Brasil se convirtió en el segundo bicampeón de la Copa del Mundo en una atípica edición de 1962 celebrada en Chile. Lo hizo con todo y que su gran figura Pelé quedó fuera por lesión apenas en su segundo juego. Desde entonces, en 64 años ninguna otra selección además de Italia en 1938 y esta demoledora versión del Scratch du Oro, ha podido hilar dos títulos mundiales consecutivos, una prolongada sequía que la Argentina de Lionel Messi buscará terminar en el próximo verano.
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La última ocasión en que el campeón defensor ha triunfado no fue ninguna sorpresa. Era casi imposible encontrar a alguien que no tuviera a Brasil como el rotundo favorito. Así, los amazónicos revalidaron su título con un grupo de estrellas que elevaron su condición a leyendas. Cinco de sus seis goleadores en ese Mundial —Garrincha, Vavá, Pelé, Zito y Mario Zagallo— también habían ganado el Mundial de 1958. Y ahora reposan en el Olimpo del futbol.
Amarildo, el delantero que se incorporó al equipo a mitad del torneo y marcó tres goles, era la emergente excepción. Pero aunque la Verdeamarela era una vitrina de figuras, el torneo no fue del todo memorable. El promedio de goles por partido cayó a 2.78, el más bajo registrado hasta entonces, una cifra contrastablemente pobre en comparación con los 5.38 del Mundial de 1954. El fútbol había cambiado en los ocho años anteriores, volviéndose más sistematizado y cauteloso.
La Batalla de Santiago y la violencia como norma
El Mundial de 1962 también es tristemente recordado por su brutalidad. La Batalla de Santiago, un enfrentamiento terriblemente violento en el que Chile, anfitrión del torneo, derrotó a Italia por 2-0, pasó a la historia. Sin embargo, los informes de la época sugieren que esto fue simplemente el epítome de la mayoría de los partidos del torneo, y no un caso aislado.
Con todo y eso, Brasil, salvo un tramo en su semifinal contra Chile donde fueron en gran medida víctimas, no estuvo realmente involucrado en todo eso y, en general, practicó un fútbol atractivo. Mientras el resto del torneo se desangraba en entradas criminales y patadas sin balón, los amazónicos intentaban mantener la pelota en el suelo y el espectáculo en pie.
Garrincha, la estrella que brilló cuando Pelé se apagó
Pelé es considerado el mejor jugador de la historia. Y ya lo era desde entonces. Inauguró su participación en el torneo con un golazo contra la Selección Mexicana de futbol, con un genial regate a cuatro rivales antes de definir con maestría. Sin embargo, Edson Arantes do Nascimento lidiaba con una lesión y le ocultó la gravedad a su entrenador, al temer que con ello pudiera ser excluido del equipo.
Pero tan pronto como en el segundo partido, un empate sin goles contra Checoslovaquia, Pelé sufrió una distensión en la ingle tras intentar un disparo de larga distancia. Su participación en el torneo había terminado. La ausencia de O Rei significó que Garrincha tuviera aún más responsabilidad, y respondió con la que posiblemente sea la mejor actuación individual en la historia de los Mundiales.
En 1958, era un regateador brillante que se basaba en bajar el hombro y avanzar por la banda. Pero el Garrincha de 1962 era un jugador completamente diferente. Ahora era un jugador completo. Se había vuelto experto en disparar con ambos pies y era una presencia imponente en el juego aéreo, como demostró en la fase eliminatoria.
En la victoria por 3-1 en cuartos de final contra Inglaterra, marcó un golazo de cabeza al primer palo, y luego anotó con un disparo con efecto desde fuera del área con la pierna derecha. En la semifinal contra Chile, repitió el gol de cabeza y luego remató con fuerza al ángulo superior con su pierna izquierda, supuestamente la menos hábil. La Roja estaba tan atemorizada por Garrincha que relegó a su capitán al banquillo. Pero un lateral izquierdo poco puede hacer ante un gol de cabeza tras un saque de esquina o un remate de primera desde lejos.
La final olvidada y el error que selló el bicampeonato
En consonancia con el bajo perfil en general de este torneo, esta final también sufrió el infortunio de haber caído en el olvido. Tras una serie de finales verdaderamente legendarias —el Maracanazo de 1950, el Milagro de Berna de 1954, la final con mayor puntuación de 1958—, nadie suele mencionar esta como un episodio épico.
Ambos equipos mostraron un buen juego ofensivo y, como ya era habitual en las finales de la Copa del Mundo, se produjo una remontada. El primer gol de Checoslovaquia fue una joya, fruto de un preciso pase en profundidad al legendario centrocampista Josef Masopust, quien no tardó en marcar.
Pero Amarildo se fajó los pantalones. Desbordó por la izquierda, empató con un disparo con efecto que sorprendió al portero checoslovaco Viliam Schrojf en su primer palo. Fue similar al gol de la victoria uruguaya en la final de 1950. Brasil se puso 2-1 arriba cuando Zito avanzó por el mediocampo, habilitó a Amarildo y continuó su carrera hacia el área para rematar de cabeza un centro medido.
La victoria se selló con un terrible error de Schrojf, quien por lo demás tuvo un excelente torneo. Calculó mal un pase largo que cayó cerca del borde de su área pequeña, y Vavá solo tuvo que empujar el balón al fondo de la red. Esta selección brasileña fue considerada menos espectacular que la de cuatro años antes, pero es difícil argumentar que alguna otra estuviera a su nivel.
Además, Brasil completó la hazaña sin poder contar con el mejor jugador del mundo en ningún momento de la fase eliminatoria. Se habían convertido en la nación dominante de la Copa del Mundo, después de haber sido considerados como la gran decepción en dos ediciones anteriores. Y lo hicieron, paradójicamente, en el Mundial que poco se recuerda.

Foto: Cortesía FIFA 






