Mundial 2026: del sueño a la realidad

El impacto económico del mundial en México se reduce a una fracción de lo estimado inicialmente, afectado por factores estructurales y globales.

Mundial 2026: del sueño a la realidad

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La Copa del Mundo 2026 reúne a tres figuras históricas que comparten una misma realidad: es su último baile. Cristiano Ronaldo, Lionel Messi y Neymar. Hay algo más que los distingue: son jugadores que han cargado durante años el peso futbolístico y mediático de sus selecciones, con la esperanza de todo un país puesta sobre sus hombros. Si ellos están bien, la selección está bien. Si ellos están mal, la selección también lo sufre.

Messi y Cristiano, si bien ya no están en el mejor momento de sus carreras por una cuestión natural, mantienen intacto su talento y siguen siendo el eje de sus equipos. Pero vale la pena detenerse en el caso de Neymar: un jugador fuera de serie en el que Brasil depositó sus esperanzas durante la última década. Hace cuatro años, tras la eliminación mundialista, ya se miraba hacia 2026, con un Neymar de 34 años liderando a una generación sólida que alimentaba la ilusión del sexto campeonato.

Sin embargo, la realidad es distinta. Neymar ya no es el de antes. Su nivel ha caído de forma notable. Las lesiones, la pérdida de ritmo y el paso del tiempo han reducido tanto su impacto como las expectativas sobre la selección brasileña. Sigue siendo un referente, pero la ilusión se ha ido ajustando a la baja.

Algo muy similar está ocurriendo con el Mundial de 2026 y su impacto económico en México.

Durante años, se vendió la idea de que el Mundial sería un motor de crecimiento, un impulso extraordinario para la economía nacional. Se hablaba de efectos cercanos a 1 punto porcentual del PIB. En una economía que ha mostrado un crecimiento limitado en los últimos años, eso sonaba a encontrar agua en el desierto.

Hace poco más de dos años, las estimaciones apuntaban a un impacto de entre 0.7 y 1 punto porcentual del PIB. Hace un año, el optimismo ya se había moderado a 0.5 puntos. Seguía siendo una cifra relevante.

Pero hoy, la realidad es otra. Un estudio reciente de Moody´s estima que el impacto económico del Mundial en México será de apenas 0.14 puntos porcentuales del PIB en 2026: siete veces menos de lo que se proyectaba hace apenas un par de años. En términos prácticos, un efecto marginal y muy lejos de las expectativas iniciales.

La economía mexicana atraviesa una etapa compleja: la inversión permanece estancada, la confianza de los inversionistas es frágil, el consumo pierde dinamismo y las finanzas públicas enfrentan presiones crecientes por el déficit y la deuda. En este contexto, el Mundial fue presentado como una especie de salvavidas, un evento capaz de reactivar el crecimiento.

Hoy queda claro que no será ese jugador determinante. El Mundial en México se ha ido apagando, tal como Neymar lo fue haciendo para Brasil. Parte de la explicación está en los límites estructurales del país. La inseguridad continúa siendo un factor que inhibe el turismo en diversas regiones, reduciendo el potencial de derrama económica. A ello se suma una limitada capacidad para detonar inversión productiva alrededor del evento, así como un entorno global menos favorable, con menor crecimiento y condiciones financieras más restrictivas.

El problema no es el Mundial. El problema fue haber creído que, por sí solo, podía resolver debilidades estructurales. El Mundial llegó; habrá reflectores, turismo y actividad. Pero lejos de ser ese jugador que cambie el marcador, todo indica que será apenas un elemento más en la cancha: útil, pero insuficiente para modificar el rumbo del partido.

Jesús Vaca Medina

Doctor en Estudios Fiscales

@jesusvacamedina

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