Interesante resulta analizar el aseguramiento del otrora dictador en desgracia de Venezuela, Nicolás Maduro.
Desde el nombre de la operación, Absolute Resolve —que en español se traduciría como Totalmente Resuelto—, la forma en la que fue intervenido el país latinoamericano y extraído su presidente, llama a la reflexión sobre el futuro mediato en la región.
Desde el trabajo preliminar de inteligencia operativa en el sitio hasta el despliegue discreto de decenas de aeronaves y buques con cientos de soldados norteamericanos, entre ellos cerca de 30 elementos altamente entrenados de la Fuerza de Tarea Delta, que en unos minutos traspasaron los círculos de seguridad del hoy detenido para ser asegurado y transportado, en compañía de su esposa —también acusada—, a la corte de Nueva York para ser procesado por los delitos de narcoterrorismo, tráfico de cocaína, así como posesión de armas de alto poder con fines destructivos.
La sumatoria de penas y sanciones por estos delitos lo condenarían a cadena perpetua, puesto que ha sido investigado antes de asumir la Presidencia de su país, especialmente desde el año 2000, cuando ocupaba la posición de diputado de la Asamblea. Maduro ha sido indagado junto con otros 14 funcionarios, por lo que podrían sumarse más cargos; según las pesquisas del vecino país, ha cometido delitos contra los intereses norteamericanos de forma sistemática y continua durante dos décadas.
Los resultados de esta operación nos llevan a cinco puntos importantes:
1. Se rompe el mito de que el presidente Trump es un demagogo escandaloso y poco creíble. Sí cumple lo que se propone.
2. La capacidad de despliegue y de resolución sobre objetivos civiles y militares.
3. La indiferencia ante la opinión de la comunidad internacional, y de la latinoamericana en particular.
4. La capacidad innovada para vincular política exterior con delitos reales o imaginarios contra sus intereses, con el fin de intervenir y asegurar personajes incómodos.
5. Se corrobora y actualiza la frase de Henry Kissinger: “América no tiene amigos o enemigos permanentes, sólo intereses”.
No queda la menor duda: el gobierno norteamericano ha hecho una sólida demostración de poder regional, que lo consolida como el país más poderoso no sólo del continente, sino del mundo.
Ahora bien, ¿qué posición juega México en esta nueva crisis? Partiendo de las declaraciones de Trump sobre el “miedo” de la Presidenta a enfrentar a los grupos criminales, el rechazo al apoyo táctico y operativo de Estados Unidos y la afirmación de que los cárteles gobiernan el país, se hace necesario replantear lo siguiente:
Actualizar la definición de soberanía nacional para establecer el tipo de apoyo y cooperación con el vecino país. Preguntarnos: ¿realmente a la Presidenta le interesa combatir a profundidad la delincuencia organizada?
Definirse en política exterior: sumarse a los países que condenan a Maduro como dictador o criminal, o a los que lo señalan como presidente legítimo, víctima del “imperio yanqui”.
Si se opta por la ambigüedad y se continúan enviando mensajes de simpatía hacia regímenes dictatoriales, México podría entrar en una relación bilateral de alto riesgo.




