Un brote inusual de hantavirus asociado a un crucero internacional detonó una circulación acelerada de especulación pandémica en redes sociales y plataformas digitales
Señales y Tendencias

La fragmentación del riesgo
Señal: respuestas crecientemente desincronizadas frente a crisis sanitarias globales
Tendencia: el mundo post-coherente empieza a fragmentar la capacidad de construir interpretaciones compartidas del riesgo
Hace unas semanas escribía aquí sobre la idea de un "mundo post-coherente": un entorno donde los eventos importantes ya no producen respuestas lineales, previsibles o compartidas. Las causas siguen existiendo, pero sus efectos dejan de organizarse de manera clara. El sistema continúa funcionando, aunque cada vez resulta más difícil explicar por qué reacciona como reacciona.
Las crisis sanitarias empiezan a mostrar esa transformación con especial claridad.
Durante décadas, las grandes amenazas epidemiológicas tendían a producir marcos de interpretación relativamente alineados entre organismos multilaterales, gobiernos, medios y mercados. Cuando aparecieron la gripe aviar en Asia o la influenza H1N1 en México, existían diferencias y errores, pero la Organización Mundial de la Salud todavía funcionaba como un punto central de referencia para interpretar colectivamente el riesgo.
El covid alteró profundamente ese equilibrio.
La pandemia no sólo dejó millones de muertos y una disrupción económica global inédita en tiempos recientes. También erosionó confianza institucional, politizó la interpretación del riesgo y expuso el poder de ecosistemas digitales capaces de amplificar simultáneamente información, miedo, desinformación y teorías contradictorias.
Fue probablemente el último gran evento verdaderamente sincronizado del planeta y, al mismo tiempo, el que terminó de fracturar esa sincronía.
Hoy esa fragmentación empieza a hacerse visible.
En las últimas semanas, un brote inusual de hantavirus asociado a un crucero internacional detonó una circulación acelerada de especulación pandémica en redes sociales y plataformas digitales, pese a que la OMS y los CDC insistieron repetidamente en que el riesgo para la población general seguía siendo bajo.
Al mismo tiempo, un brote de ébola en África Central con cientos de casos sospechosos y preocupación real de organismos sanitarios internacionales recibió una atención mucho más limitada fuera de medios especializados y círculos técnicos.
¿Por qué en un caso se amplifica la percepción de riesgo y en otro se atenúa?
El hantavirus apareció dentro de espacios percibidos como centrales para el sistema global: un crucero internacional, pasajeros occidentales, múltiples aeropuertos y circulación inmediata dentro del ecosistema digital global. El ébola, en cambio, permanece contenido dentro de una geografía históricamente asociada con brotes regionales y más distante del perímetro psicológico del mundo desarrollado.
Eso ayuda a entender algo más profundo: el mundo sigue compartiendo amenazas globales, pero ya no necesariamente comparte una misma interpretación del peligro.
La OMS emite una evaluación; los CDC emiten otra, compatible pero no idéntica; los gobiernos nacionales la traducen según su política doméstica; las plataformas digitales la convierten en miedo, meme o indignación, y los mercados la transforman, si les conviene, en oportunidad especulativa.
El resultado no es ausencia de información. Es fragmentación.
Ahí aparece quizás una de las expresiones más profundas del mundo post-coherente. La globalización sincronizó mercados, cadenas de suministro e información, pero no logró sincronizar la interpretación de la realidad.
El historiador Yuval Noah Harari ha argumentado que la capacidad humana para construir narrativas compartidas fue una de las condiciones que permitió coordinar sociedades complejas y escalar civilizaciones. Quizás la tensión de esta nueva etapa es que nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil sostener interpretaciones suficientemente compartidas frente a riesgos que operan a escala planetaria.
Tal vez esa sea una de las señales más importantes de esta década.
No que hayan desaparecido las amenazas globales, sino que el mundo empieza a perder la capacidad de construir interpretaciones suficientemente compartidas para responder colectivamente a ellas.
Guillermo Ortega Rancé
@ortegarance




