La concentración de capacidades estatales en ciudades y eventos internacionales contrasta con la débil presencia en comunidades remotas.
El Estado archipiélago

Señal: el Estado mexicano protege su territorio de manera desigual.
Tendencia: las capacidades estatales se concentran en nodos estratégicos y se vuelven intermitentes en el resto del territorio.
Mientras las calles de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey recibían a miles de aficionados bajo un dispositivo extraordinario de seguridad, en Guajes de Ayala, Guerrero, decenas de mujeres, niños y adultos mayores se refugiaban en una clínica abandonada. Afuera se escuchaban disparos y explosiones lanzadas desde drones durante un enfrentamiento entre un grupo criminal y una organización de autodefensa. Las dos escenas ocurrieron en el mismo país y durante la misma semana.
México desplegó alrededor de cien mil elementos para proteger estadios, hoteles, aeropuertos y zonas de aficionados. La etapa mexicana del Mundial concluyó sin incidentes graves. En Guajes de Ayala, en cambio, los habitantes llevaban semanas advirtiendo sobre la aproximación de hombres armados y drones sin recibir la respuesta que esperaban. No sabemos si el despliegue mundialista provocó directamente la falta de protección en Guerrero. Pero la simultaneidad deja una pregunta incómoda: ¿por qué el Estado puede producir seguridad excepcional en ciertos lugares y no presencia cotidiana en otros?
La respuesta fácil sería decir que el Estado mexicano no tiene capacidad, pero el Mundial demostró lo contrario. Hubo coordinación entre fuerzas federales y locales, inteligencia, sistemas antidrones, vigilancia aérea, protocolos compartidos y capacidad de reacción. El Estado funcionó y lo hizo, además, bajo presión internacional y en ciudades complejas. El problema no parece ser sólo la ausencia de capacidad, sino su distribución.
Hace más de tres décadas, el politólogo Guillermo O´Donnell describió como "áreas marrones" aquellos territorios donde la legalidad estatal llegaba de forma débil, intermitente o diferenciada y convivía con poderes informales capaces de imponer sus propias reglas. En esos lugares podían seguir existiendo elecciones y autoridades formales, pero la ciudadanía se volvía incompleta: votar era posible; obtener protección, justicia o servicios públicos en condiciones de igualdad, no siempre.
La metáfora del archipiélago permite mirar el mismo fenómeno desde el otro lado. México no aparece como un territorio uniformemente abandonado ni uniformemente gobernado. Se parece más a un conjunto de islas de alta capacidad estatal: grandes ciudades, aeropuertos, puertos, corredores industriales, destinos turísticos, instalaciones energéticas y acontecimientos internacionales. Entre ellas quedan espacios donde la presencia pública se vuelve más delgada, tardía o reactiva. El Estado no desaparece; se vuelve selectivo.
El mar entre las islas tampoco está vacío. Ahí operan gobiernos municipales débiles, sistemas comunitarios, empresas privadas de seguridad y, en los casos más graves, organizaciones criminales que cobran, regulan, castigan y deciden quién puede circular. La soberanía continúa siendo nacional en los documentos, pero se experimenta localmente a saltos.
Con ella también se fragmenta la ciudadanía: quien vive cerca de un nodo prioritario suele tener mejores carreteras, comunicaciones, vigilancia y tiempos de respuesta. Quien vive lejos puede conservar los mismos derechos constitucionales, pero no necesariamente la misma capacidad de ejercerlos. La seguridad deja de depender sólo de pertenecer a un país y comienza a depender de qué tan cerca se habita de una de sus islas protegidas.
Todos los Estados concentran recursos durante acontecimientos extraordinarios. El problema no es que México haya protegido el Mundial; debía hacerlo. El problema sería que las capacidades desarrolladas para esa excepción desaparecieran después, en lugar de convertirse en coordinación permanente, inteligencia regional y fortalecimiento municipal.
El Mundial mostró ciudades capaces de recibir al mundo y producir normalidad bajo condiciones extraordinarias. Guajes de Ayala nos recuerda a las muchas comunidades que todavía deben pedir ayuda desde fuera del mapa protegido. Ambas imágenes pertenecen al mismo México.
El desafío no es construir más islas de funcionamiento, sino conectarlas. Un país no funciona plenamente porque algunos de sus territorios lo hagan, sino cuando ningún ciudadano tiene que preguntarse si vive dentro o fuera de la zona donde el Estado llega a tiempo.
Guillermo Ortega Rancé
@ortegarance
