Mundial 2026: la fiesta blindada

Mientras el estadio vibraba con la fiesta del Mundial, afuera se desplegó un operativo para impedir que protestas sociales fueran visibles durante la inauguración en México.

Mundial 2026: la fiesta blindada

Síguenos
Guillermo Ortega

México volvió a hacer historia. Por tercera ocasión fue sede de una inauguración mundialista, un hecho sin precedentes en la historia del futbol. Ningún otro país puede presumir haber abierto tres Copas del Mundo. La ceremonia cumplió, el estadio vibró, las tribunas se pintaron de verde, blanco y rojo, y millones de espectadores en todo el planeta volvieron a mirar hacia nuestro país.

Pero esta vez la imagen fue distinta, porque mientras dentro del estadio reinaban la fiesta, la pasión y la esperanza que siempre acompañan al futbol, afuera se desplegaba una realidad mucho menos festiva: un gigantesco operativo de seguridad diseñado no sólo para proteger a los asistentes, sino para mantener a distancia a quienes querían recordar que México sigue cargando heridas abiertas.

La postal mundialista dejó una imagen inédita: la de una ciudad convertida en fortaleza.

El otro partido

Las autoridades desplegaron más de 56 mil elementos de seguridad para resguardar el estadio, el Zócalo, el aeropuerto y diversas instalaciones estratégicas. El blindaje se extendió en varias capas alrededor de los principales puntos de concentración.

La explicación oficial fue sencilla: garantizar la seguridad de un evento de dimensión global. Sin embargo, para numerosas organizaciones sociales la lectura fue distinta.

Maestros disidentes, madres buscadoras de desaparecidos, colectivos de derechos humanos y familiares de los 43 normalistas de Ayotzinapa denunciaron que el dispositivo no sólo buscó proteger la fiesta mundialista, sino impedir que sus protestas fueran visibles ante las cámaras del mundo.

Sus reclamos siguen siendo los mismos de hace años: respuestas, justicia, verdad y atención gubernamental. Lo que cambió fue el escenario. Mientras la FIFA vendía una imagen de celebración universal, miles de mexicanos intentaban recordar que detrás de la fiesta existen problemas que permanecen sin resolver. Y que un Mundial no los desaparece.

La ausencia presidencial

También llamó la atención otra imagen poco común. La presidenta Claudia Sheinbaum decidió no asistir a la ceremonia inaugural. Tampoco acudió al FIFA Fan Fest instalado en el Zócalo capitalino.

En lugar de ello optó por seguir el partido desde el Deportivo Los Galeana, rodeada de simpatizantes de Morena y bajo un esquema de seguridad cuidadosamente diseñado para garantizar un ambiente controlado.

La decisión rompe con una larga tradición política. Los grandes eventos internacionales suelen convertirse en escaparates para los jefes de Estado. Son oportunidades para proyectar liderazgo, confianza y cercanía con la ciudadanía. La ausencia presidencial inevitablemente generó preguntas. ¿Por qué no acudir al escenario donde estaban puestos los reflectores del mundo? ¿Por qué mantenerse alejada tanto del estadio como del principal punto de reunión de aficionados en la capital?

Las respuestas oficiales podrán variar, pero el mensaje político es difícil de ignorar. Cuando un gobierno percibe riesgos en los espacios abiertos, suele preferir escenarios controlados. Y pocas cosas reflejan mejor el estado de ánimo de una administración que los lugares donde decide aparecer y aquellos donde prefiere no estar.

Una ciudad observada por el mundo

Durante varias horas, la Ciudad de México apareció ante millones de espectadores como la sede de una gran celebración deportiva, pero también como una ciudad extraordinariamente vigilada.Las imágenes aéreas mostraban un dispositivo de seguridad pocas veces visto para un evento futbolístico.

La preocupación gubernamental era evidente: evitar cualquier incidente que alterara la narrativa oficial de éxito. Y lo lograron. No hubo confrontaciones mayores. No hubo imágenes de protestas masivas irrumpiendo en la inauguración. No hubo escenas que eclipsaran el espectáculo.

Pero eso no significa que el conflicto haya desaparecido. Simplemente quedó fuera del encuadre. Y la historia demuestra que los problemas que se sacan de la fotografía suelen regresar más adelante convertidos en crisis.

Al terminar el Mundial

La Copa del Mundo terminará en unas semanas. Las luces se apagarán. Los turistas regresarán a casa. Las transmisiones especiales concluirán. Y entonces México volverá a encontrarse con sus pendientes.

Las madres buscadoras seguirán buscando. Los familiares de Ayotzinapa seguirán esperando respuestas. Los conflictos magisteriales continuarán exigiendo atención. Las demandas sociales permanecerán donde estaban antes de que rodara el balón.

Pero además existe un frente externo que comienza a generar inquietud. Al norte de la frontera, Donald Trump ha elevado nuevamente el tono contra México. Sus declaraciones sobre los cárteles, a los que califica como organizaciones narcoterroristas, y sus advertencias sobre posibles acciones más agresivas contra quienes los protegen, colocan un nuevo factor de presión sobre la relación bilateral.

A ello se suma la revisión del T-MEC. El presidente estadounidense insiste en una narrativa que sostiene que Estados Unidos no necesita a México ni a Canadá, mientras que ambos países dependen completamente de Washington. La afirmación es discutible y económicamente inexacta. El acuerdo comercial ha generado beneficios para las tres economías y ha construido una de las regiones más competitivas del planeta.

Sin embargo, en política las percepciones suelen importar tanto como los datos. Y Trump ha demostrado repetidamente que la incertidumbre puede convertirse en una herramienta de negociación.

El país después de la fiesta

México logró una inauguración histórica. México ganó en la cancha, por lo menos en el primer partido. México volvió a colocarse en el centro de la conversación mundial. Pero el verdadero desafío nunca estuvo en el estadio. Está fuera de él. En las demandas que siguen sin respuesta. En la inseguridad que persiste. En los desaparecidos que aún no aparecen. En la relación con un vecino impredecible que amenaza con redefinir las reglas económicas y de seguridad de América del Norte.

La historia recordará que México fue el primer país en inaugurar tres Copas del Mundo, pero cuando termine el torneo, la pregunta importante no será cuántos goles se anotaron ni cuántos aficionados llenaron las tribunas. La pregunta será si el gobierno aprovechó el reflector global para enfrentar los problemas nacionales o simplemente para ocultarlos detrás de un cinturón de seguridad.

Los mundiales pasan. Los gobiernos también. Los problemas de un país, cuando no se resuelven, siempre terminan regresando al centro de la cancha.

@GOrtegaRuiz

Ver más

Cargando edición impresa...