Explotación sexual en Facebook e Instagram

Arranca el juicio en el que Meta es acusado de priorizar su negocio por encima del bienestar de menores de edad.


Miguel Ángel Romero
La sociedad del algoritmo

Cuentas de menores de edad reales y otras ficticias con fines de investigación permitieron documentar los patrones de depredación sexual en el ecosistema de Meta de Mark Zuckerberg, particularmente en Facebook e Instagram. Una niña ficticia de 13 años con una “mala madre” que no la supervisaba en poco tiempo recibió cientos de solicitudes de amistad de hombres adultos desconocidos y mensajes sexuales explícitos. A pesar de que la cuenta mostraba señales claras de que estaba siendo solicitada por hombres de todo el mundo, Meta no intervino.

En otros casos, los menores reales con cuentas en dichas plataformas fueron contactados por depredadores para solicitarles material sexual o dinero a cambio de no revelar imágenes íntimas, una dinámica conocida como sextorsión. En otro caso, una adolescente publicó una oferta de trabajo en Facebook y fue contactada por un traficante. Bajo falsas promesas, el sujeto la presionó para entrar en el comercio sexual e intentó venderla como “esclava sexual”.

Otro perfil, creado para simular a una adolescente de 13 años, recibe mensajes semanales con imágenes de genitales, propuestas de contacto por aplicaciones de mensajería cifrada. Al denunciar los mensajes, la respuesta de la plataforma indicaba que no existe violación de normas. Poco después, la plataforma invita a la menor a crear una cuenta “profesional” para monetizar su popularidad.

Estos episodios aparecen descritos en la demanda presentada por el fiscal general de Nuevo México, Estados Unidos, Raúl Torrez, contra Meta. El juicio arrancó ayer lunes 9 de febrero. En dicha demanda se muestran casos que funcionan como demostraciones de un mismo fenómeno. Facebook e Instagram operan como entornos que conectan rápidamente a menores con adultos desconocidos, amplifican contenido sexualizado y permiten que redes de explotación se organicen con fricción mínima.

La acusación sostiene que Meta diseñó y mantiene sus plataformas con una arquitectura orientada a maximizar tiempo de permanencia y niveles de interacción. Ese diseño integra recomendaciones algorítmicas, desplazamiento infinito, reproducción automática de videos, mensajería directa y notificaciones persistentes.

En conjunto, estas funciones producen un ecosistema que favorece la circulación de material sexual, el acercamiento de depredadores y la formación de comunidades centradas en la explotación infantil. El eje jurídico se centra en una idea precisa: Meta construyó sistemas que generan riesgos previsibles para menores de edad y ha obtenido beneficios económicos directos de ese funcionamiento.

Las pruebas incluidas en la demanda describen patrones repetidos. Perfiles con apariencia infantil reciben recomendaciones de cuentas similares. Comentarios sexualizados permanecen visibles. Grupos dedicados al intercambio de material ilegal continúan activos tras ser reportados. Las respuestas de la empresa se caracterizan por procesos automatizados que rara vez interrumpen la dinámica.

Meta afirma que durante más de una década ha trabajado con padres, expertos y autoridades para introducir protecciones, como cuentas de adolescentes con configuraciones especiales. Al mismo tiempo, documentos internos y estudios externos muestran que la empresa conoce desde hace años la relación entre ciertas funciones y el aumento de depresión, ansiedad, autolesión e ideación suicida.

Ese conocimiento convive con decisiones de producto que preservan intactos los incentivos de crecimiento. Cada minuto adicional dentro de la plataforma genera más datos y más ingresos publicitarios. La atención se convierte en el recurso central del negocio. De acuerdo con especialistas, se estima que por día hay 500 mil casos de explotación sexual en línea en Facebook e Instagram.

El juicio contra Meta trasciende al corporativo y apunta a una mutación más profunda. Durante milenios, las sociedades desarrollaron mitos, leyes y rituales para proteger a los más jóvenes; hoy, esa tarea parece delegarse a arquitecturas digitales que optimizan clics, tiempo de permanencia y rentabilidad. La pregunta de fondo es: qué tipo de sociedad se configura cuando los entornos digitales asimilan el daño como parte de su funcionamiento cotidiano.