La lista de acciones para una incursión de Estados Unidos

México observa con cautela la estrategia de Estados Unidos en Venezuela y ajusta su postura para evitar un escenario de presión, judicialización y posible intervención en su propio territorio.


Antonio Ocaranza

El año 2026 comenzó con un nuevo y más oscuro nubarrón para México: la incursión de fuerzas especiales de Estados Unidos en Venezuela para arrestar al presidente Nicolás Maduro. A partir de entonces la pregunta recurrente es: ¿prepara Estados Unidos una acción dentro de territorio mexicano para atacar a narcotraficantes?

La operación en Venezuela y las declaraciones insistentes del presidente Donald Trump y de Marco Rubio —en el sentido de que México debe hacer más contra el narcotráfico, incluso con apoyo directo de agencias estadounidenses— han obligado al gobierno mexicano a revalorar tanto su estrategia de seguridad como la lectura que hace de Washington.

En días recientes, la respuesta del gobierno mexicano ha sido más moderada y menos retórica. Así lo reflejan las declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum en sus conferencias mañaneras: un tono menos combativo y nacionalista; ya no se recita el himno nacional —“Masiosare” se quedó en el cajón—, las instrucciones a su gabinete para intensificar el diálogo con contrapartes estadounidenses y la defensa más sistemática de las acciones y resultados del combate al narcotráfico.

Esta nueva postura parece explicarse por el análisis de la secuencia de acciones que Estados Unidos desplegó antes de la incursión en Venezuela, varias de las cuales aparecen ya en su estrategia hacia México.

En el caso venezolano pueden identificarse siete pasos.

1. Judicialización del adversario.
El primer paso no fue militar, sino legal: acusaciones formales por narcotráfico, terrorismo y crimen organizado contra líderes políticos de Venezuela, acompañadas de recompensas millonarias. Esto deslegitima internacionalmente al gobierno atacado y construye un marco jurídico narrativo que permite presentar acciones posteriores no como intervención, sino como ejecución de justicia.

2. Reconfiguración semántica.
El lenguaje cambia. El régimen deja de ser autoritario o dictatorial; pasa a ser narcoterrorista y las organizaciones criminales asociadas al Estado son reclasificadas como amenazas terroristas. El enemigo se vuelve atacable sin pedir permiso.

3. El cerco militar “defensivo”.
Llega el despliegue militar: aviones, buques, ejercicios antinarcóticos. Estados Unidos normaliza la presencia militar cerca del país objetivo bajo la narrativa de contención y vigilancia.

4. Uso de la fuerza para probar límites.
Ataques limitados y operaciones quirúrgicas. Se acostumbra a la opinión pública al uso de fuerza real y se miden las reacciones internacionales y las respuestas internas del régimen.

5. Presión política paralela.
Se busca dividir, neutralizar y aislar. Contactos silenciosos, mensajes privados, advertencias explícitas. El objetivo es fracturar antes del golpe final.

7. El desenlace.
Cuando ocurre la incursión, el final es rápido porque todo lo demás ya sucedió. El golpe es la conclusión de la estrategia.

Trump ya no es el hombre de las simples bravatas. En América Latina, redefinida como su área de influencia, ejerce su poder sin que Europa, China o Rusia lo frenen, ni que las naciones de la región puedan apelar al derecho internacional.

Cuando un país comienza a ser judicializado desde el exterior, cuando su seguridad interna se redefine como amenaza regional, cuando la presencia militar estadounidense se vuelve cotidiana y los primeros usos de fuerza no generan costos diplomáticos, el checklist está casi completo.

Durante años, en México se usó la advertencia de “convertirse en Venezuela” como consigna política. Nunca se pensó que esa analogía pudiera extenderse al riesgo de una incursión estadounidense. Aunque la realidad mexicana es distinta, desde la óptica del gobierno de Trump existen paralelismos incómodos: expansión del crimen organizado, posibles zonas de colusión política y narrativas que vinculan seguridad, drogas y migración, alimentando la idea del “narco-Estado”.

Para México, la lección es clara: la soberanía ya no se defiende solo con discursos, sino evitando quedar atrapado en categorías ajenas. Implica recuperar control territorial, reducir zonas grises entre política y crimen, y construir una narrativa propia, creíble y verificable ante Estados Unidos. No se trata de confrontar ni de alinearse ciegamente, sino de no cumplir, paso a paso, con el checklist que otros ya recorrieron.