En las últimas semanas, el tipo de cambio volvió a colocarse en el centro de la conversación pública. El peso mexicano se ha apreciado de manera importante frente al dólar, rondando niveles de 17.15 pesos por billete verde, acumulando ganancias no observadas desde mediados de los años noventa. Este comportamiento ha reactivado el debate sobre el llamado “superpeso” y, con él, la tentación de interpretar la apreciación cambiaria como una señal de fortaleza económica. Sin embargo, en la economía —como en el futbol— el marcador no siempre refleja lo que pasó en la cancha.
Desde un punto de vista técnico, es importante aclarar que el tipo de cambio no mide la fortaleza de una economía, sino que es el resultado del funcionamiento del mercado. Su precio se determina por la oferta y demanda de monedas, influidas principalmente por variables macroeconómicas. Además, el tipo de cambio es una relación relativa: si una moneda se aprecia, puede ser porque se fortaleció o porque la otra se debilitó. Y en este caso, la evidencia apunta hacia la segunda opción.
Lo que estamos observando no es un fortalecimiento estructural del peso mexicano, sino un debilitamiento del dólar estadounidense. La divisa norteamericana ha tocado su nivel más bajo desde 2022, presionada por factores como las tensiones geopolíticas, los cuestionamientos sobre la autonomía de la Reserva Federal, así como las crecientes dudas sobre la deuda pública y el déficit fiscal de Estados Unidos.
Otro factor que refuerza este fenómeno es el incremento constante en el precio del oro, un activo tradicional de refugio, lo que confirma que los mercados están reaccionando más a la incertidumbre que a fundamentos sólidos.
En el argot futbolístico, hay partidos que se ganan jugando bien: con una idea clara, orden táctico y generación constante de peligro. Pero también hay partidos que se ganan por errores del rival. El marcador favorece por circunstancia, sin que el funcionamiento acompañe.
En economía sucede algo similar: el tipo de cambio se mueve, aunque no siempre por méritos propios. El peso hoy va ganando el partido, pero más por una falla del rival que por una exhibición táctica. Es un triunfo circunstancial, no una victoria construida desde los fundamentos.
Ese gol también modifica el planteamiento. Algo similar ocurre con una moneda apreciada. Aunque el marcador favorece, no todos los sectores ganan. Una moneda fuerte abarata importaciones, pero perjudica al sector exportador, uno de los motores recientes del crecimiento en México.
La conclusión es clara: el superpeso debe analizarse con cautela. No refleja, por sí mismo, una economía más productiva ni más sólida. Es un marcador favorable explicado, en gran medida, por un contexto externo adverso para el dólar. Aprovecharlo o padecerlo dependerá de cómo se ajusten las políticas económicas y de si se fortalece el juego colectivo: inversión, productividad, crecimiento y certidumbre.
Porque los campeonatos no se ganan sólo con errores ajenos; se ganan con buen futbol y con un equipo sólido.



