El orden económico se impone

Los países ricos –en el balompié, con estructura y dinero– acaparan a los mejores jugadores del mundo

El orden económico se impone

Síguenos
Sergio Bibriesca

Como sucede en cualquier rubro en nuestros tiempos, todo lo determina el orden económico. Ello, como pasa en cualquier rubro, crea desigualdad económica, y en el futbol también hay ricos y pobres. Los países ricos –en el balompié, con estructura y dinero– acaparan a los mejores jugadores del mundo. Mientras tanto, las naciones con menos recursos funcionan como simples exportadores de talento, lo que debilita el nivel de sus ligas y selecciones locales.

Así, en el resto del planeta lo que se juega es un futbol de segunda división, porque los que están jugando son los que nadie quiere comprar; es decir, los que normalmente habrían jugado en segunda división si los que juegan en las mejores ligas del mundo jugaran en sus naciones.

Esa concentración de riqueza futbolística de países mayoritariamente de Sudamérica, alguno que otro de Centro y Norteamérica, África, la meca del nuevo talento, y Asia, marca la pauta a nivel de clubes y, de vez en cuando, cada cuatro años, ese orden se interrumpe. Deja de ser globalizado de superpotencias como el Manchester City, que en su plantilla tiene jugadores de 15 nacionalidades, y se vuelve al ordenamiento nacional.

Los jugadores estrellas regresan a sus selecciones y compiten por la patria junto a compañeros con menos reflectores. A veces nos regalan historias impredecibles donde los favoritos pueden caer, pero suele ser ficción, pues, al final del día, en las instancias finales, vemos siempre las mismas caras, las mismas banderas, los mismos países.

Esa desigualdad ha provocado que exista un grupo selecto, como el G7, pero del futbol. En este caso un G8, un club exclusivo de selecciones poderosas no ha admitido nuevos integrantes desde 2010, cuando España se unió tras ganar a Países Bajos. 

Este Mundial lo ganará un país que ya levantó el título. Vuelve a estar Francia, bicampeones del mundo (1998 y 2018), que busca su tercera final consecutiva, y que se ve, hasta ahora, como el equipo más poderoso del mundo, lejos. Enfrentará a España, monarca en 2010, con un equipo técnicamente notable, con talento joven, que encuentra su base en la Masía del Barcelona.

Por el otro lado, un duelo con una carga política tremenda: Inglaterra y Argentina. Los ingleses han perdido las últimas dos finales de eurocopas y han llegado a la semifinal de Rusia 2018. Tienen una deuda propia, una carga histórica, de no ganar nada a nivel internacional mayor desde 1966. Hoy están más cerca que nunca. Por otro lado, Argentina, vigente campeón, que ha sufrido para avanzar a semifinales, pero que, por primera vez, enfrentará a un equipo de jerarquía en la Copa del Mundo. La Albiceleste, con el mejor de la historia en sus filas, busca su cuarta estrella.

Acá se puede debatir el fenómeno argentino. Un país con varias décadas en crisis económica y hasta futbolística en el camino, pero siempre exportadora de jugadores con habilidades y personalidades que rompen el esquema social. La venta de carne de futbolistas en masa al primer mundo ha provocado que lleguen a nutrir selecciones de más de 20 jugadores con alto nivel competitivo.

En contraparte, Estados Unidos, superpotencia económica, con una infraestructura sin igual, sigue en desarrollo, aunque en el resto de las disciplinas roben al despoblado. Ya lo dijo The New York Times: "Estados Unidos no es una nación futbolera, ni representa una amenaza global en este deporte. Por favor, dejen de fingir que algún día lo seremos". Ni con una "generación dorada".

Por ello, como en esta Copa del Mundo, y como en el resto de la historia, las demás naciones afiliadas a la FIFA –como México– nos tendremos que conformar con participar sabiendo que no tenemos posibilidades reales de levantar el trofeo.

Ver más

Cargando edición impresa...