IA: menos empleo, ¿poca dignidad?

Más de 200 especialistas, incluidos al menos 15 premios Nobel, firmaron una declaración en la que advierten que la inteligencia artificial puede volverse radicalmente más poderosa

IA: menos empleo, ¿poca dignidad?

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Miguel Ángel Romero

Uno de los argumentos que suelen usarse con mayor énfasis para suavizar que millones de personas dejarán de tener empleo con la adopción de la inteligencia artificial es que eso no significará que no tengan ingresos. Es decir, las personas podrán tener un ingreso y tener mayor tiempo para el entretenimiento u otro tipo de desarrollo. Pero la utopía no es más que eso, un sueño de cómo debería ser. Sin embargo, el ser humano es más complejo.

Apenas hace unas horas, más de 200 especialistas, incluidos al menos 15 premios Nobel, firmaron una declaración en la que advierten que la inteligencia artificial puede volverse radicalmente más poderosa durante la década y producir una transformación económica mayor que la Revolución Industrial, comprimida en mucho menos tiempo. Puede elevar el nivel de vida y desplazar empleos a gran escala.

La carta, organizada por el Laboratorio de Economía Digital de Stanford, exige investigar esos efectos y construir incentivos, salvaguardas e instituciones que orienten la tecnología hacia la complementariedad humana. Su argumento esencial es que las revoluciones anteriores concedieron décadas para adaptar escuelas, empresas y leyes laborales. La inteligencia artificial puede conceder unos años.

Las cifras justifican la urgencia. El Fondo Monetario Internacional calcula que casi 40 por ciento del empleo mundial está expuesto a la inteligencia artificial. La Organización Internacional del Trabajo estima que uno de cada cuatro empleos presenta algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos observa que los beneficios se concentran entre trabajadores preparados, con altos ingresos y acceso digital. La tecnología puede complementar a unos mientras debilita la posición negociadora de otros.

Por su parte, el político y activista estadounidense Bernie Sanders ha propuesto que, si la inteligencia artificial sustituirá trabajo humano y concentrará ganancias, la sociedad debe poseer una parte del capital que las genera. Su propuesta de Ley del Fondo Soberano Estadounidense de Inteligencia Artificial establece una participación del 50 por ciento del capital accionario de las mayores compañías del sector. Las acciones, valoradas en siete billones de dólares, serían administradas por una comisión pública independiente.

El fondo convertiría a los ciudadanos en copropietarios, con derechos de voto corporativo. Un dividendo anual de 5 por ciento financiaría pagos superiores a mil dólares por persona y servicios como salud, vivienda y educación. Sanders propone algo ambicioso que es socializar una parte de la propiedad desde la cual se decide cómo se automatiza y quién recibe sus beneficios.

La postura se puede asociar con lo que ha venido planteando de diferente forma OpenAI. Durante años defendió el ingreso básico universal y aportó 14 millones de dólares a un experimento que entregó mil dólares mensuales durante tres años a participantes de Illinois y Texas. El dinero aumentó la capacidad de elegir empleos significativos, buscar trabajo y afrontar necesidades.

Altman se muestra ahora menos convencido de que una transferencia fija responda a la siguiente etapa. Ha sugerido ampliar el acceso público a capacidad de cómputo, modificar los impuestos cuando la inteligencia artificial realice una parte creciente del trabajo intelectual y crear nuevas ayudas de transición. Su evolución reconoce el límite del ingreso universal: distribuye poder de compra, pero deja abierta la propiedad de las máquinas y el propósito de las personas.

Incluso si las plataformas impusieran una especie de tecnofeudalismo -una economía donde pocos propietarios controlan la infraestructura digital y el resto paga renta para trabajar, crear y participar- un dividendo podría evitar la indigencia. También podría consolidar una ciudadanía convertida en consumidora subsidiada de sistemas que pertenecen a otros.

Sin embargo, y aunque en el papel parezca algo razonable, los individuos y las sociedades que conformamos son más complejas. El trabajo proporciona ingreso, pero también estructura el tiempo, genera vínculos, concede reconocimiento y permite comprobar que alguien necesita lo que hacemos. Las personas no necesariamente buscan volverse millonarias. En general, aspiran a sostener a su familia, dominar una habilidad, resolver un problema y sentirse útiles.

Un fondo público puede repartir riqueza y también la opción de establecer un ingreso universal. Ambos podrían ser necesarios, pero no suplen el valor de un empleo. Su insuficiencia comenzará cuando confundamos seguridad económica con dignidad. La cuestión decisiva será cómo construir una sociedad donde las personas conserven oportunidades de contribuir y reciban remuneración y reconocimiento por hacerlo. El gran desafío de la inteligencia artificial será proteger la dignidad del individuo en donde el empleo es parte esencial.

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