Hay silencios que gritan. El de la Casa Blanca tras la llamada entre Donald Trump y Claudia Sheinbaum es uno de ellos. Washington no dijo nada. Ni una línea. Ni un “productivo intercambio”. Nada. En cambio, la Presidenta mexicana salió a declarar que la conversación había sido “breve, pero buena”. Breve, sin duda. ¿Buena? Ahí empiezan las dudas. Versiones provenientes de círculos diplomáticos apuntan lo contrario: que fue una mala llamada, quizá la peor que han sostenido. Un intercambio tenso, áspero, sin concesiones. El contraste entre el mutismo estadounidense y el optimismo presidencial no es menor: es un síntoma.
En política exterior, cuando el poderoso guarda silencio, no es por cortesía. Es porque no le gustó lo que escuchó. O porque dijo cosas que prefiere no hacer públicas. En cualquier caso, el silencio de Washington suena a descontento. Y eso, para México, nunca es buena noticia.
Seguridad: números o nada
Como si la llamada no bastara para marcar el tono de la semana, llegaron después los contactos entre Marco Rubio, secretario de Estado, y Juan Ramón de la Fuente, canciller mexicano. El tema: seguridad. El fondo: presión. La Casa Blanca quiere resultados tangibles, medibles, cuantificables. No discursos. No diagnósticos. No promesas. Números. Cárteles desmantelados, rutas cerradas, líderes capturados, laboratorios destruidos.
Estados Unidos ha dado un paso que no es menor: ha clasificado a varios cárteles mexicanos como organizaciones terroristas. No es sólo semántica. Es un cambio doctrinal. Bajo ese paraguas, la presión deja de ser diplomática para volverse estratégica. Cuando alguien es terrorista, todo vale. O casi todo. Y eso coloca a México en una posición incómoda: el socio comercial es ahora un aliado exigente que quiere ver sangre política y operativos visibles.
El expediente morenista
El The Wall Street Journal vino a echarle gasolina al incendio. Según el diario, la Casa Blanca exige que el gobierno mexicano investigue a políticos de Morena presuntamente vinculados con el narcotráfico. No se trata de rumores de pasillo: es una demanda directa. Una lista que, dicen, ya circula en despachos estadounidenses.
El mensaje es brutal: la lucha contra el narco ya no se limita a sicarios y capos, sino que apunta a las élites políticas. Y ahí es donde el asunto se vuelve explosivo, porque Morena no es un partido más, es el partido del poder. Tocar a sus cuadros sería abrir una guerra interna. Pero negarse a hacerlo es alimentar la narrativa de complicidad. Sheinbaum queda atrapada entre dos fuegos: el de su base política y el de un socio comercial que ya perdió la paciencia.
Operativos conjuntos: la línea roja
Como si faltara algo, el The New York Times reveló que Estados Unidos quiere operativos conjuntos de fuerzas estadounidenses y mexicanas en territorio nacional para destruir laboratorios de fentanilo. Es decir, soldados o agentes gringos pisando suelo mexicano en misiones antidrogas.
Eso, para cualquier gobierno mexicano, es una línea roja histórica. Soberanía. Intervencionismo. Recuerdos de invasiones pasadas. Pero la presión está ahí. Y no es simbólica. El fentanilo mata a decenas de miles de estadounidenses cada año. Para Washington, esto ya no es un problema externo: es una crisis de salud pública que exige acción inmediata.
Negarse a los operativos conjuntos puede verse como defensa de la soberanía. Aceptarlos, como rendición. Pero el problema es que la negativa ya no es suficiente. Estados Unidos quiere ver maquinaria pesada, helicópteros, arrestos en tiempo real. Quiere fotos. Quiere video. Quiere pruebas.
La tormenta perfecta y el T-MEC
Todo esto ocurre la víspera de la revisión del T-MEC. Nada menos. El acuerdo comercial que sostiene buena parte de la economía mexicana. El timing no es casual. Washington llega a la mesa con una baraja cargada: seguridad, narcotráfico, fentanilo, políticos corruptos, operativos conjuntos. Y, del otro lado, México llega con la necesidad urgente de estabilidad comercial.
Sheinbaum ya no siente lo duro, sino lo tupido. Una semana de golpes diplomáticos. Silencios incómodos. Filtraciones calculadas en la prensa estadounidense. Exigencias cada vez más explícitas. La Presidenta enfrenta su primera gran prueba en política exterior: demostrar si puede sostener una relación madura con un vecino que no juega a la cortesía, sino al poder.
Porque, al final del día, esta no es una discusión de buenas maneras. La Casa Blanca está poniendo a prueba al gobierno mexicano. Y México necesita algo más que declaraciones optimistas. Necesita estrategia. Y rápido.




