El riesgo no es sólo crecer menos, sino entrar en una dinámica donde las malas expectativas se convierten en una profecía autocumplida
El Mundial que ya se juega: reducción de las expectativas de crecimiento para la economía mexicana

Por: Jesús Vaca Medina
En el futbol, las probabilidades de ganar un Mundial no son estáticas. Cambian constantemente, incluso a semanas del arranque del torneo. Una lesión, un mal momento o el camino en la fase de eliminación pueden alterar por completo las expectativas. Hoy lo vemos en selecciones como Argentina, España o Inglaterra, que han reducido sus probabilidades de levantar la Copa del Mundo.
Algo muy similar ocurre con la economía.
Recientemente, el Banco de México ajustó a la baja la expectativa de crecimiento para 2026, pasando de 1.6 a 1.1%. A simple vista puede parecer un cambio menor, pero en realidad es una señal clara de que la economía mexicana atraviesa un momento complicado.
En términos técnicos, las expectativas de crecimiento funcionan como un pronóstico del desempeño futuro de la economía. Son clave porque influyen directamente en decisiones de inversión, consumo y política pública. Cuando estas expectativas se reducen, no sólo se anticipa menor dinamismo, también cambia el comportamiento de empresas, inversionistas y consumidores.
¿Por qué bajaron? Hay factores tanto externos como internos.
Por el lado externo, la incertidumbre en torno a la próxima renegociación del tratado comercial con Estados Unidos genera cautela, más aún después de consolidarse como el principal socio comercial de nuestro vecino del norte. No saber bajo qué reglas se jugará en los próximos años afecta directamente las decisiones de inversión. A esto se suman las presiones inflacionarias derivadas de tensiones geopolíticas en Medio Oriente, que elevan costos y generan volatilidad en los mercados, y que no parece que vaya a terminar pronto.
Por el lado interno, el problema es aún más delicado: el estancamiento de la inversión privada. Cuando el sector empresarial percibe un entorno de negocios incierto o poco favorable, opta por frenar proyectos, pospone decisiones o busca otros mercados. Esto limita la capacidad de crecimiento endógeno del país.
Algo parecido ocurre en el futbol. Selecciones que hace unas semanas eran favoritas han visto caer sus probabilidades de ganar el Mundial. Argentina, por ejemplo, enfrenta incertidumbre por la condición física de Lionel Messi tras salir de su último partido con molestias y el tiempo de recuperación por su edad.
España genera dudas por la lesión de Lamine Yamal, que a pesar de no impedirle jugar el certamen internacional, sí podría dificultarle llegar en su mejor nivel. Así como Inglaterra, que arrastra un sentimiento de desconfianza por su desempeño reciente, aunado al camino más complicado que tiene que sortear en la fase de grupos.
Caso contrario a lo que pasa con Francia, que se ha mostrado estable y sólida, ganando gran parte del terreno perdido por estas tres selecciones.
Ni siquiera ha sonado el silbatazo inicial, pero el Mundial de las expectativas (y de las apuestas) ya se está jugando. Y eso es exactamente lo que ocurre con la economía mexicana.
La reducción en la expectativa de crecimiento es, en esencia, una caída en la probabilidad de "ganar el Mundial". Y esto tiene consecuencias importantes. Así como en el futbol un equipo que pierde atractivo genera menos interés, dudas entre patrocinadores y menor valor en derechos de transmisión, en la economía ocurre algo similar.
Menos expectativas implica menos inversión, menor flujo de capitales y un entorno más débil para generar empleo y crecimiento. Peor aún, pueden detonar un círculo vicioso: el pesimismo reduce la inversión, y la falta de inversión reduce aún más el crecimiento esperado.
El riesgo no es sólo crecer menos, sino entrar en una dinámica donde las malas expectativas se convierten en una profecía autocumplida.
En un entorno global cada vez más competitivo, las expectativas pesan tanto como el desempeño real.