El mercado de estampitas del Mundial

El álbum del Mundial enseña cómo surgen los mercados desde la infancia mediante intercambios, preferencias y escasez.


JESÚS VACA

El 2026 es año mundialista, y con México como una de las sedes, el ambiente futbolero empezó a sentirse desde hace tiempo.

Cada Copa del Mundo trae consigo rituales que se repiten cada cuatro años, como el infaltable álbum de estampitas del Mundial de Panini. Este fenómeno es una excelente excusa para arrancar el año analizando uno de los conceptos más importantes de la economía: el mercado y su funcionamiento.

Un mercado no se define por un espacio físico o virtual, sino por una relación. Es el resultado de la interacción entre compradores y vendedores, entre quienes demandan un bien y quienes están dispuestos a ofrecerlo. Cuando esa interacción existe, el mercado aparece, incluso sin que nadie lo haya planeado.

Por ejemplo, cuando los niños comienzan a llenar su álbum, compran sobres, pegan estampas, salen las cartas repetidas y descubren que es imposible completarlo sólo con compras. Es entonces cuando empiezan los intercambios: en la escuela, en la cuadra, con primos o amigos.

Es ahí donde aparece una de las lecciones económicas más importantes: no todas las estampas tienen el mismo valor, aunque en esencia sean lo mismo, un pedazo de papel con tinta. La estampa de Messi o de Cristiano puede valer decenas de estampas comunes, mientras que la de un defensa de Sudáfrica o el portero de Haití genera poco o nulo interés. El valor no está en la carta, sino en las preferencias de los niños, que buscan a los futbolistas más famosos o mediáticos.

Además, este mercado infantil generalmente no utiliza dinero. A pesar de ser el medio de intercambio más común, no es indispensable para que exista un mercado. En el mundo de las estampitas, una carta de Messi puede cambiarse por 50 o 100 cartas comunes, por el lonche de una semana, o incluso por hacer la tarea de matemáticas. El precio depende de cuánto esté dispuesto a pagar cada niño. Si ambas partes creen que ganan, el intercambio ocurre.

La nacionalidad también juega un papel clave. En nuestro país, una estampa de un jugador de la Selección Mexicana suele ser mucho más valiosa que en otros países. No porque el jugador sea mejor, sino porque existe una conexión emocional y cultural.

Sin darse cuenta, los niños construyen un sistema de mercado sofisticado: hay oferta, demanda, precios y negociación. Y como en cualquier mercado, aparece la figura del regulador: cuando el director de la escuela interviene y pone reglas, está actuando como el Estado.

Esa intervención puede ser positiva si se limita a dar certidumbre: garantizar que nadie robe estampas, que no serán confiscadas arbitrariamente (expropiadas) o que los intercambios se realicen con seguridad. Esa certeza incentiva a los niños a llevar sus cartas y participar activamente. Sin ella, muchos preferirían dejarlas en casa, reduciendo la oferta y generando escasez.

Pero también puede haber intervención excesiva. Si el director decide regular los precios y prohíbe cambiar una estampa de Messi por más de 20 cartas cuando el mercado la valora en 100, los intercambios no desaparecen, se vuelven informales y aparecen los mercados negros.

Al final, gran parte del debate que vemos actualmente entre izquierdas y derechas gira en torno a esto: ¿qué tanto debe intervenir el director en el mercado de cartitas del Mundial?

Finalmente, el álbum del Mundial nos recuerda algo esencial: los mercados no son entidades abstractas ni algo ajeno a la vida cotidiana. Surgen de manera natural, desde la infancia, cada vez que existen preferencias, escasez y ganas de intercambiar. Tan inevitables, y tan humanos, como el fútbol mismo.