Confieso que elegir el tema de la leña podría parecer, a primera vista, una decisión menor o incluso fuera de lugar en un entorno donde la conversación energética suele centrarse en tecnologías avanzadas, energías renovables y procesos de descarbonización. Precisamente por ello consideré pertinente abordarlo: porque obliga a voltear la mirada hacia una realidad menos visible, pero aún fundamental para una parte importante de la población mundial.
No se trata de nostalgia ni de mirar al pasado. Se trata, más bien, de reconocer que el presente energético global es mucho más heterogéneo de lo que a veces estamos dispuestos a aceptar.
Debo reconocer que muchos de los datos aquí presentados no forman parte de mi experiencia profesional directa ni de mi trabajo cotidiano a lo largo de los años en el sector eléctrico. La responsabilidad de escribir semanalmente sobre temas energéticos me ha obligado, más bien, a mantenerme actualizado, revisar información reciente y contrastar cifras provenientes de diversas fuentes —tanto nacionales como internacionales— con el propósito de ofrecer una visión lo más informada posible.
Este ejercicio, lejos de ser una limitación, confirma la enorme complejidad y dinamismo del sector energético, así como la necesidad permanente de seguir aprendiendo.
En cuanto a la leña, no deja de sorprenderme que un “combustible” que parecería relegado al pasado no sólo siga vigente, sino que conserve un peso considerable en el panorama energético mundial. De acuerdo con la Agencia Internacional de Energía (IEA) y el Banco Mundial, alrededor de 2 mil 300 millones de personas en el mundo aún dependen de la leña y otros combustibles tradicionales para cocinar y calentarse, particularmente en países en desarrollo. Resulta difícil no subrayar que casi una tercera parte de la población mundial sigue ligada a este tipo de energéticos.
Desde el punto de vista ambiental, el impacto tampoco es menor: según la FAO, la extracción de leña y carbón vegetal es responsable de una fracción significativa de la degradación forestal en muchas regiones, especialmente en África y partes de América Latina. Aunque no es la principal causa de deforestación global, sí representa una presión constante y difusa sobre los bosques, difícil de controlar y con efectos acumulativos que degradan ecosistemas completos.
Al final, hablar de la leña no es simplemente referirse a un combustible rudimentario, sino a una realidad energética que sigue vigente para una parte significativa de la humanidad. Mientras una parte del mundo discute sobre redes inteligentes, almacenamiento y descarbonización, otra continúa dependiendo de soluciones básicas para su vida cotidiana.
Más que una transición energética global, lo que existe hoy es una profunda desigualdad energética. Y mientras esa brecha no se cierre, cualquier narrativa de transición seguirá siendo, en el mejor de los casos, incompleta.

RANCÉ 


