Cien días del Mundial: ganar un clásico no salva la temporada

El Mundial 2026 generará impacto temporal en la economía, pero no solucionará los problemas estructurales de México.



¿Una mala temporada, con malos resultados y malas rachas, se salva ganando un clásico?
Esta semana el discurso público giró en torno a los 100 días para que inicie la Copa del Mundo. México será el único país en la historia en ser sede en tres ocasiones del evento deportivo más importante del planeta. Más allá de lo deportivo y social, también se habla del impacto económico: que generará una derrama importante, que será un motor para la reactivación. En un contexto donde la economía mexicana acumula casi una década de enfriamiento, el Mundial aparece mediáticamente como una especie de salvavidas.

Sin embargo, las estimaciones económicas no son tan optimistas como la narrativa. Las proyecciones apuntan a que el impacto sería cercano a solamente el 0.1% del PIB. En términos macroeconómicos, es un efecto marginal. Más aún si consideramos que México albergará únicamente 13 partidos, la mayoría de fase de grupos, y que gran parte de la Copa del Mundo se vivirá en los Estados Unidos.

Claramente se observa que no estamos ante una expansión de la capacidad productiva ni un cambio estructural en la economía, sino ante un impulso transitorio. Peor aún, varios análisis advierten que el evento podría presionar la inflación entre 0.3 y 0.4 puntos porcentuales, particularmente en hospedaje, transporte y alimentos. Es decir, parte del crecimiento podría diluirse en mayores precios. En términos coloquiales: puede salir más caro el caldo que las albóndigas.

Pensar que el Mundial va a rescatar la economía es como creer que ganar un clásico salva una temporada. Es cierto que un clásico se vive distinto, con pasión, se juega con otra intensidad. Pero en la tabla general vale exactamente lo mismo.

Hace unas semanas, la afición de las Chivas celebró el triunfo 1-0 sobre el América en la Minerva. Sí, ese espacio que tradicionalmente se utilizaba para celebrar títulos o campeonatos, hoy se utiliza para celebrar un clásico. Se ganó bien, siendo superiores. Pero en términos de competencia, sumó los mismos tres puntos que cualquier otro encuentro del calendario. La pregunta incómoda es: ¿ganar el clásico salva un torneo gris? ¿Compensa la falta de regularidad, de proyecto y de resultados sostenidos en los últimos años?

El campeonato se define por consistencia, no por un pico de euforia. Un equipo puede ganar el partido más esperado del año, incluso puede golear en el clásico, pero si no tiene funcionamiento, si no hay inversión inteligente en el plantel y si la dirigencia no corrige errores estructurales, el resultado final seguirá siendo el mismo.

El Mundial será, sin duda, un hito deportivo y cultural. Habrá ocupación hotelera y consumo extraordinario. Pero macroeconómicamente hablamos de 0.1 puntos porcentuales del PIB nacional. No es un cambio estructural que impulse el crecimiento, es un estímulo temporal.

Y mientras tanto, los retos y las deficiencias estructurales que se vienen arrastrando desde hace 10 años permanecen: bajo crecimiento potencial, inversión insuficiente, presión a las finanzas públicas. Todo esto alineado con un entorno internacional marcado por la incertidumbre, con posibles alzas en los precios de las principales materias primas como el petróleo y el gas natural debido a los problemas en Medio Oriente.

En conclusión, el Mundial no es irrelevante, pero tampoco es la solución. Es un choque externo que se debe aprovechar para promover la inversión y la capacidad productiva del país. Es decir, el camino no termina con el Mundial, más bien, debería de iniciar con el Mundial.

En economía, como en el futbol, la temporada se define con buen desempeño sostenido. Ganar el clásico emociona y se grita más que otros partidos. Pero si el equipo no corrige su funcionamiento, el resultado a largo plazo no cambia.