¿Qué pensarías si tu equipo va perdiendo 2-0, en el minuto 70, y el director técnico saca dos delanteros para meter dos defensas? Eso es lo que está pasando en nuestro país.
La semana pasada la Secretaría de Hacienda y Crédito Público anunció que el déficit fiscal de 2025 se redujo 1.5 puntos porcentuales con respecto al de 2024, pasando de 5.8 a 4.3% del PIB. Como dato agregado, es importante aclarar que no desapareció el déficit, simplemente fue menor que el año pasado. En total, tomando en cuenta el déficit de 2025, la deuda pública se ubica en 52.6% del PIB.
Este ajuste se da en un contexto donde la economía mexicana apenas creció 0.7% en 2025, muy por debajo del 2.5% que se anticipaba a principios de año, lo cual se explica por factores tanto internos (como la reducción en la inversión) como externos (las tensiones geopolíticas y la incertidumbre global). Pero no es algo nuevo, este comportamiento se observa desde 2022, con una desaceleración económica constante.
Es evidente que la economía se está enfriando. Y ahí es donde entra el debate técnico. La política fiscal debe ser contracíclica. Es decir, cuando la economía crece con fuerza, el gobierno debería moderar el gasto, reducir el déficit y priorizar la disciplina fiscal. En cambio, cuando la economía se desacelera o entra en crisis, el Estado debe estimular la actividad mediante mayor gasto o menor carga tributaria, aunque eso implique un déficit más alto.
Sin embargo, en México hemos visto lo contrario. Hace algunos trimestres, cuando la economía se recuperaba y avanzaba por inercia tras la pandemia, se alcanzó uno de los déficits más elevados de nuestra historia reciente. Ahora, cuando el crecimiento es débil, se opta por reducir el déficit. Eso, en términos técnicos, es una política fiscal procíclica: actuar en la misma dirección del ciclo económico en lugar de compensarlo.
Llevémoslo a la cancha. Pensemos que el gobierno es el director técnico. Si tu equipo va ganando 3-0 al minuto 70 y además tienes partido a media semana, lo lógico es cerrar el partido: sacar a los delanteros más desgastados, meter un mediocampista de contención, reforzar la defensa y bajar las revoluciones. Administrar la ventaja. Eso sería equivalente a reducir el déficit en tiempos de bonanza.
Ahora imaginemos lo contrario. Vas perdiendo 1-0, el rival te domina y tu equipo luce cansado. Ahí el técnico debería arriesgar: meter un delantero más, adelantar líneas, cambiar el sistema. Eso es política contracíclica: usar el déficit como herramienta para reactivar la economía.
Pero ¿qué pasa si hacemos lo opuesto? Cuando vamos 3-0 metemos más delanteros y presionamos alto, corriendo riesgos innecesarios. Y cuando vamos perdiendo, en vez de buscar el empate, llenamos el mediocampo de defensas y decidimos cuidar un resultado que ya es adverso. Es jugar el partido al revés, sin leer el contexto.
Reducir el déficit en una economía que crece 0.7% puede interpretarse como disciplina fiscal. Y ciertamente la estabilidad de la deuda es un objetivo relevante. Pero la política fiscal también se evalúa por su sincronización con el ciclo económico. Lo que conocemos como el timing, en el argot futbolístico.
La política fiscal no debería jugar a la emoción del momento ni a la presión de corto plazo. Debe ser técnica, predecible y, sobre todo, contracíclica. Porque en economía, como en el futbol, el timing es importante, se trata de saber cuándo acelerar y cuándo enfriar el partido. Y en ese manejo de los tiempos, México todavía tiene mucho por corregir.



