Colombo, el claro triunfador en Guadalajara

El venezolano corta una oreja de peso a su primero; le arrebatan la de su segundo toro



La corrida de Plaza de Toros Nuevo Progreso dejó como triunfador al venezolano Jesús Enrique Colombo, quien firmó la actuación más rotunda de la tarde, incluso pese a que en su segundo turno el palco le negó una oreja que buena parte del público solicitó con fuerza.

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Se lidió un encierro de Tequisquiapan bien presentado, serio y acorde con la plaza tapatía. Sin embargo, el conjunto ofreció poco juego, con toros que en su mayoría acusaron falta de fuerza o terminaron viniéndose a menos, lo que condicionó el lucimiento de las faenas.

Aun así, la tarde dejó momentos de interés gracias a la disposición de la terna. Tanto Leo Valadez como André Lagravere “El Galo” estuvieron por encima de las condiciones de sus respectivos toros, mostrando técnica, entrega y determinación para sostener la lidia frente a un encierro que exigió más oficio que inspiración.

Jimador”, de 502 kilos y procedente de Tequisquiapan, fue el encargado de abrir plaza en la tarde que correspondía a Leo Valadez. Desde los primeros compases, el torero dejó ver su personalidad con el capote. Firmó un quite por chicuelinas muy ceñidas, ejecutadas con ese sello propio que lo distingue, rematando al soltar la punta del capote con torería, arrancando los primeros ecos de la afición.

El tercio de banderillas tuvo un matiz especial cuando compartió el momento con sus compañeros de cartel. Más que un simple trámite, se convirtió en un instante de rivalidad bien entendida, de esos que encienden la plaza cuando tres jóvenes toreros buscan no quedarse atrás en la pelea. La afición lo percibió y lo disfrutó.

Con la muleta, Valadez planteó la faena desde la firmeza. Se dobló en los primeros compases con mando, sometiendo a un toro serio y bien armado, un ejemplar que pronto dejó ver que sabía lo que dejaba atrás. Por el lado izquierdo, el de Tequisquiapan exigía sitio y distancia, buscando imponerse en cada embroque.

La paciencia fue clave. Leo entendió pronto que no había espacio para la prisa. Cada muletazo debía estar medido, cada terreno ganado con inteligencia. Poco a poco fue construyendo la faena hasta romperla con mayor claridad por el derecho, donde corrió la mano en series de buena técnica, templadas y con profundidad, alejándose de cualquier comodidad para hablar de tú a tú con el toro.

No quiso dejar nada en el aire. La faena fue creciendo en intensidad mientras el torero proponía y el toro respondía con esa exigencia que obliga a estar siempre atento. En cada embroque se percibía ese pulso entre ambos, donde el mínimo movimiento podía significar que el astado buscara ganar terreno.

Los últimos compases volvieron al lado izquierdo, el más complejo durante toda la lidia. Allí, donde el toro no regalaba nada, Valadez apostó por cerrar su obra, insistiendo con firmeza y temple para poner punto final a un trasteo construido sobre la paciencia, el sitio y la determinación. El toro tardó en doblar, y ello enfrió la petición de oreja, quedando en salida al tercio.

Forjador”, de 505 kilos, segundo de la tarde y otro serio ejemplar de Tequisquiapan, correspondió al venezolano Jesús Enrique Colombo. Desde el capote dejó ver sus intenciones al firmar un quite por navarras, de trazo templado y expresión torera, como una primera declaración de que lo que vendría después no sería un simple trámite, sino un diálogo buscado.

El brindis al público tapatío no fue un gesto vacío. En la arena, cada brindis es una promesa silenciosa: la de entregarse sin reservas. Por eso, el venezolano inició la faena doblándose con el toro, imponiendo desde el inicio su terreno, su ritmo, su voluntad. Fue una manera de decir que el toreo, antes que belleza, es dominio y entendimiento.

Poco a poco la faena tomó forma. Colombo alargó el trazo, corrió la mano con hondura, llevando la muleta con los vuelos por el derecho. El engaño viajaba muy bajo, casi rozando la arena, y en ese gesto había algo más que técnica: había reposo, había convicción. Su planta se asentaba firme sobre la arena, acompañando cada muletazo con la cintura, como si el cuerpo entero participara en la arquitectura del toreo.

El toro tuvo nobleza, y la nobleza en el toro es una invitación a crear. Colombo lo entendió así. La faena fue variada, con estructura, creciendo de menos a más, encontrando en cada tanda un matiz distinto. Toreó también en redondo, pulsando esas embestidas que, cuando son bien entendidas, parecen prolongar el tiempo dentro del ruedo. Al final, el compromiso se selló con el acero. Colombo acertó con la espada, culminando una faena de planteamiento claro y ejecución firme.