Venezuela, espejo incómodo

EEUU muestra cómo la narrativa puede habilitar acciones internacionales, usando el caso Venezuela como advertencia para México.



Señales y tendencia

Señal: EEUU adelanta el relato a la decisión
Tendencia: narrativa habilita acciones antes impensables

El ataque de Estados Unidos a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro no fueron un acto impulsivo ni una ruptura súbita del orden regional. Fueron el último movimiento de una secuencia larga. La acción no inauguró una etapa nueva, la consolidó.

Desde hace años, Estados Unidos viene reconfigurando su estrategia global. No se trata de un repliegue aislacionista, sino de un atrincheramiento hemisférico: menos disposición a sostener el orden mundial y mayor énfasis en estabilizar, bajo sus propios términos, su vecindario inmediato. América Latina deja de ser una periferia distante y se convierte en perímetro de seguridad.

Venezuela encajó de forma casi perfecta en esa lógica. No sólo por su indiscutible deriva autoritaria o su colapso económico, sino porque fue narrativamente construida como una anomalía sistémica: un régimen ilegítimo, asociado al crimen transnacional, al narcotráfico y a la desestabilización regional. Cuando un Estado deja de ser presentado como un actor político problemático y pasa a ser descrito como una amenaza de seguridad, el umbral de lo aceptable cambia.

Ahí es donde la narrativa hizo el trabajo decisivo. Antes de cualquier operativo, se consolidó un marco moral y político que volvió imaginable —y luego razonable— el desenlace. El régimen de Maduro dejó de ser tratado como un gobierno cuestionable y empezó a ser descrito como un narcorrégimen, una categoría que no admite negociación. En paralelo, la oposición fue ordenada simbólicamente: el reconocimiento internacional a María Corina Machado, incluido el Nobel, no fue un gesto decorativo: fue una certificación narrativa.

El punto clave es este: Estados Unidos no intervino cuando evaluó costos militares, sino cuando la narrativa ya había reducido los costos políticos. Cuando el relato se vuelve suficientemente real, la acción deja de verse como violencia y empieza a leerse como ajuste.

Venezuela funcionó como caso demostrativo. Una señal hacia el resto del hemisferio de que, en esta etapa, la soberanía es cada vez más condicional al relato que la rodea. Cuando un país queda fijado en la narrativa dominante como fuente de desorden, el margen de defensa se estrecha.

Ahí es donde México entra en escena como el siguiente terreno de disputa narrativa. En Estados Unidos se ha venido intentando consolidar un marco todavía incompleto pero cada vez más coherente: crimen organizado como actor sistémico, instituciones debilitadas, frontera convertida en riesgo y el fentanilo como argumento moral unificador.

Frases como “los cárteles controlan México” preparan el terreno para que ciertas acciones futuras resulten pensables. Frente a eso, la política mexicana de los últimos años puede leerse también como una disputa por el relato. La insistencia en la soberanía y en el rechazo a la injerencia no fue sólo ideológica, sino defensiva. Se trató de evitar que la narrativa del gobierno de Trump se volviera hegemónica.

Pero aquí aparece una asimetría clave: mientras Estados Unidos construye su narrativa para audiencias globales, la respuesta mexicana se ha formulado casi exclusivamente hacia el espacio doméstico, desde las mañaneras; y en un entorno donde las decisiones se legitiman primero en el relato, esa diferencia de escala importa.

Más aún, no basta con escalar el discurso si no se ancla en realidades creíbles. La narrativa externa gana fuerza cuando logra ocupar vacíos exigidos por los propios ciudadanos. Vacíos de futuro, cuando el gobierno no ofrece una visión realista de prosperidad compartida; de comunidad, cuando se fomenta la polarización; y de ética pública, cuando la confianza institucional se desgasta. Cuando esos vacíos persisten, el relato ajeno no triunfa porque sea más justo, sino porque resulta más verosímil.

El caso venezolano deja una lección incómoda. Con un EEUU atrincherándose en el hemisferio, los países no caerán por sorpresa. Caerán cuando otros logren contar su historia por ellos. La captura de Maduro no fue el inicio de nada. Fue el momento en que la narrativa terminó de hacer su trabajo, y para México, la pregunta no es sólo cómo defender la soberanía, sino cómo volverla creíble en los hechos, antes de que alguien más la redefina desde fuera.