El precio de pertenecer

La integración regional en Norteamérica avanza, pero con condiciones asimétricas que afectan la soberanía y capacidad de México dentro del bloque.

El precio de pertenecer

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Guillermo Ortega Rancé

Señal: EEUU rechaza extender el T-MEC en su forma actual

Tendencia: la integración regional avanza, pero bajo condiciones cada vez más asimétricas

El T-MEC no se rompió, pero dejó de sentirse garantizado.

Esta semana, Estados Unidos decidió no extender el acuerdo comercial de Norteamérica en su forma actual. El tratado sigue vivo, pero dejó de operar como promesa automática de estabilidad. Entra ahora en una etapa distinta: revisiones anuales, negociación permanente y una cuenta regresiva que mantendrá abierta la pregunta sobre su futuro.

Durante décadas, los tratados comerciales fueron pensados como anclas. Su función era reducir incertidumbre, proteger inversiones y separar, hasta donde fuera posible, la economía de los vaivenes políticos. El TLCAN primero y el T-MEC después construyeron una de las regiones productivas más integradas del mundo. Autos, autopartes, alimentos, maquinaria, energía, logística y servicios cruzan diariamente fronteras que en la práctica funcionan menos como líneas de separación que como costuras de un mismo sistema.

Pero la época cambió. La integración ya no se entiende sólo como eficiencia, sino como vulnerabilidad, seguridad y poder.

Lo que ocurre con el T-MEC no es un episodio aislado; forma parte de una transformación más amplia del sistema global. Tal vez no estamos viendo el fin de la globalización, sino algo más incómodo: una reglobalización menos ingenua, que convive con bloques, confianza y sospecha. Norteamérica, Europa, China, Rusia e India -cada una con sus respectivos espacios de influencia- buscan construir escalas regionales más densas, con cadenas de suministro más cercanas, socios más confiables y menores dependencias estratégicas. No es que estemos saliendo de la globalización, sino entrando a una globalización por zonas de confianza.

El problema es que esas zonas de confianza no son espacios neutros. Pertenecer a un bloque ofrece beneficios evidentes: acceso a mercados, escala productiva, inversión, tecnología, protección relativa frente a choques externos y capacidad de negociar en un mundo más fragmentado. Pero también cobra un precio. Toda integración profunda exige reglas comunes, estándares compartidos, alineamientos regulatorios y límites crecientes a la autonomía doméstica.

Europa lo sabe desde hace décadas. Para construir mercado común, moneda compartida y capacidad negociadora frente al mundo, sus países cedieron parcelas de soberanía a instituciones supranacionales. La diferencia es que esa cesión se puede narrar como soberanía compartida.

Norteamérica opera de otro modo. Tiene una integración económica profunda, pero instituciones políticas débiles. No hay parlamento regional, ciudadanía norteamericana, presupuesto común ni una arquitectura que distribuya de forma equilibrada los costos de pertenecer. En una región así, la asimetría pesa más. La integración no se vive como soberanía compartida, sino como soberanía condicionada.

La integración no elimina la soberanía; la redistribuye... y en una relación asimétrica, no todos ceden lo mismo.

Para México, la pregunta no es si debe pertenecer a Norteamérica. Esa decisión, en buena medida, ya fue tomada por la historia económica del país. Nuestra industria, exportaciones, energía, remesas, logística y mercado laboral están profundamente conectados con Estados Unidos y Canadá. Salir del bloque no es una estrategia realista; pero pertenecer sin capacidad interna tampoco lo es.

Ahí está el dilema central. México puede integrarse como territorio de ensamblaje, tránsito y cumplimiento, o puede integrarse como actor con densidad propia: energía confiable, infraestructura moderna, seguridad logística, talento especializado, innovación, datos, financiamiento e instituciones técnicas capaces de negociar desde la fortaleza.

Soberanía en el siglo XXI no significa estar fuera del bloque, sino tener suficiente densidad interna para no ser absorbido por él.

El futuro probablemente no será una vuelta al nacionalismo cerrado ni una restauración ingenua de la globalización de los noventa. Será una etapa más incómoda: bloques regionales más fuertes, exigentes y jerárquicos. Pueden ser puentes hacia una integración global más madura o fortalezas defensivas en un mundo fragmentado.

El T-MEC muestra esa ambigüedad. Norteamérica es demasiado integrada para romperse, pero demasiado asimétrica para darse por garantizada. La región seguirá funcionando, pero ya no basta con estar dentro. Habrá que construir capacidades para pertenecer sin desaparecer, porque en esta nueva etapa, estar dentro no garantiza tener voz.

Guillermo Ortega Rancé

@ortegarance

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