La factura de no adaptarse

México debe tomar la experiencia europea como advertencia para mejorar su adaptación ante eventos climáticos extremos.

La factura de no adaptarse

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Guillermo Ortega Rancé

Señal: Europa enfrenta ola de calor con efectos sobre salud, energía e infraestructura

Tendencia: el clima empieza a revelar qué sistemas estaban preparados y cuáles no

Durante años, el cambio climático fue tratado como una advertencia sobre el futuro. Lo hemos visto representado de forma abstracta: una curva ascendente de temperatura, una meta de emisiones, una conferencia internacional, un objetivo para 2030 o 2050. El problema parecía enorme, pero distante; grave, pero todavía administrable como una preocupación de largo plazo.

Esta semana, Europa volvió a recordar que esa distancia se está cerrando. La ola de calor que atraviesa el continente no sólo rompió récords de temperatura; también dejó muertes en exceso, afectaciones al transporte, presión sobre sistemas de salud, daños a infraestructura, tensión sobre redes eléctricas y preocupación por cosechas. El calor ya no es sólo una condición meteorológica, sino una interrupción de la normalidad.

Cuando una ciudad se calienta en exceso, fallan las viviendas mal ventiladas, las calles sin sombra, la capacidad hospitalaria, las escuelas mal equipadas, los trabajos al aire libre, los trenes diseñados para otro rango de temperatura y las redes eléctricas obligadas a sostener una demanda creciente. El calor no crea todas esas fragilidades, pero las acelera, las conecta y las vuelve más visibles.

Por eso el cambio climático resulta tan difícil de gobernar. No aparece como una sola amenaza, sino como un multiplicador de vulnerabilidades previas. Una sequía no es sólo falta de lluvia: es presión sobre alimentos, energía, agua, precios y movilidad humana. Una inundación no es sólo exceso de agua: es drenaje insuficiente, planeación urbana y viviendas en zonas de riesgo. Una ola de calor no es sólo temperatura: es salud pública e infraestructura.

México debería leer lo que ocurre en Europa no como una noticia lejana, sino como una advertencia anticipada. Lo estamos viendo con el agua: un año nos preocupa el día cero de agotamiento y al siguiente se desbordan las ciudades. Debemos dejar de responder a los extremos como si fueran episodios aislados.

Hoy, cuando falta agua, se buscan pipas; cuando llueve demasiado, se despliegan brigadas;cuando hay calor extremo, se emiten recomendaciones. Todo eso es necesario, pero insuficiente. Gestionar la emergencia no es lo mismo que gobernar el riesgo. La adaptación empieza antes: en el diseño de ciudades, en los materiales de construcción, en la planeación energética, en la infraestructura verde, en el ordenamiento territorial y en los horarios laborales.

Ahí aparece uno de los mayores desafíos: coordinar instituciones diseñadas para trabajar por separado. El clima no respeta sectores administrativos. No separa salud de energía, ni vivienda de transporte, ni campo de agua, ni municipio de federación. Sus efectos cruzan instituciones que todavía responden con lógicas separadas. Si la respuesta pública se organiza en compartimentos, siempre llegará tarde a problemas que operan como sistema.

Adaptarse tampoco significa llenar discursos de lenguaje ambiental. Significa hacer que un país pueda seguir funcionando bajo condiciones distintas. Que las ciudades y municipios tengan herramientas, recursos y autoridad para anticipar riesgos antes de que se conviertan en desastre.

Durante mucho tiempo, la adaptación pareció costosa porque sus beneficios eran invisibles: si funciona, la tragedia no ocurre. Pero esa es precisamente su dificultad política. Es más fácil inaugurar una obra que explicar cuántas muertes, pérdidas o interrupciones evitó una decisión preventiva.

El costo de adaptarse siempre parece alto hasta que llega la factura de no haberlo hecho.

La ola de calor europea deja una lección incómoda: incluso las sociedades con más recursos están descubriendo que parte de su infraestructura, sus rutinas y sus instituciones fueron diseñadas para otro clima. México no puede esperar a confirmarlo en la próxima sequía, inundación u ola de calor.

El clima ya no es contexto, es una prueba cotidiana de funcionamiento. Cada extremo nos hará la misma pregunta: qué parte del país estaba preparada para los cambios en el clima que ya llegaron.

Guillermo Ortega Rancé

@ortegarance

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