Señal: decisiones evidencian ruptura del orden internacional
Tendencia: poder global se ejerce sin intermediarios ni consensos
Durante años se habló sobre un cambio en el orden mundial. Era una transición gradual, más fácil de analizar que de sentir. El lenguaje era el de la erosión lenta, la multipolaridad emergente, el ajuste progresivo de equilibrios. En los últimos meses, una serie de decisiones concretas volvió tangible algo que antes parecía abstracto y el mundo dejó de operar bajo los supuestos que lo ordenaban.
Durante décadas existió una lógica reconocible, aunque imperfecta. Estados Unidos funcionaba como garante último del sistema internacional, con un papel central en la contención de crisis y un foco persistente en Medio Oriente. Europa era un bloque con peso político, comercial y tecnológico propio. China y Rusia eran actores relevantes, pero contenidos por reglas, costos y equilibrios implícitos. América Latina apenas figuraba en el tablero estratégico y México podía darse el lujo de una defensa exterior mínima, confiado en el paraguas estadounidense.
Ese mundo no desapareció de golpe. Desapareció el día en que lo inimaginable empezó a tomarse como opción de política exterior.
El intercambio directo de misiles entre Israel e Irán, con intervención directa de Estados Unidos para destruir instalaciones nucleares iraníes, cruzó umbrales que durante décadas funcionaron como líneas rojas tácitas. La lógica dejó de ser la contención regional y pasó a ser la supervivencia estratégica inmediata, como ha mostrado Benjamín Netanyahu.
En Europa, la “operación especial” convertida en guerra prolongada cuestiona uno de los pilares centrales de la seguridad continental. Vladímir Putin no sólo normalizó el uso del conflicto sostenido como herramienta política, sino que lo está usando para escalar la confrontación: operaciones aéreas rusas recurrentes en las inmediaciones del espacio aéreo de países europeos que erosionan la idea de que exista un margen seguro entre la disuasión y el enfrentamiento directo. Algo así habría sido considerado inadmisible en la Europa que se asumía protegida por una alianza atlántica incuestionable.
En el continente americano, la señal es igual de clara. La acción militar directa de Estados Unidos en Venezuela marcó un precedente explícito de intervención hemisférica. Al mismo tiempo, Donald Trump ha planteado de manera abierta amenazas o presiones hacia países como Cuba, Colombia y México, e incluso ha sugerido la posibilidad de tomar control de Groenlandia. Más allá de la viabilidad de cada planteamiento, el mensaje es inequívoco: la lógica de alianzas previsibles, límites geográficos intocables y protección automática dejó de ser un supuesto.
China, por su parte, no ha recurrido recientemente a gestos militares disruptivos, pero su papel en este cambio de orden es igualmente significativo. Su estrategia ha sido menos explosiva y más estructural: expansión de influencia económica, control de cadenas de suministro críticas, acuerdos financieros alternativos y presión tecnológica sostenida. No rompe las reglas de forma visible, pero construye un entorno en el que esas reglas pierden centralidad.
El hilo común entre todos estos movimientos no es la agresividad, sino algo más profundo: las reglas ya no organizan el sistema internacional; sólo delimitan, de manera cada vez más frágil, hasta dónde llega la fuerza de cada actor. Estados Unidos participa en cada vez menos organismos multilaterales y vacía de contenido los espacios diseñados para alinear respuestas globales. El actor que durante décadas garantizó el orden es hoy el primero en prescindir de él, privilegiando decisiones unilaterales frente a consensos incómodos.
En ese contexto, la sensación de que “todo parece posible” no es exageración. Decisiones que antes se postergaban ahora se ejecutan. Regiones que no pensaban en defensa empiezan a hacerlo. Países intermedios descubren que la neutralidad por omisión ya no existe. Para México y América Latina, el mensaje es incómodo pero ineludible: el orden que permitía mirar hacia adentro mientras otros “ponían orden” afuera dejó de funcionar. Cuando el orden deja de sostenerse, sólo queda la fuerza.

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