Cuando el equipo no genera juego y está contra las cuerdas, siempre está la esperanza en el jugador diferente que puede resolverlo con una jugada.
Ese jugador son los Estados Unidos en estos momentos. La economía mexicana atraviesa un momento complejo. El consumo muestra señales de debilidad, la inversión productiva se mantiene estancada y la confianza empresarial continúa en terreno pesimista. A esto se suman factores como la inseguridad y la incertidumbre económica y legal, que han frenado proyectos y reducido expectativas.
En este contexto, donde los motores internos de la economía no funcionan, ha surgido un elemento que está evitando que el partido se pierda: Estados Unidos. La fortaleza de la economía del país vecino está siendo clave para sostener la actividad económica en México.
Los datos más recientes lo confirman. En marzo de 2026, México alcanzó un récord histórico en exportaciones hacia Estados Unidos, superando los 51 mil millones de dólares en un solo mes. Con ello, se consolidó como su principal socio comercial, representando el 16.9% de sus importaciones totales, incluso por encima de China, que representa poco más del 8%.
Al mismo tiempo, las remesas también registraron un nivel récord para un mes de marzo, con casi 5 mil 400 millones de dólares y un crecimiento anual de 4.9%. Este flujo se dio a través de 12.9 millones de transacciones, lo que implica una ligera caída en el número de envíos, pero un aumento significativo en el monto promedio, reflejando una mayor capacidad de ingreso de los trabajadores mexicanos en el exterior.
Ambos elementos están actuando como un salvavidas para la economía nacional. Por un lado, las exportaciones impulsan el crecimiento a través del sector externo, uno de los cuatro motores fundamentales de la economía. Por otro lado, las remesas fortalecen el ingreso de los hogares y sostienen el consumo privado, compensando parcialmente la debilidad del mercado interno.
Sin embargo, esta dependencia también plantea complicaciones. México se parece a un equipo que no logra generar juego colectivo: el mediocampo no conecta, no hay circulación de la pelota y ésta no llega a los delanteros. Pero en medio de ese escenario aparece un jugador distinto, el “10”, el extranjero talentoso que, con una sola jugada, puede cambiar el rumbo del partido.
Ese jugador que, cuando el equipo está contra las cuerdas, puede resolverlo con un pase que nadie más puede ver o con una jugada individual que termina en gol. Gracias a él, el equipo sigue en el juego, con esperanzas de sacar un buen resultado, incluso cuando el funcionamiento interno deja mucho que desear.
Pero esta dinámica tiene implicaciones más allá del terreno de juego. Cuando un equipo depende excesivamente de una figura, la relación cambia. La directiva tiende a ser más flexible, más complaciente. Se ajustan las condiciones, se negocia en términos más favorables para el jugador, porque su peso en el resultado es determinante.
Lo mismo ocurre en la economía. La creciente dependencia de México respecto al dinamismo de Estados Unidos le otorga a este último un mayor margen de influencia, particularmente en un contexto previo a la revisión de acuerdos comerciales y en un entorno marcado por tensiones en materia de seguridad.
El verdadero reto para la economía mexicana no es aprovechar el buen momento del sector externo (que sin duda es positivo), sino utilizarlo como una plataforma para reactivar el consumo, incentivar la inversión y reconstruir la confianza del sector empresarial. De lo contrario, el equipo seguirá dependiendo de ese “10” que hoy marca la diferencia, pero que mañana podría no estar en su mejor día. Y cuando eso ocurra, no habrá quien resuelva el juego.








