¿Entrarán las fuerzas estadounidenses a Irán? ¿Cuánto durará el nuevo líder ayatolá Mojtaba Jameneí? ¿Habrá un alto al fuego? Son algunas de las opciones sobre las cuales se puede apostar en plataformas como Polymarket y Kalshi. El mercado sobre el conflicto se calcula en 529 millones de dólares. Las personas se están volviendo millonarias con una guerra en la que el uso de la tecnología está alterando todo: tanto su despliegue y operación de armas letales, la elaboración de propaganda, así como la insensibilización, como ocurre a través del pujante modelo de negocio de predicción de muerte y crisis política.
Históricamente, la guerra siempre se ha visto como un mercado generador y de pérdida de dinero. Durante siglos, ese dinero apareció en la reconstrucción, la deuda, la energía o la industria militar. La diferencia histórica está en el momento en el que surge una apreciación de valor. Hoy el dinero circula antes de que empiece la guerra, mientras ocurre y cuando termina. La guerra ya funciona como un activo financiero en tiempo real.
Esta transformación tiene varias caras y si bien todas son trastocadas por la tecnología, también tienen una carga política. Por ejemplo, Estados Unidos se ha esmerado en crear una nueva estética de la guerra con fines propagandísticos, la cual tiene como fundamento la banalización del conflicto. Los clips difundidos desde las cuentas oficiales de TikTok de la Casa Blanca que combinan gráficos similares a los de videojuegos con bombardeos reales y música pegajosa son la punta del iceberg.
Aprovechando ese spin, surgen en el área gris los mercados de apuestas. Se puede entender como natural que ese negocio florezca si las autoridades impulsan la frivolización del conflicto. Como cualquier evento deportivo o de entretenimiento —el Super Bowl, los Oscar— el conflicto entre Estados Unidos e Irán tiene hoy un portafolio de variables para apostar.
La guerra empieza a percibirse como una simulación que se puede seguir en tiempo real, analizar con gráficos y explicar con probabilidades. En paralelo, los mercados de predicción traducen esa misma guerra al lenguaje de los números: 40%, 63%, 75%. La probabilidad reemplaza a la experiencia humana. El porcentaje produce distancia emocional.
Los mercados de apuestas sobre guerras operan en una zona gris. La discusión pública gira alrededor de su regulación financiera o el juicio moral sobre su naturaleza. Sin embargo, estos mercados ya forman parte del ecosistema que transforma la realidad en información, la información en contenido y el contenido en dinero. Forman parte de un proceso cultural que distorsiona el concepto mismo de la guerra al convertirla en un show.
Durante gran parte de la historia, la guerra se entendía como ruptura: ruptura del orden, de la economía, de la vida cotidiana. Era un evento que detenía el mundo. Hoy la guerra se empieza a ver de otra forma. Surgen modelos de negocio. Aparece en la misma pantalla donde se revisa el correo, el mercado financiero, el clima o los resultados deportivos. Se sigue en tiempo real, se analiza con expertos, se consume en clips de segundos y se convierte en porcentaje. La muerte “genera” valor si tu prospectiva fue atinada.
El mercado crece y los usuarios también. Cuando la guerra entra en la lógica del mercado, entra también en la lógica de los incentivos. A ese ecosistema se suma otro elemento todavía más delicado: la información. En varias de estas plataformas aparecieron apuestas millonarias realizadas horas antes de anuncios militares, movimientos estratégicos o eventos políticos que cambiaron el rumbo del conflicto.
Cuentas nuevas, sin historial, con inversiones enormes y una precisión quirúrgica sobre lo que estaba por ocurrir. En ese sentido, la posibilidad de que personas con acceso a información sensible —diplomática, militar, de inteligencia— puedan convertir ese conocimiento en ganancias financieras es una dinámica perversa que contamina aún más cómo las personas perciben los conflictos bélicos.

La sociedad del algoritmo 

