas

Por: Natalia Pescador
MADRID.- La corrida confirmó dos realidades que conviene no confundir. La primera, que Borja Jiménez atraviesa un momento de convicción innegociable. La segunda, que la convicción de un torero no basta para corregir las carencias de una corrida.
Entre tres sobreros, un toro protestado por su presentación y demasiadas embestidas sin fondo ni emoción, el sevillano sostuvo el interés de una tarde que amenazó varias veces con quedar reducida a un simple ejercicio de supervivencia.
Desde el primer momento decidió asumir la responsabilidad del espectáculo. No fue una porta gayola aislada ni un gesto para la fotografía. Fueron tres recibos a porta gayola a lo largo de la tarde, una declaración de intenciones de quien entendió pronto que el protagonismo iba a tener que ganárselo más al contexto que a los toros.
Ya con “Capuchón”, de Domingo Hernández, dejó una de las imágenes de la tarde al esperar frente a chiqueros. El toro hizo por él y estuvo cerca de echarle mano en tablas. Superado el impacto inicial, llegó una faena de mérito, construida desde el conocimiento de las condiciones del animal.
Lo mejor apareció por el pitón izquierdo, por donde el toro permitió muletazos de mayor limpieza y profundidad. Borja encontró el sitio y el pulso de la embestida, aunque el astado fue perdiendo fuelle conforme avanzó la lidia.
La faena se fue apagando al mismo ritmo que el toro. Las palmas reconocieron una labor seria, aunque limitada por la falta de duración del oponente.
El segundo capítulo de la tarde resultó mucho menos estimulante. “Bisonte”, segundo sobrero, de Victoriano del Río, volvió a encontrarse con un Borja decidido a jugarse el tipo desde el primer instante.
Sin embargo, el animal perdió las manos nada más comenzar la faena y confirmó enseguida una condición imposible de maquillar: la sosería. Le faltó celo, le faltó transmisión y le faltó cualquier capacidad para sostener el interés. Borja hizo bien en no insistir. En una época donde demasiadas veces se confunde cantidad con calidad, abreviar fue probablemente la decisión más acertada.
Peor aún fue la aparición de “Apostante”, tercer sobrero de la tarde. Protestado por su escasa presencia, el toro terminó dando la razón a quienes mostraron su desacuerdo desde los tendidos.
Madrid tiene derecho a exigir integridad en una plaza de primera categoría, y el ejemplar de Domingo Hernández estuvo lejos de responder a esa exigencia. Tampoco ofreció nada relevante en la muleta. Fue uno de esos toros que pasan por el ruedo sin dejar huella y que alimentan un debate cada vez más recurrente sobre el nivel de exigencia en determinados encierros.
Cuando la tarde parecía definitivamente instalada en la mediocridad apareció “Soleáres”, de Toros de Cortés. Y con él, por fin, algo parecido a la emoción. Borja volvió a irse a porta gayola, insistiendo en una apuesta que hablaba más de necesidad competitiva que de exhibicionismo. Esta vez encontró respuesta.
“Soleáres” fue un toro con transmisión, con movilidad y con una embestida que exigía mando. Por el derecho permitió al sevillano construir las series más ligadas y compactas de la tarde. Hubo firmeza, gobierno y una sensación de autoridad que hasta entonces había resultado imposible desarrollar por la escasa colaboración de los toros anteriores.
Por el izquierdo el animal planteó más dificultades, saliendo con la cara más alta y exigiendo mayor precisión, pero también ahí dejó Borja muletazos de importancia. La fuerte petición de oreja encontró el freno de la presidencia. La vuelta al ruedo reconoció una faena que tuvo argumentos suficientes para convertirse en el momento más sólido del festejo hasta entonces.
Sin embargo, el pasaje más revelador de la actuación llegó con “Miliciano”, quinto sobrero, de El Torero. No fue el toro más completo del encierro, pero sí el que permitió descubrir una versión más madura del torero sevillano. Lejos de precipitarse, Borja entendió que la profundidad era más importante que la velocidad.
Encontró momentos estimables por el pitón derecho y terminó imponiéndose cuando decidió torear de uno en uno, ralentizando el ritmo de la faena y obligando al público a mirar con más atención.
Fue entonces cuando aparecieron los derechazos de mayor calado de toda la tarde. Muletazos largos, mandones y gobernados desde la firmeza. No hubo artificio. Hubo intención. Hubo la voluntad de someter la embestida antes que de encadenar pases sin contenido. Aquella labor terminó de cambiar el signo de una tarde que hasta entonces parecía condenada a la frustración. El fallo con los aceros dejó sin premio una actuación importante y redujo el balance a una ovación desde el tercio.
El sexto, “Soñador”, devolvió la corrida al terreno de la nada. Sin opciones reales de lucimiento, Borja despachó al toro con rapidez y sentido práctico.
La estadística dirá que el sevillano dio una vuelta al ruedo y saludó una ovación. Será un resumen insuficiente. Lo verdaderamente relevante fue comprobar que, incluso en una corrida marcada por las sustituciones, la falta de fondo y las oportunidades escasas, Borja Jiménez mantuvo intacta la ambición. No alcanzó un triunfo rotundo, pero sí dejó una impresión que vale más que muchos trofeos: la de un torero capaz de sostener una tarde cuando casi todo alrededor se empeña en venirse abajo.