Un sistema tributario desigual: cuando unos corren y otros caminan

El texto compara el sistema fiscal con un equipo de fútbol para evidenciar que la carga de impuestos en México está mal distribuida y recae más en quienes menos tienen



En el fútbol moderno, ¿puede competir un equipo donde sólo corren siete u ocho jugadores?

En días recientes, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que en materia de impuestos “quien tiene más, paga más”. El problema es que, al revisar los datos, la realidad es diferente.

Aunque el sistema tributario está diseñado para ser progresivo -es decir, que paguen más quienes más tienen-, en la práctica ocurre lo contrario. Los hogares de menores ingresos terminan pagando más impuestos como proporción de su ingreso.

Los datos son claros. El 50% más pobre destina alrededor del 25% de su ingreso al pago de impuestos, es decir, una cuarta parte de lo que gana. En contraste, el 10% más rico paga cerca del 16%, mientras que el 1% más acaudalado apenas supera el 10%. A esto hay que sumar el peso de los impuestos indirectos -como el IVA– que, al gravar el consumo, afectan proporcionalmente más a quienes menos tienen y representan cerca de la mitad de la recaudación.

En síntesis: la carga fiscal está mal distribuida. Y esta distorsión no sólo genera inequidad, también tiene efectos directos sobre la capacidad del Estado. México es uno de los países que menos recauda dentro de la OCDE, con ingresos tributarios cercanos al 14% del PIB, muy por debajo del promedio del organismo, que supera el 30%. Esto limita la inversión pública y reduce el margen para financiar bienes básicos como salud, educación e infraestructura. En otras palabras, no sólo se recauda poco: se recauda mal.

Esta situación se parece a un equipo donde siete u ocho jugadores son los que corren, presionan, recuperan el balón y hacen todo el desgaste físico, mientras que dos o tres figuras juegan caminando, sin asumir la misma responsabilidad. El equipo se parte, pierde equilibrio y termina siendo menos competitivo. No por falta de talento, sino por una mala distribución del esfuerzo.

Un ejemplo reciente ayuda a ilustrarlo. Durante su etapa en el Paris Saint-Germain, Luis Enrique insistió en la necesidad de un equipo donde todos participaran en el esfuerzo colectivo. Incluso con figuras como Kylian Mbappé, el técnico español buscaba un mayor desgaste y compromiso defensivo. Tras la salida del delantero, Luis Enrique anticipó un cambio en la dinámica del equipo hacia un juego más equilibrado. El resultado fue un conjunto más sólido y competitivo que ganó de manera contundente la Champions League y dominó el fútbol europeo.

En este tipo de equipos, el problema no es táctico, sino de incentivos. Si a las figuras no se les exige correr, no lo harán. Y si el resto tiene que compensar ese esfuerzo, el desgaste acumulado vuelve insostenible el rendimiento. Exactamente lo mismo ocurre en el sistema fiscal: cuando la carga recae desproporcionadamente en quienes menos tienen, la estructura pierde viabilidad en el tiempo.

Por ello, la discusión no debe limitarse a cuánto se recauda, sino a cómo se distribuye la carga tributaria. En este contexto, ha comenzado a ganar terreno una propuesta relevante: la implementación de impuestos a las grandes fortunas. Más allá del debate político, el fondo es económico: alinear la contribución fiscal con la verdadera capacidad de pago.

Ningún equipo puede aspirar a competir si el esfuerzo está mal repartido. La clave no es que todos corran igual, sino que todos asuman su responsabilidad dentro del juego. De lo contrario, el resultado será siempre el mismo: un equipo desgastado, desequilibrado y condenado a quedarse atrás.

Y hoy, en México, son esos siete u ocho jugadores los que están haciendo el esfuerzo y el desgaste físico.