Curazao, con 25 jugadores formados en Europa, sostuvo 17 minutos de igualdad ante Alemania en su debut mundialista.
Haití y Curazao y la –linda– ficción de igualdad


Por: Sergio Bibriesca
Por unas horas fui de Haití y Curazao, y este último país vivió la ficción 17 minutos de estar al tú por tú contra el todopoderoso Alemania, aunque, al final, la lógica se impuso.
No sólo fue ser de Haití y Curazao por ir con el menos débil –aunque también–, sino por lo que ambos países cargan a cuestas en su historia, curiosamente unida en algún momento del siglo 18.
La Revolución Haitiana fue la primera rebelión de esclavizados exitosa en la historia. De 1791 a 1804, la insurrección liderada por figuras como Toussaint Louverture (el Napoleón
Negro) y Dutty Boukman, quien vivió en carne propia la esclavitud, culminó con el nacimiento de Haití como la primera república negra y el primer país libre de esclavitud en América.
A 831 kilómetros al sur, Curazao se había convertido en el principal mercado y centro de distribución de esclavos africanos en el Caribe en el siglo 17, bajo el dominio de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales. Los barcos holandeses llegaban con decenas de miles de personas, las vendían y enviaban desde el puerto de Willemstad en la isla hacia las colonias en Norteamérica, Sudamérica y otras islas caribeñas.
En 1795, el movimiento de liberación esclavista de Curazao se inspiró en lo que sucedía en Haití. La isla vivía una grave crisis económica que sirvió como caldo de cultivo para la insurrección. Además, en el territorio vivían alrededor de 20 mil personas, pero apenas 4 mil eran blancos, y de los 16 mil restantes 10 mil eran esclavos y los otros 6 mil eran negros libres.
Bajo el liderazgo de un hombre llamado Tula Rigaud, los esclavos se rebelaron contra sus amos holandeses y protagonizaron una revuelta histórica de un mes de duración contra el gobierno colonial holandés, exigiendo su libertad.
Viendo la dimensión que tomaba la insurrección, el gobierno colonial envió al padre Jacobus Schinck para mediar. Hay escritos del cura que cuentan el planteamiento de Tula. "Hemos sido abusados demasiado, no buscamos dañar a nadie, y sólo buscamos nuestra libertad. Los negros franceses obtuvieron su libertad, Holanda fue ocupada por los franceses, entonces debemos ser libres aquí".
Pese a vivir procesos sociales similares y contemporáneos, ambas naciones, tras liberarse, tomaron rumbos muy distintos. Haití es el país más pobre de América Latina y el Caribe. Seis de cada 10 habitantes viven por debajo del umbral de la pobreza. Además, 50 por ciento de los haitianos sufre inseguridad alimentaria severa debido a la violencia, la inestabilidad política y el colapso económico.
Por otro lado, Curazao, con apenas 185 mil habitantes y un territorio comparable a la suma de las alcaldías de Tlalpan y Xochimilco, ofrece un alto nivel de vida, con seguridad, estabilidad y calidad ambiental. El país tiene indicadores de desarrollo humano calificado como muy bueno, comparable con Japón, Israel, Francia, Bélgica o Luxemburgo, y superior a países latinoamericanos.
En cuanto al futbol, no es prioridad. Haití volvió a un Mundial 52 años después. En su segunda participación, llega con sólo un jugador de la liga local –cuando se llega a jugar–, el portero Johnny Placide, verdugo preolímpico mexicano, y Ricardo Adé, campeón de la Copa Sudamericana con la Liga Deportiva Universitaria de Ecuador y quien vivió tres meses en la calle en Tailandia luego de ser engañado por un promotor. Ante Escocia, Haití borró la distancia que hay entre ambas naciones por 90 minutos y perdió por la mínima.
Curazao juega por primera vez una Copa del Mundo. Lo hace con 25 jugadores nacidos, comidos y entrenados en Europa en Países Bajos, sus antiguos colonizadores. Se llevaron siete goles de Alemania, pero, por 17 minutos, 185 mil personas tuvieron la sensación de estar a la par de un tetracampeón del mundo. La ficción –linda– del futbol.
X: @SergioBibriesca