San José, California.- Elijah Arroyo tenía tan solo 7 años cuando dejó su natal Orlando, Florida, para mudarse junto a su familia a unos mil kilómetros en Cancún, Quintana Roo. El cambio fue tan abrupto como drástico, al grado que debía trasladarse por aproximadamente tres horas y media en carretera para jugar con su primer equipo, los Troyanos, contra su rival de Mérida, Yucatán, los Tigres, sin imaginar que esos sacrificios lo llevarían a jugar en su año de novato el Super Bowl LX con Seattle Seahawks.
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Será el próximo domingo 8 de febrero cuando, el ahora imponente ala cerrada de 1.96 metros de altura y 115 kilogramos de puro músculo, busque sumar algunos minutos ante los New England Patriots en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, donde su equipo buscará la revancha tras el descalabro recibido en la edición XLIX del Gran Juego. Y, casi sin querer, Elijah cargará con la responsabilidad de representar a todo México.
“Significa mucho (el representar a México en el Súper Domingo). Es una bendición estar aquí”, dice el tight end de 22 años a pregunta expresa de OVACIONES. “Me siento genial. Es un placer estar aquí y tomar el proceso un paso a la vez”.
El mexicano por adopción destacó en el colegial con Miami Hurricanes, pero su primera temporada en la NFL con los Seahawks fue inestable debido a diversas lesiones que le aquejaron y le provocaron perderse los últimos cuatro partidos de la campaña regular. En total, acumuló solo 15 recepciones para 179 yardas y una anotación, pero buscará ser un factor sorpresa en busca del Vince Lombardi.
“Realmente es como en cualquier semana. Hay un par de distracciones, que es lo que estamos viviendo ahora”, asegura Arroyo, con una sonrisa que contrasta con sus exuberantes gafas oscuras. Y aunque no recuerda demasiado de aquellos años en las paradisíacas playas mexicanas, atesora con cariño esos primeros pasos en canchas de terracería.
“Fue realmente la primera experiencia que tuve de ser parte de un equipo y jugar ahí abajo, los jugadores con los que tuve mi primera oportunidad de jugar, fueron mis primeros hermanos y es parte de la razón por la que me enamoré del juego”, comparte Elijah, quien suele ir de visita a esa que fue su casa por algunos años durante su infancia. “Voy a las playas y (le gusta) la comida. Me gustan los tacos de mole, el pozole, las tostadas. De hecho, mi comida favorita es chilaquiles verdes”.
Ahora, frente al espejo puede ver en el reflejo a aquel niño soñador que terminaba empolvado después de cada partido. A ese pequeño, le ofrece un mensaje desde el fondo de su corazón, para recordarle que, a pesar de la adversidad, ha logrado materializar esos anhelos que parecían imposibles en aquel tiempo.
“Le diría que ese sueño que tienes, nunca dejes de perseguirlo, porque se convertirá en una visión y puedes hacer lo que quieras. ¡Viva México! ¡Vamos, Troyanos!”, finaliza.


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