Argentina: los mundiales no se juegan, se compiten y se ganan

Argentina demuestra que la competitividad en el fútbol es un activo intangible que se forja con identidad, figuras clave y trayectoria constante.

Argentina: los mundiales no se juegan, se compiten y se ganan

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Hay un debate acerca del éxito de la selección argentina: que es producto de la suerte, de decisiones arbitrales y por instrucción de la FIFA. Es una narrativa que deja ciertas dudas. Finales consecutivas, títulos y mantenerse en la élite por tantos años no es un accidente. Es resultado de algo mucho más difícil de construir: memoria competitiva.

Argentina no sólo ganó la Copa del Mundo hace cuatro años. Llega con una inercia ganadora que incluye dos Copas América y la Finalissima. Ahora, una vez más, está en posición de competir por lo máximo. No es casualidad. Tampoco es ayuda. Es historia. Porque los Mundiales no se juegan: se compiten y se ganan.

Argentina puede llegar con dudas, con momentos irregulares o sin ser favorita. Pero cuando inicia el torneo, la camiseta pesa. Hay un oficio acumulado, una cultura de competencia y una narrativa histórica que condiciona al rival. Y, por supuesto, está el factor diferencial: Lionel Messi. No sólo como el talento individual de uno de los mejores futbolistas de la historia, sino como símbolo de una generación que aprendió a jugar con él y para él.

Ese peso de la camiseta es un activo intangible que no es un concepto romántico. Es una ventaja competitiva real.

En la economía ocurre lo mismo. La confianza de los mercados no es un estado de ánimo que se construya con discursos o se consiga con una política pública radical. Es un activo intangible que se forma durante décadas, a partir de disciplina institucional, reglas claras y consistencia económica y fiscal. Es reputación.

Existen países que entran a la cancha con ventaja. No porque las reglas estén a su favor, sino porque su historia respalda cada movimiento. Estados Unidos es el ejemplo más evidente. A pesar de mantener una deuda pública superior al 120% de su PIB y de enfrentar recurrentes tensiones políticas en torno a su presupuesto, el mundo sigue refugiándose en el dólar y comprando bonos del Tesoro. No es fe ciega: es confianza construida. El mercado no reacciona únicamente al dato presente, sino al historial de cumplimiento.

Suiza o Japón, durante años operaron con tasas de interés cercanas a cero (incluso negativas) sin provocar salidas masivas de capital. En países emergentes, una política así habría detonado crisis cambiarias y fugas de capital. En estos casos, ocurrió lo contrario: los inversionistas aceptaron rendimientos bajos a cambio de estabilidad, certeza jurídica y credibilidad institucional.

La analogía es clara: hay equipos que juegan el torneo, y hay equipos que compiten. Hay economías que participan en los mercados, y hay economías que compiten por el capital global.

La lección para la política pública es contundente. La credibilidad no se improvisa ni se simula, se construye

En la columna de la semana pasada lo mencioné: solo ocho selecciones han logrado ganar la Copa del Mundo, es decir, el 3% de las selecciones que pertenecen a la FIFA. Y este año, para no variar, no habrá un nuevo campeón. No es casualidad.

La competitividad real se construye con tiempo y antes de que empiece el torneo. Si un país quiere atraer inversión, crecer de manera sostenida y consolidarse en el escenario global, necesita fortalecer su Estado de derecho, estabilidad macroeconómica y certidumbre en las reglas del juego. 

Argentina lo demuestra en la cancha. No gana por casualidad. Compite mejor porque aprendió a hacerlo durante décadas. Porque tiene historia. Porque tiene figuras. Porque tiene identidad.

Al final, los mercados financieros funcionan igual que los Mundiales: no premian las intenciones, premian la trayectoria. Y la confianza, como el prestigio futbolístico, no se anuncia, se construye ganando los partidos que realmente importan.

Jesús Vaca Medina

Doctor en Estudios Fiscales

@jesusvacamedina

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