La historia de Uri Shulevitz colocó al dibujo como una herramienta de supervivencia frente a la persecución nazi y amplió la mirada sobre el Holocausto, al mostrar que millones de personas judías padecieron la violencia no solo en campos de exterminio, sino también en rutas de huida marcadas por el hambre, la enfermedad y la incertidumbre.
Cuando tenía cuatro años, los bombardeos alemanes sobre Varsovia alteraron de forma definitiva su vida, obligando a su familia a abandonar Polonia junto con miles de personas judías que escaparon de la invasión nazi y emprendieron un éxodo sin destino claro.
La huida condujo a la entonces Unión Soviética, donde las autoridades exigieron a las personas refugiadas registrarse o regresar a Polonia ocupada, una disyuntiva que colocó a la familia Shulevitz ante un nuevo riesgo, ya que volver significaba quedar bajo control nazi.
El trámite migratorio quedó truncado cuando un funcionario soviético asoció el nombre de Uri con un personaje antisoviético y negó la expedición de pasaportes, una decisión que forzó a la familia a seguir desplazándose y que, con el tiempo, se convirtió en el episodio que les permitió sobrevivir.
Esa cadena de decisiones, interpretadas más tarde como actos de suerte, marcan el eje narrativo del libro Suerte. Escape del Holocausto, donde Shulevitz reconstruye su infancia mediante textos, dibujos y fotografías que mostraron la fragilidad y la resistencia cotidiana en el exilio.
Desde la primera infancia, Shulevitz mostró una fascinación profunda por las imágenes, una inclinación que sus padres detectaron cuando el niño observó con detenimiento las figuras del papel tapiz de su casa en Varsovia, una sensibilidad temprana que incluso influyó en la elección de su nombre, inspirado en el primer artista citado en la Biblia.
La académica Yael Siman, profesora del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana, explicó que la noción de suerte aparece con frecuencia en los relatos de sobrevivientes, aunque siempre vinculada a decisiones tomadas bajo condiciones extremas y con márgenes mínimos de libertad.
El recorrido de la familia los llevó hasta Asia Central, a un territorio entonces conocido como Turquestán, donde sobrevivieron entre carencias severas, enfermedades y episodios constantes de riesgo hasta la caída del régimen nazi, una experiencia que dejó huella permanente en la identidad de Uri.
Siman señaló que el desplazamiento prolongado impactó de forma profunda la vida diaria de las personas refugiadas, obligadas a adaptarse a múltiples culturas sin perder su identidad, como ocurrió con Shulevitz, quien incorporó elementos de esos entornos a su imaginario visual.
La historia de Uri también permitió ampliar la comprensión del Holocausto más allá de los ghettos y campos de exterminio, al visibilizar a las personas que escaparon y padecieron la persecución en rutas de exilio, una condición que también constituyó una forma de victimización.
En el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, 27 de enero, ONU México indicó que la historia de Uri Shulevitz recuerda que el genocidio nazi no solo se vivió en los campos de concentración y en los ghettos, sino también en los caminos del exilio, en la experiencia de millones de personas que se vieron forzadas a huir.

Durante la invasión y partición de Polonia, alrededor de 250 mil o 300 mil personas judías huyeron hacia la Unión Soviética y regiones de Asia Central, un desplazamiento masivo que expuso a familias enteras al hambre, la discriminación y la separación forzada.
El libro de Shulevitz aborda esa experiencia desde la mirada de la infancia, mostrando cómo los niños procesaron la violencia de manera distinta, manteniendo el juego y la curiosidad incluso en contextos de trauma, una perspectiva poco presente en los relatos tradicionales del Holocausto.
Aunque dirigido al público infantil, Suerte. Escape del Holocausto se consolidó como una obra intergeneracional, capaz de conectar a niñas, niños, jóvenes y personas adultas con un periodo histórico marcado por el horror, sin renunciar a la esperanza ni a la empatía.
Susana Figueroa, editora del libro en el Fondo de Cultura Económica, subrayó que las expresiones artísticas de las personas sobrevivientes poseen un valor testimonial único, ya que documentan dimensiones de la historia imposibles de conocer por otras vías.
Tras la guerra, Shulevitz dedicó su vida a la escritura e ilustración de libros infantiles, una trayectoria reconocida con premios internacionales, entre ellos la Medalla Caldecott, que consolidó su lugar en la literatura infantil contemporánea.




