El Mundial que no debería funcionar

El Mundial en Norteamérica refleja la compleja interdependencia entre México, Estados Unidos y Canadá, con redes que funcionan pese a desacuerdos.

El Mundial que no debería funcionar

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Guillermo Ortega Rancé

Señal: Norteamérica organiza un Mundial compartido

Tendencia: la interdependencia sobrevive al desacuerdo entre anfitriones

Cuando Italia organizó el Mundial de 1934, el torneo sirvió para proyectar la imagen de fuerza y modernidad que Mussolini quería mostrar al mundo. Cuando Argentina recibió el Mundial de 1978, los estadios llenos convivían con las denuncias sobre desapariciones y represión. Francia 1998 quedó asociada a una selección multicultural que parecía encarnar el optimismo de la globalización posterior a la Guerra Fría. Catar 2022 mostró algo distinto: un pequeño Estado del Golfo utilizando el deporte para proyectar influencia global y demostrar que el centro de gravedad del sistema internacional ya no se encontraba exclusivamente en Occidente.

Los mundiales siempre han sido mucho más que futbol. Han funcionado como una fotografía de la época que los organiza. Por eso resulta interesante preguntarse qué historia cuenta el Mundial de 2026 y la respuesta no es tan evidente como en ediciones anteriores.

México, Estados Unidos y Canadá obtuvieron la sede conjunta en un momento en que la integración norteamericana parecía una tendencia irreversible. Sin embargo, el torneo terminó llegando en medio de disputas comerciales, tensiones migratorias, desacuerdos sobre seguridad y cuestionamientos recurrentes al futuro de la cooperación regional.

Y, aun así, el Mundial funciona.

Miles de aficionados cruzan diariamente las fronteras entre los tres países. Vuelos coordinados, controles migratorios especiales, sistemas compartidos de seguridad, patrocinios regionales, transmisiones internacionales y cadenas logísticas que recorren Norteamérica permiten que el torneo avance según lo previsto. Mientras los gobiernos intercambian críticas sobre comercio, migración o seguridad, la maquinaria que hace posible el Mundial sigue funcionando.

Durante años escuchamos hablar de desacople, fragmentación y ruptura. Sin embargo, cuando observamos cómo operan realmente las cadenas de suministro, los mercados energéticos, las plataformas tecnológicas o incluso un Mundial de futbol, aparece una realidad más compleja. Las tensiones son reales, pero también lo son las redes que mantienen conectados a los tres países.

El Mundial de 2026 parece recordarnos que la interdependencia no elimina el conflicto; simplemente hace más costoso romper la cooperación. La pregunta entonces es quién coordina una operación de esta magnitud cuando los propios Estados mantienen desacuerdos entre sí.

Organizar un Mundial nunca ha sido solamente una apuesta deportiva. Los gobiernos esperan atraer turismo, inversión y visibilidad internacional. Pero también buscan algo más difícil de medir: prestigio, influencia y la oportunidad de situarse durante unas semanas en el centro de la conversación global. Ahí radica el poder de la FIFA. La organización espera cerrar el ciclo 2023-2026 con ingresos cercanos a 13 mil millones de dólares, impulsados principalmente por derechos de transmisión, patrocinios y hospitalidad.

Gran parte de ese poder económico se traduce en capacidad de negociación. Para albergar un Mundial, los gobiernos aceptan compromisos relacionados con impuestos, infraestructura, seguridad, derechos comerciales y marcos regulatorios específicos. Diversos analistas han descrito este fenómeno como una especie de "soberano flotante": una organización privada que opera entre países y es capaz de influir sobre ellos sin pertenecer plenamente a ninguno.

Durante décadas observamos los Mundiales para entender a los países que los organizaban: búsqueda de legitimidad política, globalización o multipolaridad.

Norteamérica 2026 parece estar contando algo diferente: la historia de un mundo donde los Estados siguen siendo fundamentales, pero ya no son los únicos actores capaces de coordinar proyectos de escala global. Mientras los gobiernos discuten, las redes que los conectan siguen funcionando y algunas organizaciones, como la FIFA, han aprendido a operar precisamente en ese espacio intermedio.

Tal vez por eso el Mundial resulta tan revelador. No porque nos muestre un planeta libre de tensiones, sino porque recuerda algo que a veces olvidamos: los países pueden discutir, competir e incluso desconfiar unos de otros, mientras siguen dependiendo de las mismas redes que los mantienen conectados. Quizás esa sea la verdadera historia del Mundial de 2026.

Guillermo Ortega Rancé

@ortegarance

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