La sombra del caudillo

La reaparición de López Obrador en el debate público reabre cuestionamientos sobre el liderazgo político del país, mientras crece la tensión diplomática entre el gobierno de Claudia Sheinbaum y Estados Unidos

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Guillermo Ortega

La sombra del caudillo

Hay discursos que convencen por lo que dicen. Otros, por la forma en que se dicen. Y algunos llaman la atención precisamente porque parecen escritos, pensados y pronunciados por alguien distinto a quien los lee. Eso parece haber ocurrido el domingo en el Monumento a la Revolución. Desde el tono hasta el contenido, pasando por la carga ideológica y el lenguaje confrontativo, el mensaje pronunciado por Claudia Sheinbaum con motivo del triunfo electoral que la convirtió en la primera mujer presidente de México provocó una pregunta inmediata: ¿quién escribió realmente ese discurso?

La carta que despejó las dudas

Si alguien todavía tenía dudas sobre la inspiración detrás de aquel discurso, la carta publicada en redes sociales por el expresidente López Obrador hace unos días las ha disipado totalmente. Es el regreso del verdadero jefe político. Durante meses se intentó construir la idea de una transición ordenada. Sin embargo, cada vez que surge una coyuntura delicada, la figura del expresidente reaparece para marcar la línea política y definir adversarios. El debate ya no es quién redactó un discurso, sino quién conduce realmente la estrategia política frente a Estados Unidos.

El miedo detrás de la confrontación

Particular atención merece el último tramo de la carta. La intensidad de las descalificaciones ha generado interpretaciones inevitables. Analistas y opositores sostienen que detrás de la ofensiva verbal existe preocupación por investigaciones, señalamientos y presiones provenientes de Estados Unidos. Tales acusaciones siguen siendo materia de debate político. El problema deja de ser personal cuando la relación bilateral más importante para México se convierte en un instrumento de confrontación política. Cada vez que López Obrador interviene en el debate público, revive la percepción de que el poder sigue teniendo dos centros de gravedad. La historia suele ser implacable con los líderes que no saben retirarse. Y todavía más severa con los países que permiten que sus fantasmas sigan gobernando desde las sombras.

Presidenta vs. embajador

El reciente intercambio de declaraciones entre la Presidenta y el embajador estadounidense no es asunto menor. Los desacuerdos diplomáticos ocurren todos los días. Lo preocupante es el contexto en el que se producen.

Cuando Claudia Sheinbaum acusa a Estados Unidos de actuar de manera injerencista y, posteriormente, responde al embajador que no intervenga en asuntos internos, mientras desde Washington se insiste en que la lucha contra los cárteles debe estar por encima de la politiquería, lo que estamos viendo es una escalada narrativa que puede terminar convirtiéndose en una crisis política bilateral.

El choque de dos narrativas

México sostiene que la soberanía nacional no es negociable y que Estados Unidos pretende influir en decisiones internas.

Estados Unidos sostiene que el narcotráfico mexicano ya dejó de ser un problema exclusivamente mexicano porque el fentanilo, el tráfico de personas y las organizaciones criminales tienen impacto directo sobre su seguridad nacional.

Mientras México habla de soberanía, Washington habla de seguridad. Y cuando dos gobiernos discuten desde premisas distintas, el riesgo es que nadie escuche al otro.

El factor López Obrador

El problema se vuelve todavía más delicado cuando aparece López Obrador.

Porque una cosa sería que la Presidenta estuviera administrando una diferencia diplomática normal con Washington.

Pero otra muy distinta es que, simultáneamente, el expresidente reaparezca con un discurso mucho más duro, más ideológico y más confrontativo contra Trump y su entorno político. Eso cambia completamente el escenario.

Lo que más preocupa a Washington

En Estados Unidos existe una creciente convicción bipartidista de que los cárteles mexicanos representan una amenaza estratégica. Esa percepción no es exclusiva de Donald Trump. La comparten republicanos y demócratas.

Por eso, cuando desde México se responde a cada cuestionamiento con acusaciones de intervencionismo, el mensaje que puede estar llegando a Washington es que el gobierno mexicano está más preocupado por defender posiciones políticas que por construir una estrategia común contra el crimen organizado.

Quizá esa sea la razón por la que el embajador pidió sacar la politiquería de la lucha antidrogas.

¿A dónde nos puede llevar esto?

En el mejor escenario, a una relación bilateral más fría, más tensa y menos cooperativa.

En un escenario intermedio, a mayores presiones comerciales, financieras y diplomáticas sobre México.

Y en el peor escenario, a que sectores políticos estadounidenses utilicen el tema del narcotráfico como justificación para impulsar medidas extraordinarias contra organizaciones criminales mexicanas, sin importar las objeciones de nuestro gobierno.

La pregunta es si México puede darse el lujo de pelearse con su principal socio comercial, con el país que recibe más del 80 por ciento de nuestras exportaciones y con el gobierno que posee la mayor capacidad de presión económica, financiera y judicial sobre actores mexicanos.

El riesgo para la Presidenta

Y aquí aparece el punto más delicado.

Si esta confrontación responde a una estrategia diseñada desde Palacio Nacional, la responsabilidad será de Claudia Sheinbaum.

Pero si responde a la necesidad de proteger los intereses personales o políticos de López Obrador y su círculo más cercano, entonces el problema es mucho más grave.

Porque una presidenta puede administrar una crisis diplomática. Lo que difícilmente puede administrar es una crisis heredada, agravada y dirigida desde la sombra.

Esa es la impresión que comienza a instalarse: que mientras Sheinbaum ocupa la Presidencia, alguien más sigue librando sus propias batallas. Y esas batallas ya no comprometen únicamente a Morena ni al expresidente, comprometen a México entero.

@GOrtegaRuiz

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