El debate energético contemporáneo suele moverse entre consignas, miedos heredados y decisiones de corto plazo. Pocas tecnologías lo ilustran mejor que la energía nuclear. A escala planetaria, su relevancia es cada vez más evidente; a escala nacional, en México, su exclusión de la planeación estratégica resulta difícil de justificar desde un punto de vista técnico.
La demanda de electricidad crece a un ritmo que ya no puede analizarse sólo en términos nacionales. Es un fenómeno global. La electrificación del transporte, la digitalización, los centros de datos y la inteligencia artificial están elevando el consumo eléctrico de forma estructural. En ese contexto, las fuentes firmes, limpias y de gran escala dejan de ser una opción ideológica para convertirse en una necesidad técnica.
México no es ajeno a esta realidad ni es un país sin experiencia nuclear. La Central Nuclear Laguna Verde lleva más de 30 años operando, aportando energía constante, predecible y libre de emisiones directas al sistema eléctrico nacional. Su generación se mantiene de forma permanente en la base de la curva de demanda, justo donde se requiere la mayor confiabilidad.
Sin embargo, la energía nuclear ha sido prácticamente expulsada del discurso y de la planeación energética nacional. Y no por razones técnicas. Su exclusión obedece más bien a una combinación de miedo, ignorancia, estigmatización y cálculo político.
Desde el punto de vista del sistema eléctrico, la nuclear ofrece atributos que hoy escasean: generación continua 24/7, altísimo factor de planta, mínima ocupación territorial y una vida útil que se mide en décadas. No compite con las energías renovables variables; las complementa.
Existe además una dimensión estratégica que rara vez se aborda: el combustible nuclear. México cuenta con yacimientos conocidos de uranio y llegó a tener una empresa estatal, URAMEX, dedicada a su exploración y explotación, hoy desaparecida. Actualmente, el país no domina el ciclo del combustible nuclear y depende del exterior para el enriquecimiento y suministro del material que alimenta Laguna Verde.
Esta situación genera una dependencia adicional, comparable a la que existe con el gas natural o las gasolinas. La paradoja es evidente: se invoca la soberanía energética mientras se descarta deliberadamente una tecnología que podría reforzarla.
Hablar de energía nuclear no implica proponer decisiones inmediatas ni aventuras tecnológicas. Implica no cerrar opciones. La nuclear no es una solución de corto plazo ni una herramienta electoral. Exige planeación a 30 o 40 años, regulación técnica sólida y visión de Estado. Excluirla de la planeación no elimina los retos energéticos del país; sólo los traslada a soluciones menos eficientes, más caras o más contaminantes.
La energía nuclear no es una tecnología del pasado ni un tabú que deba evitarse. Es una de las discusiones energéticas más incómodas y necesarias. México no la ha dejado de lado por razones técnicas, sino por haber renunciado a pensar la energía con una perspectiva estratégica y de largo plazo.

RANCÉ 


