Cuando pasa un año más en la vida, es obligada la reflexión sobre el camino recorrido.
En esta entrega, quisiera hacer un recuento de poco más de cinco décadas aportando a “la seguridad perdida del país”, como en su momento lo escribiera Sergio Aguayo en una publicación del mismo título.
La seguridad es un concepto muy subjetivo y complejo, pero aún más de abordarlo y materializarlo en “el buen vivir” de todo ciudadano.
Lo anterior lo señalo porque en la segunda mitad de la década de los 80, cuando inicié mi vida profesional, decidí abrazar la carrera de las armas en la profesión de médico; me hice soldado en el Heroico Colegio Militar para terminar en una efímera estancia en la hoy escuela de medicina.
Como muchos jóvenes, muy jóvenes, en busca del amor a la vida, es ahí en el Ejército mexicano donde encontré mi vocación en la seguridad y dentro de ella, el reto, mi reto, de profesionalizarme dentro de una de las más atacadas, desprestigiadas y corruptas instituciones del país: la policía.
Ser un profesional y profesionista dentro de cualquiera de las ramas y de cualquier nivel de gobierno se convertía no sólo en un suspiro, en sueños no cumplidos, sino inclusive en una contradicción. Los viejos policías decían: “No muchacho, no estudies para la policía, nosotros nos hacemos en la calle”.
Me resistí a creerlo y con el tiempo lo entendí. Por supuesto, no seguí ese consejo, terminé mi carrera profesional sirviendo dentro de dos cuerpos policiales, la entonces Policía Judicial del DF y la Judicial Federal.
Un individuo que estudia y se prepara cada día más cae en cuenta de la obligación y convicción en el cumplimiento de valores irrenunciables dentro de la seguridad en general y las policías en particular: la vocación, la lealtad, el espíritu de cuerpo y el valor fijan compromisos y hábitos en el cumplimiento de la ley, algo que aún muchas y muchos policías del país desconocen y menos abrazan.
Los valores y principios antes señalados, por naturaleza, son “reguladores de conductas”, formadores y forjadores de funcionarios leales y maduros, congruentes con su forma de pensar, actuar y resolver.
Lo dijo alguna vez el doctor Dávalos Morales, mi director de la Facultad de Derecho de la Máxima Casa de Estudios: “Abogado que no estudia todos los días, cada día es menos abogado”; yo tomé la frase hacia mi persona, profesión y actividad: la policía.
Nunca dejé ni dejaré de estudiar para que “cada día sea mejor policía, mejor profesional y mejor ser humano”.
Así han trascendido 38 años de carrera y actividad policial. Me he enfrentado al sistema, la mayoría de las veces pleno, satisfecho por el deber cumplido; otras, frustrado por no poder avanzar en el combate a los ineptos y corruptos; algunas otras con temor, con miedo e inseguridad sobre mi destino personal y profesional ante sistemas que se resisten a materializar el valor, la lealtad, la vocación de servicio y el amor a la patria.
Al cumplir un año más, mi saldo lo estimo positivo, me apasiona la seguridad y donde la he escogido desarrollar.
Resta decir que en la medida que formemos y demos garantía de rutas profesionales estables a las policías municipales y estatales, estaremos en condiciones de consolidar esos valores, esos principios que serán coadyuvantes en la pacificación de nuestro lastimado México.
Mientras eso sucede, yo les diría a mis colegas: no se cansen, sigan creciendo, diseñen su servicio personal de carrera, no esperen respuestas institucionales y permanezcan, como el que esto escribe, vivos, sanos y libres.



