Soyatlán del Oro, Atengo, Jalisco. —En la geografía serrana que rodea el rancho El Colomo, propiedad de la ganadería San Constantino, la tienta volvió a confirmar su papel como laboratorio silencioso de la tauromaquia. Sin público multitudinario ni el protocolo de la plaza, pero con la exigencia intacta, la jornada reunió a toreros de distintas etapas profesionales bajo un mismo propósito: medir, ajustar y comprender la embestida.
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El ganadero y empresario Juan Pablo Corona, acompañado de su familia, abrió las puertas de la casa ganadera para recibir a los matadores Juan Pablo Sánchez y David de Miranda, junto al invitado especial, el maestro Enrique Ponce, hoy retirado de los ruedos y convertido en apoderado del torero onubense.

Más allá del carácter privado, la jornada tuvo relevancia por el momento que atraviesa San Constantino dentro del panorama actual. La divisa se ha consolidado como referencia habitual en ferias importantes del país, y su campo bravo se ha vuelto punto de encuentro para toreros que buscan adaptarse —o reafirmarse— frente al toro mexicano, cuya movilidad, ritmo y exigencia difieren de otros encastes.

Preparación con compromisos inmediatos
Para Juan Pablo Sánchez, torero de la casa, el día tuvo un propósito claro: afinar su tauromaquia de cara a dos citas consecutivas en carnavales de fuerte tradición taurina, Jalostotitlán y Autlán de la Grana, domingo y martes respectivamente. El hidrocálido tentó dos vacas y, posteriormente, un toro que ofreció matices de calidad.

A lo largo de las labores se le vio asentado, resolviendo con oficio las diferentes embestidas y marcando distancias con precisión. Más que espectacularidad, buscó claridad técnica: ajustar alturas, medir tiempos y ordenar la lidia. El toro, con condiciones aprovechables, permitió al matador repasar terrenos y detalles que en la plaza no admiten ensayo.

Un debut mexicano bajo observación
La atención también se centró en David de Miranda. El torero español se encuentra en plena adaptación al toro mexicano y hará su presentación ante esta afición en Jalostotitlán. Durante la tienta fue evidente el proceso: primero la observación, después la confianza.

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A cada tanda fue encontrando el pulso, la colocación y el temple que exige la embestida local, especialmente en un toro que ofreció recorrido y transmisión. La evolución se notó progresiva, hasta alcanzar momentos de mayor acople, dejando ver las razones por las que atraviesa un buen momento en España.
Foto: Emilio Méndez
Desde el burladero, Enrique Ponce siguió cada muletazo con mirada de maestro. Su papel no se limitó al consejo puntual; acompañó la lectura del comportamiento del animal y la colocación del torero, interviniendo entre series para ajustar conceptos. La relación profesional entre ambos apenas comienza, pero en el campo ya se percibe un diálogo técnico constante.

Ponce también toreó
La calidad de las reses propició que el propio Ponce tomara los trastos. Sin intención de protagonismo, pero sí de enseñanza práctica, toreó con capote y muleta ante los presentes. Su intervención mostró la naturalidad que caracteriza su concepto: economía de movimientos, colocación precisa y un ritmo pausado que hizo comprensible la embestida.

No fue un gesto nostálgico, sino pedagógico. Cada muletazo funcionó como explicación tangible, reforzando lo que minutos antes había señalado desde el callejón. La experiencia convertida en demostración.

El valor de la tienta
La jornada confirmó la importancia del campo bravo como espacio formativo. Allí el toro no juzga resultados, sino actitudes; permite corregir errores que en la plaza se vuelven definitivos. Para San Constantino, además, representa la continuidad de una ganadería que hoy forma parte activa de la temporada mexicana.

Entre preparación inmediata, aprendizaje mutuo y transmisión de conocimiento, el día concluyó sin estridencias. El objetivo no era la ovación, sino llegar mejor a ella. En unos días, la plaza dictará sentencia; en El Colomo quedó el trabajo previo.


Foto: Emilio Méndez 


