Tula y el aire que respira el Valle de México

Estudios científicos muestran que las emisiones industriales de Tula contribuyen a la formación de ozono y partículas PM2.5 en la región centro del país.

Tula y el aire que respira el Valle de México

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Luis Rancé

Cuando se habla de la contaminación atmosférica del Valle de México, la atención suele centrarse en los automóviles, los camiones de carga, las industrias instaladas dentro de la zona metropolitana o las contingencias ambientales que periódicamente afectan a millones de habitantes. Sin embargo, existe una fuente importante de contaminación ubicada fuera de la Ciudad de México que merece una revisión cuidadosa: el corredor industrial de Tula, Hidalgo.

En esa región se encuentran dos de las instalaciones energéticas más importantes del país: la Refinería de Tula de Pemex y la Central Termoeléctrica de Tula de la Comisión Federal de Electricidad (CFE). Ambas han contribuido durante muchos años al desarrollo energético nacional, pero también han sido identificadas por diversos estudios como fuentes relevantes de emisiones atmosféricas que pueden afectar la calidad del aire de la región centro de México.

La Central Termoeléctrica de Tula fue desarrollada para aprovechar el combustóleo producido por la refinería vecina. Este combustible, resultado de los procesos de refinación, contiene cantidades significativas de azufre que, al quemarse, generan emisiones de dióxido de azufre (SO₂), además de óxidos de nitrógeno (NOₓ), partículas finas (PM₂.₅) y otros contaminantes.

Desde el punto de vista eléctrico, la planta desempeña una función estratégica. Con una capacidad cercana a los 1,500 MW, forma parte de la infraestructura que contribuye a la confiabilidad del suministro en la región centro del país. El problema surge cuando se analiza el impacto ambiental asociado al combustible utilizado.

Ubicada en el municipio de Tula de Allende, Hidalgo, la Central Termoeléctrica de Tula inició operaciones durante la década de 1970 y llegó a convertirse en una de las mayores instalaciones termoeléctricas de América Latina. A lo largo de los años algunas de sus unidades originales fueron retiradas de servicio o modernizadas, pero el complejo continúa siendo un elemento relevante del sistema eléctrico nacional y uno de los principales consumidores de combustóleo producido por la refinería vecina.

Quienes participamos durante muchos años en la operación del sistema eléctrico nacional recordamos una época en la que varias centrales de generación se encontraban dentro o en la periferia inmediata de la Ciudad de México. Instalaciones como Nonoalco, Azcapotzalco, Lechería y otras plantas térmicas de la región fueron paulatinamente retiradas, modernizadas o desplazadas conforme crecía la preocupación por la calidad del aire en la zona metropolitana.

Aquellas decisiones respondían a una lógica simple: reducir las emisiones contaminantes cercanas a una de las concentraciones urbanas más grandes del mundo. Los resultados fueron positivos y contribuyeron, junto con otras medidas, a mejorar significativamente la calidad del aire respecto de las décadas de 1980 y 1990.

Sin embargo, la experiencia acumulada por la ciencia atmosférica nos ha enseñado algo importante: la contaminación no desaparece porque una chimenea se encuentre fuera de los límites de la ciudad. Los contaminantes pueden recorrer grandes distancias transportados por los vientos dominantes y transformarse químicamente durante el trayecto.

Diversas investigaciones realizadas por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC), la Comisión Ambiental de la Megalópolis (CAMe) y universidades extranjeras han demostrado que los contaminantes emitidos en Tula no permanecen necesariamente en la zona donde son generados. Las corrientes atmosféricas pueden transportarlos hacia el Valle de México, donde además participan en complejas reacciones químicas que producen partículas secundarias y contribuyen a la formación de ozono.

Algunos estudios estiman que el complejo industrial de Tula puede aportar una fracción importante de los sulfatos atmosféricos y de las partículas finas presentes en la región. Aunque las contribuciones varían según las condiciones meteorológicas, la evidencia científica indica que su influencia sobre la calidad del aire del Valle de México es significativa.

Las implicaciones para la salud pública son motivo de preocupación. Las partículas PM₂.₅ han sido asociadas por la Organización Mundial de la Salud y por numerosos estudios epidemiológicos con enfermedades cardiovasculares, respiratorias, asma, cáncer pulmonar y mortalidad prematura. En una región donde viven más de veinte millones de personas, incluso pequeñas reducciones en estos contaminantes pueden traducirse en beneficios importantes para la salud.

La pregunta inevitable es si existen soluciones. La respuesta es sí. Desde hace muchos años se dispone de tecnologías capaces de reducir sustancialmente las emisiones. Entre ellas destacan la sustitución del combustóleo por gas natural, la instalación de sistemas de desulfuración de gases de combustión, la modernización de los equipos existentes o, eventualmente, el reemplazo de las unidades más antiguas por tecnologías más eficientes y limpias.

¿Por qué entonces el problema persiste? La respuesta involucra factores económicos, energéticos y políticos. Durante años, las centrales termoeléctricas han servido como consumidoras naturales del combustóleo producido por las refinerías nacionales. Modificar este esquema requiere inversiones importantes y decisiones de política energética que trascienden el ámbito exclusivamente técnico.

Hace muchos años se tomó la decisión de retirar o reubicar importantes fuentes de contaminación que operaban dentro de la zona urbana de la Ciudad de México. Hoy la pregunta sigue siendo válida: si se consideró necesario actuar sobre las plantas que afectaban directamente a la capital, ¿por qué no aplicar el mismo criterio a instalaciones cuyas emisiones pueden seguir llegando a la misma cuenca atmosférica?

La atmósfera no reconoce límites municipales ni estatales. La contaminación no desaparece porque la chimenea se encuentre más lejos; simplemente puede recorrer decenas de kilómetros impulsada por el viento.

Quizá ha llegado el momento de preguntarnos si la estrategia energética nacional debe seguir descansando en la quema de combustóleo en una de las regiones más densamente pobladas del continente, o si existen alternativas tecnológicas capaces de conciliar la confiabilidad eléctrica con una mejor calidad del aire para millones de mexicanos.

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