Venezuela y el pulso energético mundial

Venezuela no amenaza el dólar; su papel en el mercado energético es limitado, y los cambios globales serán graduales y matizados.


RANCÉ
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En los últimos días ha circulado con fuerza en redes sociales un texto que presenta la situación de Venezuela como el escenario de una lucha desesperada de Estados Unidos por preservar la hegemonía del dólar. Según esa narrativa, el llamado “petrodólar” estaría en sus estertores finales y cualquier país que intente comerciar energía fuera del dólar estaría condenado a una intervención directa o indirecta.

El planteamiento es atractivo, incluso inquietante. Pero, en mi opinión, esa conclusión no se sostiene tal como se presenta.

No soy poseedor de la verdad ni especialista en finanzas internacionales. Mi formación y trayectoria profesional han estado ligadas al sector energético: petróleo, gas, electricidad, infraestructura y planeación. Desde ese ángulo -el de un profesional informado, no el de un experto monetario– creo que conviene poner las cosas en su justa dimensión y separar hechos de exageraciones.

Es un hecho que durante décadas el comercio internacional del petróleo se ha realizado mayoritariamente en dólares. También es cierto que, en años recientes, algunos países han buscado reducir su dependencia del dólar mediante acuerdos bilaterales, monedas alternativas o sistemas de pago distintos.

Nada de esto es nuevo ni necesariamente alarmante. El mundo cambia, y los equilibrios económicos y geopolíticos se ajustan con el tiempo.

Donde la narrativa se vuelve problemática es cuando se presenta este proceso como un colapso inminente del sistema monetario internacional y a Venezuela como un actor capaz de detonar ese derrumbe. Desde la realidad energética, esa afirmación resulta difícil de sostener.

La Venezuela de hoy no es un jugador central del mercado petrolero mundial. Su producción es limitada, su infraestructura está profundamente deteriorada y su capacidad de influencia real es reducida frente a otros productores relevantes. Atribuirle un papel decisivo en la supuesta “caída del dólar” es otorgarle un peso que, simplemente, no tiene.

Tampoco parece correcto afirmar que el dólar se sostiene únicamente por el comercio petrolero o por el uso de la fuerza. La fortaleza de una moneda de reserva descansa en múltiples factores: profundidad de los mercados financieros, liquidez, instituciones, reglas -con todas sus imperfecciones- y, sobre todo, confianza acumulada durante décadas. Ese entramado no desaparece de manera súbita ni se sustituye fácilmente por decisiones políticas aisladas.

Desde la óptica energética conviene recordar algo elemental: los mercados detestan la incertidumbre.

Los discursos apocalípticos, las predicciones de invasiones inminentes o de colapsos monetarios inmediatos generan ruido, no claridad. Y el ruido rara vez ayuda a atraer inversión, garantizar suministro o estabilizar precios.

Dicho esto, sería ingenuo negar que estamos en una etapa de transición. La energía vuelve a ser, cada vez con menos disimulo, un instrumento geopolítico. Las sanciones, las tensiones entre potencias, los bloques comerciales y la fragmentación de reglas internacionales sí representan riesgos reales. Pero esos procesos suelen ser graduales, complejos y llenos de matices, no episodios de desenlace inmediato.

Desmitificar no significa minimizar. Significa analizar con cautela y resistirse a explicaciones demasiado simples para fenómenos demasiado complejos.

Tal vez el dólar pierda peso relativo con el tiempo. Tal vez veamos más comercio energético en monedas distintas. Tal vez el mundo avance hacia un equilibrio más distribuido. Todo eso es posible.

Lo que no parece sensato es asumir un colapso abrupto ni atribuirlo a un solo país o a una sola causa.

En energía -y también en economía– los cambios profundos rara vez llegan con estruendo. Suelen anunciarse con señales discretas, que conviene observar con atención y, sobre todo, con serenidad.