El duopolio de la IA

El ranking muestra a OpenAI como preferido por las empresas seguido de Anthropic


Miguel Ángel Romero
La sociedad del algoritmo

Hay una pregunta que la industria de la inteligencia artificial lleva años fingiendo que no tiene respuesta obvia: ¿quién está ganando la carrera? Desde Sillicon Valley se ha cultivado con esmero la narrativa de la competencia abierta, de la innovación distribuida, del mejor modelo ganando. Es una historia reconfortante. Sin embargo, los datos, mes a mes, están desmontando esa historia.

Visual Capitalist publicó un análisis a partir de registros de gasto de más de 50 mil empresas estadounidenses: el mercado de IA empresarial de pago se está contrayendo hacia dos actores a una velocidad sin precedente en la historia reciente de la tecnología.

OpenAI lidera con el 35.2% de cuota. Anthropic le sigue con el 30.6%. Entre ambos concentran dos de cada tres dólares que las organizaciones destinan a modelos de IA. El resto –Google, xAI, todos los demás- se reparte lo que sobra.

Lo que esos porcentajes describen, con su frialdad característica, es la antesala de un duopolio. Para muchos especialistas y observadores lo verdaderamente revelador no es la fotografía de marzo de 2026, sino la película de los 14 meses anteriores.

En enero de 2025, Anthropic aparecía en el 4.1% de las empresas. Hoy roza el 30.6%. Ha multiplicado por siete su presencia mientras Google -con toda su infraestructura, con décadas de datos, con ingeniería de primer nivel- ha escalado del 4.2% al 4.3%. Un punto decimal en 14 meses.

Ese contraste ilustra cómo ha cambiado en pocos meses la industria completa y cuáles son las nuevas dinámicas para ganar en este mercado. La tentación es atribuir ese ascenso a la calidad de sus modelos.

Claude es, en efecto, sobresaliente para muchos casos de uso profesional. Pero la excelencia técnica no explica una curva así. Lo que la explica es una apuesta estratégica ejecutada con disciplina: mientras OpenAI construía reconocimiento de marca masivo, Anthropic decidió temprano que su territorio era la empresa, no el usuario ocasional.

Claude Code, lanzado en febrero de 2025, y Cowork, llegado en enero de 2026 son herramientas que se insertan en los flujos de trabajo diarios y que, una vez adoptadas, elevan considerablemente el coste de cambiar de proveedor. El viejo manual del software empresarial, aplicado a la IA con precisión quirúrgica.

Y luego está Google. Su situación es la que debería generar más incomodidad en Mountain View, porque carece de explicación técnica satisfactoria. Tiene probablemente la mejor infraestructura de computación del mundo. Tiene DeepMind. Tiene Gemini. Y lleva tres años oscilando entre el 3% y el 4.5% de adopción corporativa como si existiera un techo invisible que no logra atravesar.

Todo apunta a un problema de presentación: demasiadas marcas, demasiadas plataformas, demasiada fricción para el cliente corporativo que simplemente quiere saber qué herramienta usar y para qué.

Aquí hay una enseñanza que trasciende la IA: en los mercados de tecnología empresarial, la claridad de producto supera a la superioridad técnica. Siempre.

Lo que se aproxima es predecible en su lógica, aunque inquietante en sus implicaciones. Las empresas líderes acumulan más clientes, más datos de uso real, más capital para seguir mejorando. La distancia se amplía.

Bajo esa lógica, los competidores tendrán progresivamente un contexto más difícil para avanzar. Y el sector que prometía ser el más abierto y disruptivo de la historia converge, como todos los mercados tecnológicos antes que él, hacia una concentración en pocas manos.

Esto nos recuerda que cuando el poder económico se concentra antes de que existan reglas para contenerlo, la competencia muere por agotamiento silencioso. Las instituciones democráticas tienen una tendencia histórica a llegar tarde a los mercados que más importan, y la inteligencia artificial podría ser el caso más costoso de esa tardanza.