La tenista española Sara Sorribes Tormo tuvo que dejar las canchas durante siete meses. Hace un año su mente dijo basta. Con sólo 28 años fue diagnosticada con depresión. La jugadora, que ganó el bronce en dobles en París 2024, empezó a tener ataques de pánico. “Ni siquiera podía pisar una pista de tenis. Me despertaba por la mañana pensando que cuantas más horas tuviera antes de poder entrenar, mejor”, dijo en noviembre pasado a El Mundo.
“Iba a entrenar y no duraba más de 10 minutos. Me echaba a llorar en medio del entrenamiento. Después de un mes de baja, vine a jugar aquí con mi madre y sólo duré tres minutos; tuve un ataque de pánico y tuvimos que irnos”, recordó. “Sólo quería que pasaran las horas. No quería estar allí. No quería ir a torneos. Eso, sumado a mucha ansiedad, lo hizo todo muy difícil”, contó.
En esos meses en que se alejó del exigente circuito, montó un gimnasio en casa para mantenerse en forma sin salir de casa. Empezó a descubrir su pasión por el senderismo y realizó la peregrinación del Camino de Santiago sola, una experiencia que describió como maravillosa.
Sorribes Tormo, quien logró ser la número 32 del ranking en singles y 17 en dobles, ha vuelto poco a poco al circuito de la WTA. Casi en segundo plano, jugó en su vuelta en el torneo WTA 125 de Colina, Chile, en noviembre pasado. El fin de semana pasado, la tenista fue parte del equipo español que avanzó a la fase final de la Billie Jean King Cup.
Mientras Sorribes Tormo volvía al circuito en noviembre pasado, la tunecina Ons Jabeur revelaba que sufrió depresión debido a la exigencia del calendario e incluso pidió a las autoridades del tenis que redujeran la dificultad de los torneos Masters 1000 que se juegan durante dos semanas.
La jugadora, primera mujer africana en llegar a una final de Grand Slam, embajadora del Programa Mundial de Alimentos de la ONU y quien alcanzó el número 2 de la clasificación mundial en 2022, indicó que sufrió “mucho, mentalmente más que físicamente. Pero mi cuerpo llevaba mucho tiempo pidiendo ayuda a gritos. No le hice caso. Creo que sufrí una depresión sin siquiera saberlo. Estuve muy triste durante mucho tiempo. Ahora me estoy poniendo a mí misma en primer lugar. Para mí, eso es un gran paso”. También dijo que volverá cuando le apetezca, “cuando vuelva a sentirme feliz”.
Antes, Naomi Osaka puso el tema en el debate público. Ganadora de cuatro Grand Slams, la japonesa demostró que el éxito deportivo no alcanza para evitar una crisis. “Me pasó por primera vez cuando gané Indian Wells en 2018, pero me volvió a suceder cuando gané en 2020 el US Open y también cuando gané Pekín. Recuerdo que estaba en China y solamente quería irme, no paraba de llorar en la pista. Llegó 2021 y gané el Open de Australia y otra vez. Me di cuenta de que necesitaba hacer algo, porque no quería vivir así”, dijo en el pódcast Mountaintop Conversations, en 2023.
Ese año, el Comité Olímpico Internacional reveló en un estudio que 33.6 por ciento de los deportistas de élite (uno de cada tres) sufre de ansiedad y depresión. Además, indicó que, tras finalizar sus carreras, 26.4 por ciento de estos atletas experimenta intensos problemas de salud mental.
La presión, la fama y la exigencia ha llevado al límite a muchos deportistas, personas que entran en la inercia de la demanda por no sólo llegar, sino por mantenerse en la élite. Los medios y patrocinadores han hecho su parte. Más torneos, más juegos, más viajes, más exigencia, más desgaste… y menos familia y menos descanso.
Las hazañas físicas han terminado por desafiar los límites de lo posible. Sin embargo, detrás de cada medalla y récord, se esconden seres humanos que se enfrentan a batallas invisibles, a menudo mucho más desafiantes que cualquier competición. “El 49 por ciento de los atletas olímpicos podrían clasificarse como poor sleeper”, ha dicho la psicóloga deportiva española Mar Rovira, quien también ha señalado que “los atletas pueden ser propensos al abuso de alcohol”.



