Una emotiva reflexión sobre la vida, los recuerdos y el legado de un hombre que dejó huella en su familia, sus amigos y el periodismo mexicano
Hasta siempre, querido Benja


Por: Guillermo Ortega
A la memoria de Benjamín Ortega Ruiz
Hay ausencias que llegan de golpe y otras que, aun cuando se anuncian, resultan imposibles de aceptar. La muerte de mi hermano Benjamín, ocurrida hace apenas unos días, ha dejado en nuestra familia una tristeza profunda y un vacío difícil de describir. Hay dolores que las palabras no pueden explicar, pero hoy quiero intentar hacerlo para rendir homenaje a su vida, a su memoria y al enorme privilegio de haber caminado tantos años a su lado.
Benjamín nació en septiembre de 1952. Fue el mayor de los cinco hermanos de la familia Ortega Ruiz y, al llevarme sólo dos años y medio, entre nosotros existió siempre una cercanía especial. Compartimos juegos, conversaciones, proyectos, sueños y una larga lista de experiencias que hoy regresan a mi memoria con una mezcla de nostalgia y gratitud.
Benja era, antes que nada, un soñador. Poseía una mente brillante e inquieta que constantemente imaginaba proyectos extraordinarios. Le gustaba pensar en grande, construir ideas, imaginar posibilidades y encontrar caminos nuevos. Tenía una inteligencia natural y una memoria privilegiada que le permitía recordar con asombroso detalle anécdotas familiares, episodios de juventud y momentos compartidos con amigos. Escucharlo contar historias era viajar en el tiempo. Revivía escenas, diálogos y emociones con una precisión que conmovía a quienes lo rodeaban.
También tenía una gracia especial para contar chistes. Aunque siendo honestos, a veces los prolongaba tanto que agotaba la paciencia de quienes esperaban el desenlace. En esas ocasiones todavía puedo escuchar la voz de nuestro padre diciéndole entre divertido y resignado: "Abrevia, Benjamín". Era parte de su encanto. Le gustaba recrear los detalles, construir el ambiente y disfrutar la reacción de quienes lo escuchaban.
La música ocupó siempre un lugar central en su vida. Benja tenía talento natural. Tocaba la guitarra, la armónica y el pandero. Además, hacía con la boca sonidos de percusión que lo convertían prácticamente en un hombre orquesta. Pero, sobre todo, cantaba. Y cantaba de verdad. Poseía una voz formidable, potente, de bajos profundos, acompañada de una extraordinaria capacidad interpretativa. Cuando tomaba una canción entre sus manos lograba hacerla suya y transmitir emociones que llegaban directo al corazón.
Compartimos también el amor por la música. En reuniones familiares y encuentros con amigos era común sacar las guitarras y convertir cualquier tarde en una bohemia interminable. A Benja le fascinaban los canta-bares y nunca había que insistirle demasiado para que tomara el micrófono y se aventara un palomazo. Interpretaba sus canciones favoritas con una pasión y una autenticidad difíciles de igualar. Quienes lo escucharon cantar seguramente lo recuerdan todavía de pie frente al público, disfrutando cada nota y haciendo disfrutar a los demás.
Otra vocación que compartimos fue el periodismo, herencia de nuestro padre don Benjamín. Tuve el privilegio de trabajar junto a él durante un cuarto de siglo desarrollando proyectos en periódicos, radio y televisión. Pocas veces he conocido a alguien tan confiable, comprometido y talentoso. Benja podía hacerse cargo lo mismo de tareas administrativas y operativas que de asuntos editoriales fundamentales dentro de una empresa de comunicación.
En las páginas de El Diario NTR Guadalajara publicó durante años una columna semanal titulada Cola de León, firmada bajo el seudónimo de Benito M. Arteaga, nombre construido con las iniciales de sus tres hijos: Benjamín, Martha y Adrián. Ese detalle retrataba perfectamente el tamaño de su amor por la familia. En la última etapa de su vida, en el mismo periódico escribió Palestra ya con su propio nombre, un espacio donde mezclaba recuerdos de infancia y juventud con reflexiones sobre el presente. A través de esos textos lograba establecer contrastes que ayudaban a entender cuánto habían cambiado el país, la sociedad y el mundo con el paso de los años.
Pero si algo distinguió siempre a mi hermano fue su calidad humana. Tenía un enorme don de gentes y una facilidad extraordinaria para hacer amigos. Era común escuchar a muchos referirse a él como "un tipazo". Y lo era. Benja sabía escuchar, acompañar, tender la mano y hacer sentir importantes a los demás. Era amable, caballeroso, generoso y profundamente humano. Tocaba el corazón de las personas con una naturalidad que muy pocos poseen.
A Benja se debe también el reencuentro de un grupo entrañable de amigos de juventud que, dispersos por las exigencias del trabajo, la distancia o las responsabilidades familiares, habían dejado de verse durante años. Con la persistencia y el entusiasmo que siempre lo caracterizaron, no descansó hasta conseguir aquella primera reunión que muchos creían improbable. Ese encuentro inicial volvió a encender afectos, memorias y complicidades que parecían dormidas. Después vinieron muchos más, hasta dar origen a una verdadera Cofradía de amigos unidos por la lealtad, la amistad y los recuerdos compartidos. Gracias a Benja, esos lazos no sólo se recuperaron, sino que se fortalecieron hasta convertirse en una hermandad que ha perdurado por más de medio siglo.
Otra de las grandes pasiones de Benja fue el escultismo. Formó parte de un grupo scout en su juventud y durante varios años disfrutó intensamente del excursionismo al lado de amigos entrañables, con quienes compartía el espíritu aventurero y la fraternidad propia de esa hermandad. Realizó largas caminatas por distintos rincones del país, atravesando montañas, senderos y paisajes que terminaron convirtiéndose en recuerdos imborrables. Al final de cada travesía llegaba siempre el momento más esperado: el calor de un campamento alrededor de una fogata, las conversaciones bajo las estrellas y el descanso en sleeping bags dentro de casas de campaña antes de emprender el regreso a casa. Aunque aquellas experiencias ocurrieron hace muchos años, Benja jamás perdió el vínculo con sus compañeros scouts, con quienes mantuvo una comunicación frecuente y un afecto que el tiempo nunca logró apagar.
Hoy deja un legado entrañable entre su familia, sus amigos y sus compañeros de trabajo. Deja recuerdos imborrables, conversaciones eternas, canciones compartidas y afectos sembrados a lo largo de toda una vida.
En lo personal debo reconocer que una parte de mí se fue con él. Queda una ausencia enorme, un silencio que aturde y una sensación inevitable de orfandad. Suelo decir que mis cuatro hermanos y yo somos como los dedos de una mano: todos diferentes, pero todos necesarios. Hoy esa mano está incompleta, mutilada. Sin embargo, también sé que seguirá unida, firme y solidaria para enfrentar todo lo que venga, tal como nos enseñaron nuestros padres y como Benja mismo lo vivió siempre.
Hoy dedico esta columna a la memoria de mi querido hermano Benjamín. Lo hago con dolor, sí, pero también con profunda gratitud. Gratitud por la vida compartida, por tantas experiencias vividas juntos, por las charlas interminables, por la música, las risas, los proyectos y los afectos. Gratitud, sobre todo, por haber tenido el enorme privilegio de llamarlo hermano.
Descansa en paz, querido Benja. Tu voz, tu alegría y tu memoria permanecerán para siempre entre nosotros.