El narcotráfico en México ha cambiado de perfil, desde el narcotraficante rural hasta el empresario criminal y el sicario, según el análisis de Bernardo Gómez del Campo.
¿Criminales empresarios o empresarios criminales?

En otro momento he escrito sobre el desarrollo delictivo mexicano: cómo se han transformado cuatro generaciones de estructuras criminales que han evolucionado desde lo local hasta lo internacional. La historia contemporánea los ubica a partir de la década de los 40 hasta el pleno siglo XXI.
El perfil del narcotraficante rural, de bota vaquera hecha a base de pieles exóticas, pantalón de mezclilla, cinturón piteado con hebilla grande, suntuosa y pesada,camisa de seda, portando esclavas y cadenas de oro macizo emulando santos y armas colgadas al pecho y, por supuesto, la "escuadra" fajada al cinto con las respectivas iniciales en metales y piedras preciosas, a bordo de su "placosa" troca que no deja una sola "morra" sin voltearlo a ver, es la transición entre la primera y segunda generación.
El modelo actual de "empresario" criminal puede identificarse en una doble vía: aquel que se caracteriza por su formación profesional internacional, que viste y calza de marca, aunque no siempre de buen gusto, que se rodea y codea con las altas cúpulas sociales, políticas y hasta empresariales de abolengo, de fortunas originarias y legalmente constituidas; que se mueve en vehículos deportivos, con cierto repudio a las armas de fuego, pero que gusta maquilar la violencia, hacer negocios basado en la trampa, la amenaza velada y la extorsión abierta; disfruta del buen comer, del goce y placer del mundo, de hecho simula un gran modelo de familia emprendedora mexicana.
En el otro extremo tenemos al sicario, sujeto "venido a más"; aquel individuo que le ha llegado la fortuna, la liquidez casi de forma inmediata. Ese personaje extravagante que, ávido por ser reconocido en una cultura y sociedad que le negó la entrada, pasa por la vida demostrando su poder impune, cargado de odios y complejos. Está "marcado por las marcas" más caras y prestigiosas del mundo, rodeado de mujeres voluminosas o voluptuosas o, en caso de ellas, acompañadas de sujetos altivos, retadores de la vida a quienes sólo les falta anunciar a los cuatro puntos cardinales que son "propietarios" del lugar que pisan, que se hicieron de esas fortunas por volverse dueños de vidas y negocios ajenos como resultado de sus acuerdos con autoridades corruptas e ineficientes para plagar los territorios de la impunidad que hoy los empodera y vanagloria.
Así es, cuatro generaciones, 80 años de vivir bajo la multiplicación criminal con una serie de administraciones y gobiernos que restan y dividen a la autoridad.
Empresarios agrícolas en Michoacán que se han quedado con miles de hectáreas de aguacate y limón al amenazar, perseguir y hasta matar a sus legítimos propietarios; dueños de casas tequileras en Jalisco que llenaron de terror a sus originarios empresarios que terminaron por huir del país para dejar su patrimonio familiar de cuatro generaciones de agaveros.
Dueños de locales, negocios y restaurantes en la Ciudad y el Estado de México que acabaron por ceder su patrimonio a esta cuarta clase empresarial por sucumbir, ahogados por el pago predial criminal y la obligación forzada por el derecho de piso que se han adjudicado.
Con todo lo anterior, no nos sorprendamos ante un México lleno de contradicciones, donde la denuncia y la persecución criminal está hecha por quienes cometen los mismos delitos que señalan y donde la inseguridad es provocada por los mismos empresarios que hoy dicen padecerla.
Ese es el México del siglo XXI, sin una solución aparente, a la deriva y en espera de que algo suceda... que al parecer vendrá del exterior, esperemos que para bien de todos nosotros.
Bernardo Gómez del Campo
Analista de seguridad
@BGomezdelCampo
