Un frente adicional: la insalubridad mental

El texto analiza el aumento de la violencia en México y lo relaciona con la crisis de salud mental, la falta de prevención y la polarización social y política



Un sujeto, con toda la calma y sangre fría abre fuego a un grupo de turistas en las emblemáticas pirámides de Teotihuacán; un estudiante asesina a dos docentes dentro de una escuela en Lázaro Cárdenas; una joven acude a entrevista laboral y es apuñalada donde fue su cita; un joven estudiante de la FES Cuautitlán es muerto en las inmediaciones de la universidad. Todo ello sumado a la crisis de feminicidios en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, donde dos alumnas fueron privadas de la vida en un lapso muy corto de tiempo.

Linchamientos, homicidios en transporte público, golpizas grupales en escuelas, agresiones personales en vía pública y un sinnúmero de tipos y niveles de violencia se han apoderado de México. Ya no son los cárteles o grupos de delincuencia organizada los que suman a la estadística, sino la división, el enfrentamiento entre mexicanos, las desviaciones en la personalidad o, inclusive enfermedades psiquiátricas son la respuesta a una salida fácil.

En la escuela, trabajo, universidades, instituciones y ahora en zonas turísticas, en un contexto de alto riesgo por el Mundial, la violencia se hace presente.

En el año 2020, cuando ocupé la Subsecretaría de Desarrollo Institucional de la Secretaría de Seguridad de la CDMX, nos percatamos del avance violento en las diferentes colonias de la capital, lo cual nos llevó a determinar que la violencia doméstica había aumentado; propusimos la creación de una Unidad de Salud Mental.

Estaría conformada por policías de línea, psicólogos titulados que integrarían binomios de atención como primer respondiente ante crisis producto de hechos violentos o inclusive casos inexplicables pero que se manifestaban en vía pública, desde violencia de género hasta actos suicidas.

El Banco Mundial y la iniciativa privada se sumaron al esfuerzo. El organismo internacional otorgó un diplomado sobre salud mental al área de Servicios Médicos de la secretaría; la iniciativa privada, representada por organizaciones de empresas de seguridad privada, donó el mobiliario y el acondicionamiento de una estación de policía.

Se inauguró, salí de la institución y no tuve información adicional de su puesta en marcha y operación. Lo que sí supe fue la total falta de interés de los mandos superiores para darle no sólo apoyo sino vida. Se negaron enfáticamente a diagnosticar la salud mental de la población de la Ciudad de México y particularmente la de la policía.

Los resultados de esta indiferencia, que dicho sea de paso no vende desde la trinchera política, saltan ahora a la vista: a diario se materializan conductas producto del avance de enfermedades mentales nunca prevenidas ni mucho menos detectadas.

No podría ser diferente si llevamos dos décadas sumando medio millón de muertos, 140 mil desaparecidos, 50 mil personas privadas de la libertad y todo ello bajo el manto de una patética cifra negra de violencias distintas, ejercidas en las familias, trabajo, relaciones, universidades, escuelas y, por supuesto, en vía pública.

Tenía que ser así cuando tuvimos, en el sexenio pasado, a un mandatario que se concentró en estigmatizarnos, dividirnos y odiarnos entre mexicanos; fifís contra chairos; liberales contra conservadores; honestos contra corruptos y así, una lista interminable que el movimiento de Morena, hoy partido, sigue abonando en sus spots publicitarios.

El caso más próximo y grave, el de las pirámides. El agresor, Julio Cesar ‘N’, era un joven de 27 años que en su enfermiza verbalización demostró odio a lo extranjero, tomando como base una de las máximas y emblemáticas construcciones prehispánicas como “piedra de los sacrificios”. Julio nació y creció en un México violento, abundante de mensajes de división y odio social.