El texto examina las diferencias culturales y educativas entre Japón y México, destacando el impacto en la convivencia social y el respeto por el espacio público.
¿Por qué?... Aunque duela

Mientras que la afición japonesa pide 10 mil bolsas para recoger basura en un estadio que no es de su país, los patrioteros nacionales destrozan su mobiliario urbano como bestias enloquecidas.
Qué curioso y contradictorio es festejar el triunfo efímero de México demostrando la pasión nacional vandalizando al propio país que dices amar.
Veamos algunas diferencias entre una sociedad ordenada como la japonesa y una horda de mexicanos destructores.
La educación japonesa es producto de una combinación de historia, cultura, educación e instituciones sociales que los ha llevado a crear una sociedad civil con un alto sentido del honor, valor y justicia.
México es producto de cuatro transformaciones caracterizadas por la destrucción y la polarización sin llegar a resolver absolutamente nada; que nos han llevado a una sociedad civil con un alto sentido de la trampa bajo un contexto de violencia normalizada.
Mientras Japón privilegia al grupo sobre la persona, el mexicano enaltece a la persona sobre el grupo, explicación sobrada para entender la búsqueda de la riqueza y el poder en sí mismos, nunca hacia el bien común. Basta observar a la clase política mexicana que migra de partido, ideología y grupos bajo una constante de enriquecimiento sin recato ni timidez alguna.
Los japoneses son formados desde la infancia bajo la premisa de que en las escuelas no sólo se enseñan las materias convencionales, sino que los alumnos aprenden a vivir en comunidad, limpian sus propios salones, sirven la comida y participan en el mantenimiento de la escuela, lo cual fomenta responsabilidad, respeto por los espacios comunes y trabajo en equipo.
En México, gran parte de los alumnos vienen de núcleos familiares disfuncionales y desorganizados que en la escuela terminan por abonar aprendizajes y hábitos basados en el engaño, más aún ante maestros que ocupan su tiempo en marchas, mítines y plantones en busca de privilegios personales por encima de la comunidad estudiantil.
En Japón existe una fuerte expectativa social de cumplir las reglas. Hacer fila y respetar horarios son conductas ampliamente aceptadas; mientras que en México la constante es la violación sistemática a las reglas de conducta y convivencia:calificar de hábil y astuto al tramposo; de torpe, anticuado y ridículo al honesto, es lo cotidiano. Sumado a lo anterior, la juventud mexicana busca modelos aspiracionales en los ídolos criminales y corruptos.
En Japón existe una práctica cultural consistente en anticipar las necesidades o molestias que podrían experimentar otras personas y actuar para evitarlas; en México, nos esforzamos por incomodar, molestar y hasta pelear con el otro para imponer nuestra razón hasta en las mínimas normas de convivencia como son regular el ruido, recoger las heces de las mascotas o cumplir los reglamentos.
Nuestros amigos orientales, más que el temor a una sanción legal por infringir una regla de conducta, buscan evitar la desaprobación de la comunidad, lo que refuerza el comportamiento respetuoso; el mexicano, en cambio, ha creado el hábito de vivir y normalizar el engaño, faltarle el respeto a la autoridad y promover la impunidad como regla de conducta.
Podríamos seguir con la patética comparación a partir de nuestro nefasto comportamiento festivo; sin embargo, es importante entender la razón de nuestra historia reciente, plagada de fracasos, mentiras y violencia.
Un ejemplo recurrente son las fallidas estrategias de seguridad a lo largo de 25 años, con la misma materia prima: el mexicano ineficiente y corrupto, donde se desvanece la diferencia entre un delincuente organizado, un político, un empresario y hasta una buena parte de la sociedad civil.
¿En algún momento podremos formarnos como aquella cultura japonesa?
Estimo que no nos tocará verlo.
Bernardo Gómez del Campo
Consultor en Seguridad
@BGomezdelCampo
