La verdadera palanca del crecimiento mexicano: integrar a las Mipymes a la economía global
Contexto
A partir de 2020, el debate sobre el crecimiento económico de México se ha concentrado en el nearshoring o relocalización como motor casi exclusivo del desarrollo; sin embargo, esta visión es incompleta. La relocalización global de las cadenas productivas abre oportunidades relevantes, pero el verdadero potencial de crecimiento sostenible del país reside en la integración efectiva de las micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes) a la cadena global de suministros.
Las Mipymes representan el 99.8% de las unidades económicas del país, generan alrededor del 70% del empleo y contribuyen con poco más del 50% del ingreso nacional. Pese a su trascendencia estructural, su participación en los flujos globales de valor es marginal. Sólo un número reducido de empresas medianas logra incorporarse como proveedoras de manufacturas intermedias para grandes compañías ancla, principalmente en el norte, centro y Bajío.
En general, está comprobado que el mayor riesgo no es la falta de demanda, sino la fragilidad empresarial. La mayoría de las Mipymes no supera el umbral crítico de supervivencia de dos a cinco años. Carecen de procesos estandarizados, certificaciones, acceso a financiamiento competitivo y, sobre todo, de una visión estratégica que les permita posicionarse como proveedoras confiables, escalables y competitivas.
La oportunidad interna de crecimiento
Paradójicamente, ahí se encuentra la mayor oportunidad interna para México. La sustitución de importaciones, impulsada por el nuevo entorno geopolítico y comercial, no debe recaer exclusivamente en grandes corporaciones. Existen miles de insumos, procesos y servicios que pueden ser generados por Mipymes locales que tengan la preparación adecuada. Integrarlas a la cadena global no sólo es factible, sino deseable: reduce riesgos logísticos, acorta tiempos de respuesta y fortalece la resiliencia productiva del país.
El reto es sistémico, requiere liderazgo empresarial, transferencia de conocimiento desde las empresas tractoras, adopción de metodologías de calidad, y un entendimiento claro del entorno comercial, en particular del T-MEC, que hoy muchas Mipymes perciben como lejano o irrelevante para su desarrollo. Esta desconexión informativa limita su capacidad de identificar oportunidades reales de crecimiento.
Asimismo, el proceso abre un espacio clave para los emprendedores. Muchas de las manufacturas que el país deberá producir en los próximos años aún no existen en el mercado nacional. Su desarrollo dependerá de nuevos proyectos empresariales acompañados desde su origen por políticas públicas inteligentes, financiamiento oportuno y esquemas de incubación industrial alineados a las necesidades reales de la cadena productiva.
La integración local debe ser estratégica y organizada. No se trata de vincular empresas de manera aislada, sino de construir ecosistemas productivos y clústeres funcionales, donde las Mipymes operen de forma complementaria, compartan capacidades, consoliden compras y distribuyan producción. Sólo así podrán escalar y competir.
Conclusión
En este contexto, México necesita estructurar un proceso claro de incorporación por capacidades y no por tamaño; flexibilidad operativa para reducir riesgos y tiempos; maduración empresarial mediante estandarización y certificaciones clave; desarrollo de clústeres especializados; vinculación con fabricantes de equipo original y proveedores Tier 1, así como el factor estratégico: acceso a financiamiento público y privado.
La capacitación es el punto de partida indispensable, pero su éxito dependerá del compromiso coordinado de gobiernos, grandes empresas, instituciones financieras y el compromiso de las propias Mipymes. Integrarlas plenamente a la cadena global de suministros no es sólo una política industrial: es, en sentido estricto, la clave del crecimiento económico de México.




