El manifiesto que dio a conocer uno de los corporativos estadounidenses con más ventaja en lo que se refiere a la producción y uso de inteligencia artificial –Palantir– retrata un momento crucial para la humanidad. Ahí la empresa, en 22 puntos, argumenta cómo la democracia y la Ilustración han sido un sistema y una época que se agotaron. El pluralismo y la igualdad se erigen como males. El corporativo llama a Estados Unidos a construir una supremacía cultural, económica y armamentista basada en la inteligencia artificial.
Dicho posicionamiento es un síntoma de los nuevos tiempos. Para un circuito de tecnólogos, a este manifiesto lo precede una tradición intelectual que conviene nombrar con precisión: el Dark Enlightenment, o Iluminismo Oscuro, una corriente que circula desde hace más de una década y que ha encontrado, de manera inquietante, resonancia en los pasillos del poder tecnológico de Silicon Valley.
Sus tesis son simples y radicales: la democracia liberal es un experimento fallido, la meritocracia verdadera ha sido secuestrada por el igualitarismo, y lo que el mundo necesita no es más deliberación ciudadana sino menos. Lo que necesita es eficiencia. Decisión. Lo que es vital, en el fondo, es que alguien con suficiente inteligencia tome el control.
Dichos principios empiezan a tener cada vez más tracción. ¿A qué responde el desencanto democrático y por qué hay espacio para estas posturas radicales? La respuesta apunta hacia una cierta manipulación. De manera superficial, esgrimen, el hartazgo es lógico y sustentado. Las expectativas sobre el sistema democrático no parecen haber sido cumplidas.
Las instituciones han fallado en múltiples frentes. Sin embargo, hay una diferencia crucial entre reconocer esos fallos y concluir que la solución es entregarle el timón a una corporación que entrena algoritmos, vende inteligencia predictiva a ejércitos y busca mantener una carrera armamentística como parte del negocio.
Lo que hace el manifiesto de Palantir -y lo que hace la tradición del Dark Enlightenment de manera más amplia- es construir una narrativa de inevitabilidad. La IA llegó, dice esa narrativa, y con ella una nueva forma de organizar el poder. Quienes se resistan serán dejados atrás.
Tal vez lo único positivo del manifiesto es que queda claro que la inteligencia artificial no es neutral. Ninguna tecnología lo es. Cada sistema lleva inscrita una jerarquía de valores: quién define el objetivo que debe optimizar, quién decide qué datos lo entrenan, quién determina qué resultados son aceptables.
Cuando una empresa diseña un sistema para predecir amenazas en un campo de batalla o identificar patrones de disidencia en una población civil, no está haciendo ingeniería. Está definiendo política pública. Está tomando decisiones morales con consecuencias reales para personas que nunca fueron consultadas.
En su declaración de principios: el mundo liberal fracasó, la supremacía tecnológica es el nuevo fundamento del orden internacional, y Estados Unidos debe liderar esa transición sin pedir permiso.
Las democracias están en crisis, sí. Pero la respuesta no puede ser eliminar los mecanismos que permiten que el poder rinda cuentas. Tiene que ser la contraria: más deliberación, más transparencia, más capacidad institucional para entender y regular lo que estas tecnologías hacen realmente.
Palantir no publica este manifiesto porque le preocupa el destino de Occidente. Lo publica porque tiene contratos con el ejército, con ICE, con los sistemas que ejecutan deportaciones masivas, y necesita que eso parezca una misión civilizatoria.
Una de las preguntas que el manifiesto no hace -esa ausencia es su argumento más revelador- es quién absorbe los costos de esa visión. Porque no los harán los ejecutivos, los pagarán las personas cuyos datos alimentan un sistema que busca que la ciudadanía se convierta en un simple usuario con más obligaciones para el negocio y menos derechos para sí mismo.

La sociedad del algoritmo 

