La llegada de enero suele estar acompañada de una lista de deseos que, para la mayoría de los mexicanos, se centra en bajar de peso, comer sano y ejercitarse. Sin embargo, lo que inicia como una búsqueda de bienestar se está transformando rápidamente en una fuente de inestabilidad emocional.
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Según datos recientes de Statista Consumer Insights, la presión por revertir los excesos de las fiestas decembrinas mediante dietas estrictas y regímenes de depuración está generando cuadros de ansiedad en al menos 4 de cada 10 personas en el país.
Este fenómeno no ocurre de forma aislada, ya que el invierno juega un papel determinante en nuestra química cerebral. El Laboratorio de Datos contra la Obesidad (LabDO) advierte que la reducción de luz natural característica de esta temporada altera nuestro reloj biológico, impactando directamente en la producción de serotonina y melatonina,sustancias clave para regular el estado de ánimo.
Al sumar esta vulnerabilidad biológica al estrés que provoca el retorno a la rutina y el impacto económico de la cuesta de enero, el resultado es un entorno de alta fragilidad para la salud mental.
El riesgo se intensifica cuando el enfoque para mejorar el físico es punitivo. Diversos especialistas coinciden en que restringir grupos alimenticios o saltarse comidas para ver resultados rápidos en la báscula no solo es insostenible, sino peligroso. De acuerdo con investigaciones del Instituto Raimon Gaja, las dietas extremas activan ciclos de culpa y compensación que pueden derivar en trastornos de la conducta alimentaria.
El problema radica en separar la nutrición de la psicología; si el objetivo es simplemente un número y no un equilibrio de vida, el sistema emocional termina por colapsar, provocando que la persona regrese a los hábitos que intentaba erradicar, pero con un daño psicológico añadido.
Para romper este círculo vicioso, la comunidad médica sugiere replantear la relación con la comida y el cuerpo. La clave para este 2026 no reside en el sufrimiento, sino en la alimentación equilibrada y la conciencia emocional. Priorizar el consumo de fibra, aumentar la ingesta de agua simple y disminuir los ultraprocesados son pasos fundamentales, pero deben estar respaldados por un descanso adecuado y una actividad física regular que se disfrute.
En última instancia, la verdadera salud se alcanza cuando el propósito de comer sano deja de ser una obligación angustiante y se convierte en un acto de autocuidado integral que protege tanto al cuerpo como a la mente.





