La Iglesia cuestiona a la IA

El posicionamiento histórico lo hizo la institución a través del papa León

La Iglesia cuestiona a la IA

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Hay una pregunta que Silicon Valley lleva años esquivando y que Roma acaba de formular con una claridad que incomoda: ¿a quién sirve realmente la inteligencia artificial?

La respuesta llegó el lunes, firmada por el papa León XIV, en una encíclica llamada Magnifica Humanitas. Su diagnóstico es perturbador: la IA asume el rostro de quien la concibe, la diseña, la financia, la regula y la utiliza.

Si esas personas son pocas y sus intereses son estrechos, el resto de la humanidad paga la cuenta. La teología es el envoltorio. La descripción del poder es el contenido.

El documento llega en un momento peculiar

Representantes de Meta, Google y Amazon estuvieron en Roma semanas antes de su publicación, reunidos con funcionarios vaticanos en la embajada francesa, intentando convencer a la Iglesia de que la IA puede desarrollarse de forma responsable. 

Silicon Valley lleva años haciendo esa promesa ante gobiernos y parlamentos. Ahora la repite e intenta hacer lobby ante una de las instituciones más antiguas del mundo: la Iglesia. El hecho de que busquen incidir en el Papa como máximo representante dice mucho sobre el peso y la relevancia del debate. 

León XIV escuchó a esos interlocutores. Sin embargo, en su encíclica, que es una carta escrita por el Papa que busca guiar a todos sus representantes en el mundo sobre problemas morales o sociales, no les devolvió el argumento que buscaban. 

Insistió en que no sirve una IA más moral o suprema si esa moral la deciden unos pocos. Es una frase que merece atención, porque desmonta la premisa central de la industria: que la autorregulación ética es suficiente cuando quienes fijan esa ética son exactamente quienes tienen interés en no ser regulados. Con elegancia el Papa develó parte de la dinámica tramposa que han buscado las Big Techs implantar para avanzar. 

Otro pilar fundamental de la Magnifica Humanitas es que se niega a celebrar la tecnología sin condiciones. El Papa reconoce que la IA puede liberar al ser humano de tareas pesadas o repetitivas, que abre posibilidades reales para quienes cargan con trabajos extenuantes, pero a esa concesión le sigue una pregunta que los entusiastas del progreso rara vez responden con honestidad: ¿liberar a quién, para qué y a costa de quién?

La encíclica enumera las respuestas que más incomodan. Trabajadores menospreciados y sometidos a vigilancia automatizada. Comunidades enteras excluidas de la revolución digital. Datos personales convertidos en materia prima de un nuevo colonialismo. Conflictos bélicos donde los algoritmos reducen las víctimas a cifras y bajan el umbral moral del conflicto. 

El Papa llama a todo esto por su nombre: nuevas formas de esclavitud. Y pide, con una franqueza poco habitual en los documentos institucionales, perdón por la lentitud con que la Iglesia condenó las antiguas... asumiendo que este nuevo posicionamiento no lo permitirá más.

El documento también subraya la defensa del límite como valor. León XIV rechaza la lógica transhumanista que interpreta cada frontera humana como un defecto a corregir. El ser humano florece a menudo a través del límite, escribe, y reconoce en la fragilidad y en la finitud el lugar donde maduran la relación y el cuidado. 

Es una proposición que va contra la corriente de toda la cultura tecnológica contemporánea, que entiende el progreso precisamente como la superación de restricciones. Y es también una advertencia dirigida tanto a los ingenieros de San Francisco como a los feligreses de Roma: optimizar sin límites no es libertad, es otra forma de servidumbre.

La pregunta que la encíclica deja abierta es si alguien con poder real para actuar la escuchará. JD Vance, vicepresidente estadounidense y converso al catolicismo, ya advirtió que no tomará el documento como verdad absoluta. Los ejecutivos tecnológicos que viajaron a Roma volvieron a sus oficinas. Los algoritmos siguen funcionando. 

La Iglesia está nombrando lo que está ocurriendo con suficiente precisión como para que, más tarde, nadie pueda decir que no sabía. El papa León XIV lo hizo hoy. El resto depende de quién decida escuchar.

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